Aroah en Madrid

Una invitación para el concierto de Aroah y Greg Weeks en la sala El Sol y una estupenda tortilla con cebolla, elaborada artesanalmente por mamá Galo, fueron suficientes para que eliminara de mi mente las tentaciones de quedarme en casita, para así disfrutar de una agradable noche de televisión pública a elegir entre Ana y Los 7 y La Isla de los Famosos. Por ello, antes de nada, deseo agradecerle a los tres que la única neurona que me queda libre siga con vida al menos una semana más. No me fío, quizá el jueves próximo sucumba.

Tengo que reconocer que uno siente una especial debilidad hacia los intérpretes de canciones de amor sin especiales cualidades físicas destacables, es decir, tirando a feos. Supongo que siempre he pensado que, después de componer una canción romántica casi perfecta dedicada a alguna fémina desagradecida, las posibilidades de acabar la noche en la misma cama que ella eran tan bajas como las de cualquier mortal. Vamos, que de toda la vida me he sentido absolutamente identificado con los perdedores. En fin, que Greg Weeks entra dentro de esta peculiar clasificación personal. Con un rostro familiar (¿seguro que no es primo de Darren Hayman?) y un audiotorio mucho más vacío de lo que yo me había figurado, lo primero que el norteamericano hizo fue mostrar una valentía abrumadora. Se presentó en el escenario tan sólo acompañado de una guitarra y un atril con sus papeles. Y logró algo que últimamente es complicado, que es sonar sincero y sencillo. Nada más. Ni nada menos. Un consejo, no le perdáis de vista.

Hay que decir que guapa, guapa estaba Aroah, mucho más que en el FIB, pero eso en ella no es importante. Al menos no lo es para los que disfrutamos cada día más con los escalofriantes susurros que es capaz de sacar de su dulce garganta. Dividió el concierto en dos fases. Primero, el ·set acústico·, a pelo con la guitarra, y luego el enchufado, con una guitarra, un bajo y una violinista. Lástima que no estuvieran ambos a la misma altura. Mientras que en el primero lograba transmitir todo los matices de voz que en ·No podemos ser amigos· a veces simplemente se adivinaban (única pega que se le puede poner al álbum), cuando sus acompañantes subían al escenario parecía como si todos se empeñaran en tapar a Aroah, o quizá fuera ella la que se escondía, quién sabe. Cerca del final Aroah volvió a coger la acústica, se sentó, se sintió cómoda otra vez y entonces llegaron ·Whiskey· y ·We Can´t Be Friends· y la luz volvió a la Sala El Sol.

Confieso que a mí me habría encantado escuchar ·Myriam, la primera·, y que de hecho tuve la oportunidad de escucharla cuando Aroah pidió peticiones al público durante su ·set acústico·. Pero como las chicas de Acuarela estaban justamente al lado nuestro, y a mí las autoridades siempre me han puesto bastante nervioso, ocurrió que mis neuronas empezaron a resbalar y comenzaron a hacerme dudar si la canción se llamaba en realidad ·Myriam· o ·Marian·. Decidí por una vez no cagarla, quedarme calladito con mi cerveza y no dar más razones a Acuarela para que se decidan a mandar los discos al ·Alfa y Omega· en lugar de al Common People. Por cierto, os debo una crítica del disco de Aroah. En cuanto acabe el FIB me pongo con ella.

galo
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