3ª Fiesta Intromúsica en Madrid

Cuatro grupos de postín, dos pases de prensa, dos invitaciones para sortear entre los lectores y una pegatina para que Miguel pudiera fardar de que era fotógrafo. Todo envuelto con el singular nombre de “Mini Pop Festival“ y listo para ser disfrutado en la Riviera. Desde luego estos tipos de Intromúsica saben cómo hacernos felices.

Abrieron el escenario los granadinos Cecilia Ann, que tuvieron que pagar el pato de la estrechez de horarios de La Riviera (que se lo pregunten a Ash) y el retraso,una vez más, en la apertura de puertas. Parece ser que los organizadores no entendieron que para buena parte del público allí presente, Cecilia Ann no son unos meros teloneros, sino un grupo ya consolidado con bastante que ofrecer. De hecho lo demostraron en los escasos veinte minutillos que les dejaron. Deseemos que para otra vez todos los grupos sean tratados con el mismo rasero.

A Sexy Sadie, sin embargo, sí que les dejaron tiempo para operar a sus anchas. Estuvieron cómodos en el escenario, sabiendo que, esta vez sí, la gente les conocía y tenía muchas ganas de oírlos. Demostraron, aunque esta frase sea extremadamente tópica, porqué han llegado adonde quiera que han llegado, y porqué los festivales se los rifan para contratarlos. Si siguen tocando así de bien, y echándole tanta pasión, pues al final se van a convertir en algo gordo, más gordo aún. Además, conseguieron sacar todo lo bueno que lleva dentro “Butterflies“, que es mucho, e incluso permitirse algún pequeño, y muy controlado, guiño a su pasado aún reciente. Lástima que se olvidaran de incluir “In the water“. Con las ganas que teníamos.

Por cierto, que entremedias de todo esto, si no me equivoco, parece ser que pinchaba el tal DJ Sideral. No creo que francamente nadie pagara el precio de la entrada para oírle a él, pero no le excusa lo más mínimo para castigarnos hasta cuatro veces (¡cuatro!) con el primer CD del recopilatorio de Benicassim 2001. Es que ni siquiera la cambiaba el orden de las canciones. Así, “So why so sad“ de los Manic, “Good Fortune“ de P.J. Harvey y “Love what you do“ de Divine Comedy se convirtieron en la banda sonora de nuestra vida. Vamos, que se lo curró el hombre.

Y cuando un servidor estaba a punto de liarse a cabezazos con la mesa de mezclas de DJ Benicassim, aparecieron The Eels. Datos fundamentales previos a la actuación: a) Mark Everett por fin se ha afeitado, y ya no luce la barba ermitaño de la portada de “Souljacker“ y b) aún así sigue siendo uno de los tipos más feos que te puedas echar a la cara. Yo a la segunda canción ya estaba alucinando. No se les ocurre otra cosa que versionar el “Get your freak on“ de Missy Elliott, que esa piba que a los que no nos gusta el hip-hop nos cae bastante gorda (debería flagelarme por este pseudo-chiste) y a los que les gusta el hip-hop, curiosamente, les cae el doble de mal. El concierto fue tan extraño y emocionante como sus discos, con cambios de ritmos constantes, extravagancias sonoras sacadas del organillo del señor Everett y un batería bestial que debió romper alrededor de treinta docenas de baquetas. Todo, eso sí, mucho más guitarrero y estruendoso de lo que imagínabamos, haciendo buena la pequeña autotransformación que han llevado a cabo en “Souljacker“. Estuvieron, en fin, sobresalientes, y eso que tampoco se acordaron de los antiguos hits. Ni “Last stop: this town“, ni “flyswatter“ ni el himno “Novocaine for the soul“. Pues jo.

Para terminar, un plato fuerte: James. Bueno, rectifico. Para terminar Manic Street Preachers - P.J.Harvey - The Divine Comedy y luego James. Desde luego da gusto pagar lo que sea para escuchar de nuevo a estos tíos (me refiero por supuesto a James, no a los gustos musicales del mi amigo DJ). James son tan buenos, que da la impresión de que cada uno de sus conciertos es un espectáculo único y saben hacer a los espectadores partícipes de esa sensación. Los ingredientes son simples: un montón de canciones magníficas, Tim Booth haciendo cabriolas y nailes que todos querríamos imitar y una banda de seis tíos arropando (y aguantando) los subidones de ego de su cantante en el escenario. Ah, y un público totamente entregado a la caua que hizo que los agradecimientos de los músicos al finalizar la actuación sonaran incluso sinceros. Uno ya ha perdido la fe en esaas cosas, pero viendo la cara de Tim Booth cuando acabó Sit down se diría que se estaba pensando seriamente lo de dejar de ser cabeza visible de James. Ojalá.

Hasta aquí la crítica del concierto en sí. Lo que viene ahora son un par de divagaciones originadas por la falta de sueño y el exceso de alcohol en sangre. Te las puedes ahorrar sin nungún problema y ponerte a buscar pornografía, que ya es hora. Bueno, empiezo:

- Divagación uno (1). Vamos a ver si entre todos logramos que el buen gusto que en este tipo de conciertos suele encontrarse sobre el escenario, se traslade también al público asistente. Me explico. Lo de ponerse a gritar después de la actuación “oé, oé, oé, oé, oé, oé“ se lo dejamos a los espectadores del Gimnástica de Torrelavega versus Marino de Luanco. Yo comprendo que uno pueda dejase llevar por la euforia, pero para todo hay maneras. Y ya lo de llamar a tu novia (o novio, o a los dos si el concierto es de Placebo) enmedio de aquella canción que nos gusta tanto y que fue con la que bailamos la primera vez, �¿te acuerdas?, en aquel bar tan chupi de la calle etcétera etcétera, y levantar tu Nokia entre los brazos de los asistentes gritando ¡escucha, escucha!, y comprobar que tu interlocutor sólo escucha a un tipo semiborracho que se sabe la canción de memoria, pero que no es el cantante del grupo, sino un simple mortal que está al lado tuyo, y tú allí con tu móvil alzado, y creyendo que tu novia está en pleno éxtasis, cuando realmente la pobre está deseando que se te acabe la puta batería para que dejes el teléfono libre y poder llamar a la tele para que no echen a Juan de Operación Triunfo… Debería ser denunciable.

- Divagación dos (2). Es un pena que uno tenga que aguantar de pie unos conciertos tan largos sin poder tomarse una triste cerveza, sobre todo para un proyecto de alcohólico como el menda. Que las cañas de cerveza cuesten seiscientas pelas (lo dividís entre 166.386 y os sale en euros. De nada), es un abuso. Yo desde aquí doy mi sincera aunque algo devaluada palabra de honor, de que el día que vaya a La Riviera y las cañas cuesten trescientas pesetas (ya sabéis el método, ¿no?), pues en lugar de cero me tomo cinco. Y encima convoco a los lectores de estas santas páginas, que son legión, para que adopten la misma postura. Uno, que es así de magnánimo…

pepo
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