Bluetones en Londres, 12-12-2004

En cierto periodo de mi pubertad, el empleo de mi madre en una de las propietarias de cierta multinacional discográfica ya extinta me dio la oportunidad de hacerme con discos al ridículo precio de seiscientas pesetas. Aparte de servir para mi lucro personal gracias al beneficio neto del 40% que obtenía por a su venta en el patio del colegio, esta circunstancia fue la responsable de que si ustedes tuvieran el singular privilegio de acceder a mis aposentos privados pudieran contemplar con estupor algunos títulos ciertamente bizarros en mis estanterías. Cosas como Elton John, los Carpenters, Jean Michelle Jarre. Uno de estos discos fue el segundo trabajo de los Bluetones, Return to the Last Chance Saloon, cuya fantástica idea de sonar a película de vaqueros me pareció motivo suficiente para condenarlos a galeras ad aeternum desoyendo todos los ruegos que me dirigió en favor de su indulto el redactor invisible Pepo, quien en este preciso instante considera cuidadosamente si seguir rascándose las pelotas y fosas nasales o embarcarse en el proyecto más ambicioso que jamás haya dado a luz esta su publicación amiga y del que quizá tengan noticias en breve. Bien, a lo que íbamos. Bluetones. Siete años después de mis primeras incursiones en el mundillo empresarial, en otro tiempo y lugar, una de nuestras fans tiene el amable detalle de invitar al Director Serenísimo de este medio a asistir al primer concierto de una nueva gira de los Bluetones. Invitación que por supuesto aceptamos porque, si bien nuestra condena seguía firme, en CommonPeopleMusic hay un axioma inquebrantable: si es gratis, la respuesta es sí.

Tras realizar las más imprescindibles tareas del hogar con la diligencia y brevedad que nos caracteriza a los varones emancipados (los platos a la basura, la basura bajo la cama, la ropa colgando de los muebles) y comprar los productos alimentarios esenciales para la supervivencia semanal (fideos chinos, alcohol, leche para el colacao, platos de cartón y matarratas para la fauna de debajo de la cama) me dirigí a la venue que es como llaman aquí a los antros en ese entrañable medio de transporte que es el metro. Allí tuve la oportunidad de entretenerme con el espectáculo ofrecido por un impersonator de Kimi-Compañeros disfrazado de guerrillero serbocroata, su amigo pijo pre-metrosexual que envolvía diecinueve imberbes años en una bufanda de gradado cromático en tonos azules y la putilla de este último enseñando las bragas a todo el vagón. A ellos les gustaba ella, a ella le gustábamos todos, a mi me gustó recibir sus miraditas con la excitación de un cadáver.

Finalmente reunidos con nuestro séquito, y convenientemente refrescados con el tónico favorito de la Reina Madre nos situamos en posición justo a tiempo para la salida a escena de los teloneros, unos archiconocidos Velvetines. Les faltaba todo: no tenían canciones, no tenían estilo, y lo peor de todo: no tenían vergüenza. Una individua que había pasado la última semana ensayado La Mirada Seductora delante del espejo y fregaba con ella a un público presa del espanto, quizá porque antes de disfrazarse de icono sexual se le había olvidado perder doscientos treinta kilos de sebo, lideraba a tres infelices en la ardua tarea de pegarse de bruces contra la dura evidencia de que rock experimental no lleva a ninguna parte.

Las pocas aspiraciones que había traído para la velada empezaron a quedarse cortas a los dos minutos de la subida a escena de estos cuatro londinenses. Comencé a preguntarme si no había vuelto a toparme con una de esas rarísimas ocasiones en que la imprudente adolescencia había jugado una mala pasada a mi reputado criterio. Pasaron Solomon Bites The Worm, Liquid Lips y Cut Some Rug, y cada vez dudaba más si esa aversión a los Bluetones no había sido fruto de una enajenación transitoria similar a cuando me dio por hacerme fan de Vanilla Ice (ice ice baby, vanilla ice ice baby).

Pero no todo iban a ser alegrías: la federación británica de deficientes mentales había decidido hacer una visita cultural a mis riñones, y para más inri los tres o cuatro más traviesos habían traído unas petacas para emborrachar a sus compañeros en el bus. A la altura de You’re no fun anymore, la decena de neandertales beodos que componía la expedición hizo suyo el entusiasmo del resto del público y lo concentró sobre mi región lumbar. Pero yo que he leído Shogun y fui mu fan de David Carradine, contraataqué con un grácil pasito al costado en un inesperado alarde de filosofía oriental, dejando fluir la fuerza sobre tres jovencitas con anatomía esférica que venían tocándome los cojones con sus disfraces, hedor y chillidos desde hacía rato. Para mi completa satisfacción sólo alcanzaron a decir ‘ay!’ antes de quedar sepultadas bajo el alud neuronal.

Tal era el gozo popular que el incidente pasó totalmente inadvertido. Cobrando la consistencia del queso en lonchas, el suelo se combaba bajo un público enardecido por la sobrecogedora sucesión de guitarrazos. Tras Devil Behind My Smile y You’re no fun anymore se hizo necesario un descanso y levantaron el pie del acelerador con la certeza de haberse ganado no sólo a la fiel parroquia que se había congregado en el Barfly sino también a la élite del discernimiento musical, esto es: yo, que para mi sorpresa reconocía desde la primera canción más de un viejo clásico de juventud. Debe ser que en mi infinita sabiduría a veces me parece que llevo las canciones grabadas en el ADN, o en alguna otra hélice interior, pero al paso de Bluetonic, Slight Return, arqueaba la ceja y me decía ‘coño, si ésta es de los tipos éstos, a ver si no van a estar tan mal’. Ajeno a mis tribulaciones, el respetable se abandonaba en manos de una banda que con oficio y buenas canciones ventiló un concierto, debo admitirlo, redondo. La despedida con Turn It Up supo a poco y cerraron con un triple bis: Are You Blue?, Between Clark and Hilldale (love cover) y el clásico If… que me confirmó la necesidad de revisar mi discoteca.

Supongo que estarán de acuerdo conmigo en que si algo caracteriza a esta publicación es su humildad, en virtud de la cual no nos avergonzamos por tanto de reconocer que lo mismo los Bluetones no estaban tan mal. Lo mismo, querido Pepo, hasta tenías razon.

galo
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