Ash - Twilight of the innocents

Y ahora que me he dejado arrastrar hasta el final embaucado por testimonios asombrosos que hablaban de escalofríos, pieles de gallina, calambres espinales y una lista de síntomas que en mi candidez entendía desde un plano metafórico, conjeturo como única explicación posible que el último disco de Ash se haya materializado por arte de brujería en una clínica de desintoxicación cuyos pacientes confundieron el síndrome de abstinencia con lo que el ciudadano de a pie entenderíamos como un buen disco y corrieron a las computadoras del centro para confundir al mundo. En su delirio narraban las sensaciones vividas durante la última canción, pero al escucharla encontramos un esperpento fatuo que nos transportó hasta los momentos finales de una superproducción hollywoodiense donde, tras repeler una invasión alienígena no con el poder de las armas sino el coraje y determinación del valeroso pueblo norteamericano, un policía emergiera de entre los escombros aún humeantes con el bebé de una mamá soltera entre los brazos y se lo entregase con un emotivo chascarrillo: “en mi turno no mueren inocentes”. Aquí estoy, con la cabeza hundida entre las manos, resistiéndome a aceptar que sea esto lo que deba recordarse como el último disco de Ash.

Contaban hace meses que tras un sereno análisis del estado de la industria musical decidían abandonar el formato LP y dedicarse a los singles. La idea nos parecía fantástica porque si algo ha dado su carrera es singles, muchos y muy buenos. Ahora bien, mosquea que el anuncio venga acompañado de un disco donde sólo las dos primeras canciones mantienen cierta dignidad de single menor. La segunda, You can’t have it all lo es además sólo a medias, hasta la irrupción de unas voces de torero valiente de tan mal gusto que podría competir sin complejos con aquella grotesca Semana Santa que se filmó en para Missión: Imposible II. No hay más que oír. Blacklisted deja a Ash aguados hasta un college-rock de parvulario. En Polaris sucumben a la tentación de la balada orquestal, y lo pagan caro. Palace of excess incorpora algo de Strokes, otro poco de Smashing Pumpkins y un estribillo pasable donde las cuerdas vocales de Tim Wheeler sacan la bandera blanca y hacen muy apropiadas las sirenas de ambulancia que inician End of the world, otra balada que sí consigue levantar el vuelo a fuerza de guitarras y batería pero no mantenerlo y se desploma en un final frustrante. A continuación Ritual tantea con una melodía similar a Every breath you take y aunque mejora con los minutos no llega a sacudirse de encima una flojera pop que empieza a tocar bastante las narices.

No importa cuántas veces te convenzas de que no puede ir a peor: a la vuelta de la esquina, esperando con los brazos abiertos y sonrisa de buzón, estará peor. Si en Free all angels Candy les pareció mala, esperen a escuchar Shadows. Aquí, obsesionados otra vez con el imaginario cinematográfico, se humillan ambientando una teen movie en el atardecer del cuatro de julio. Dos tortolitos adolescentes corretean por una playa y ruedan abrazados sobre la arena. A la caída de la noche se funden en un beso sentados frente al mar, en el cielo, sobre sus cabezas, estalla una frondosa pirotecnia y la sala prorrumpe en un vómito unánime. Recuperamos la consciencia gracias a la guitarra de Princess six cuya la batería golpea con cierto poder balsámico y el estribillo ayuda a reponer el ánimo del sufrido oyente para después machacarlo a traición con una bazofia pastelosa y obscena titulada Dark and stormy. Queda patente que la abundancia de medios técnicos es estéril y cebar canciones con orquestitas y efectos como si fueran pavos de Navidad no llena el espacio dejado por las guitarras haciendo que la ausencia de Charlotte Hatherley sea más relevante de lo que debiera (recuerden que ella no estaba cuando la emprendieron a cañonazos en el histórico 1979). Sólo dos canciones nos separan del cada vez más ansiado final, Shattered glass, que llevamos aquí media hora dándole vueltas y aparte de dar utilidad al llavero de efectos sonoros que compraron de saldo en un bazar de decomisos no conseguimos encontrarle otra razón de ser, y luego el gran finale con Twilight of the innocents que lo dicho, sobrecogedor, impresionante, piel de gallina.

El disparate estético de sus últimos años no hace más que meter en contexto el desastre de Twilight of the innocentes. Empezaron cargándose un logo cojonudo para reemplazarlo con emblemas de skater Pull & Bear. Luego el asunto satanista de Meltdown. Después la gira de presentación del engendro éste que fue para mear y no echar gota, escenario en penumbra con el árbol pelado que reaparece en la portada y Mark Hamilton peinado de personaje manga con el cuerpo inflado como los morros de una adicta al botox. Viéndolos caer canción tras canción en una serie de nichos demográficos lamentables nos quedamos sin pista alguna para adivinar qué coño pueden pretender estos tíos aparte de renovar su base de fans reclutando hordas de cretinos adolescentes con el diestro asesoramiento de la Warner Brothers. Que les aproveche.

galo
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¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:
  1. mycroft,

    Deles duro! A la quijada! a la mandíbula! gancho de derecha!
    A mi tampoco me ha gustado nada.

  2. chicobeta,

    A mi me ha parecido un disco bastante entero y digno. Y es que despues del Meltdown, alguno necesitaba reflexionar y madurar.

  3. gomez,

    Han perdido fuerza (personalmente me encanta ese “asunto satanista” de Meltdown), pero siguen siendo uno de mis grupos favoritos.

Ánimo, deslúmbrenos con su ingenio:

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