Carling Weekend: Leeds Festival 2007
Pertrechados contra la lluvia con equipación suficiente para haber acampado en la cubierta del Arca de Noé, los enviados especiales de CommonPeopleMusic.com se sometieron a un infierno ferroviario infestado de niños estridentes y focas desvergonzadas para llegar, sólo por ustedes, hasta el Leeds Festival 2007. A sus puertas había dos casetas y un laberinto de vallas que parecían poco operativo para canjear setenta mil pulseras pero nosotros no acudimos a estos saraos para preocuparnos de banalidades como el bienestar de la plebe sino drenar barras libres y exhibir el colgante acreditativo. Estuvimos tentados de largarnos cuando después de soltar veinticinco libras en concepto de “generoso donativo” sólo nos dieron una pulsera gris con bordado de rayos y centellas, apañada pero nada lustrosa. Y el colgante, ¿dónde demonios estaba el colgante? Sólo nos retuvo una advertencia para reporteros gráficos sobre recoger un “tabard“, que tampoco sabíamos qué era pero tenía pinta de ser gratis, la palabra mágica. Hicimos bien en quedarnos porque resultó ser el distintivo de nuestros sueños, un chaleco verde moco con logotipos en vivos colores y cintas reflectantes. Dedicamos todo el festival a pasearlo entre las masas enfocándonos con linternas para llamar la atención y no vimos un solo concierto. Nos los tendremos que inventar, como los profesionales. Ustedes dígannos el rollo.
De momento el objetivo era encontrar un hueco para erigir la redacción itinerante. La zona de acampada desbordaba el horizonte cubierta por un tapiz azul con ocasionales cercos verdes alrededor de cenizas de barbacoas o bolsas de basura destripadas por la fauna nocturna. Nuestra vista de rapaz localizó de inmediato el único espacio libre, tomamos posesión, dispusimos varillas, telas, piquetas, un martillo de juez que hurté hace años de una sala de convenciones de un hotel porque yo sabía que algún día me salvaría la vida y emprendimos el montaje de la tienda. Pasó por una variedad de estructuras, la Esfinge de Giza, la Ópera de Sidney, el Oso, el Madroño, hasta dejarnos satisfechos con algo que guardaba un parecido oblicuo al iglú aerodinámico del folleto. Volcamos dentro el equipaje y corrimos hacia el recinto sin perder más tiempo.
Porque en este país de corsarios y borrachos los festivales van de once a once y tiro porque me toca y a lo tonto nos habíamos perdido medio cartel del viernes. Son en verdad un mundo distinto al español. Nosotros entendemos el recinto de conciertos como una entidad independiente y hay un tiempo ajeno al festival que se pasa en la playa, en Casa Vicente, inconsciente en un portal. El alojamiento está aparte y divide al público en un sistema castas, apartamento, hostal, camping, huerto, que se revela en el declive ojeroso de los más desfavorecidos. En Leeds la zona de acampada y el recinto eran un único organismo aislado a doce millas de la civilización. Estaba dotado de economato, duchas, bares, discotecas, ferreterías, y cualquier suicida potencial encontraría un oportuno tenderete de los Samaritanos con cuatro obesos taciturnos poniendo a prueba unas banquetas plegables y dispuestos a mostrarle el lado dulce de la vida. El paseo inagural nos dejó asombrados porque aquello no era el pandemónium que se asume en los festivales guiris sino una simbiosis festiva de FIB, Camden Town y verbena de pueblo. Tenía noria, coches de choque, esos monstruos mecánicos con tentáculos de metal que te centrifugan hasta el alma, puestos y más puestos de baratijas tribales, accesorios fumetas, ropas de pordiosero, frasquitos de popper y una variedad alimentaria asombrosa con todos clásicos, hamburguesas, perritos, kebabs, falafels, noodles y pizzas pero también patatas asadas, nuggets de pollo, crêpes, sopas, especialidades indonesias y risotos. Vendían hasta café o chocolate caliente y aunque fallaba la oferta de licores, sólo whisky y vodka en las medidas invisibles que manejan los británicos, la cerveza costaba igual que en cualquier pub, tres libras por pinta, y había barras donde cambiaban tu lata de cerveza tibia por otras fría. Era un mundo fabuloso como de cuento de hadas. Entonces llegó el pis.
Las letrinas estaban formadas por planchas de metal verde que configuraban unas estructuras cuadradas de diez por diez metros con cada lado dividido en varias cabinas. Dentro había cosas que ustedes no quieren saber y una elevación con un agujero agujero elíptico de tamaño culo a través del cual se veía, y olía,
una enorme zanja llena de líquido navegado por latas de cerveza que se disolvían con un siseo abominable. Evacué mal, inquieto, con la paranoia de que el niño de la Lista de Schindler pudiera emerger de las profundidades del pozo séptico y decirme hola en polaco. Fuera, me reuní con la becaria que salía al borde del colapso respiratorio y nos encomendamos a los dioses del tracto digestivo jurando cosernos todos los orificios antes que volver a semejante sentina. Atenderían nuestras plegarias y más tarde localizaríamos varias casetas de plástico en el extremo opuesto del recinto.
La zona de conciertos tenía tres carpas y un escenario principal. La carpa NME / BBC1 era mayor que las grandes del FIB, cuadrada y con una lona de circo a rayas azules y amarillas cuya programación distaba poco del índice de contenidos del último número de la revista. A la derecha una tal Lock Up, menor, sería monopolizada por cafres neometaleros. La tercera, patrocinada por cervezas Carling estaba a unos cinco minutos de camino y serviría como cajón de sastre. Ocultaba un bar semiclandestino decorado con carteles de ediciones anteriores. El escenario principal parecía un transformer metalizado en cuyo seno actuaba una vacuidad ruidosa y machacona que hacía las delicias del muy numeroso público emo-teen mientras recogíamos pegatinas y chalecos en la zona de prensa. Ésta era precaria en comparación a la del FIB. Tres ordenadores, mesas, enchufes, sofás para entrevistas, dos televisores de plasma, una nevera con latas de Carling extra cold y zumos energéticos, tapones para los oídos, y unas providenciales fotocopias del horario que nos evitaron inmolar el presupuesto en las casetas de merchandising pagando ocho libras por el paquete de horario, colgante con mosquetón y librito informativo. El grupo en cuestión resultaron ser Funeral for a Friend.
La programación del viernes podía tomarse con calma porque estaba hecha a medida de aquellas criaturas extraviadas en el peor estupor estético que competían sobre a quién le colgaban más correas de los pantalones o lloraba más lágrimas negras por lo mal que le quedaban las muñequeras. En el Lock Up nos atrajo el contrato con Sub Pop de Dwarves pero no tenían mucho más y sólo permanecimos con interés de zoológico hasta que el cantante gritó “Yeahh I feel good” y ya hubo que marcharse por una cuestión de amor propio. En el NME Devendra Banhart actuó ante apenas un tercio del aforo y estuvo aburrido y fuera de lugar. La desesperación le llevó a invitar a un espectador al escenario para tocar una canción, suya, del espectador, algo tristísimo, aunque por aquel entonces ya estábamos merendando patatas fritas con unos nuggets duros como galletas en la esperanza de que diez minutos en aceite hirviendo hubieran aniquilado legión de gérmenes que habría invadido el pollo desde las uñas de los feriantes.
Charlotte Hatherley se ahogó en un papel de frontman que le quedaba varias tallas grande. Acostumbrada a brillar por pasiva detrás de dos animales escénicos como Tim Wheeler y Mark Hamilton su concierto dio esa impresión de vacío que dejan los vocalistas cuando retiran durante un solo a buscar una cerveza, y sonaba con un poso a PJ Harvey o incluso Courtney Love que era mortífero en las comparaciones. CSS y LCD Soundsystem fueron los triunfadores de la tarde. La gente iba con ánimo bailongo y llenaron la carpa NME, muy receptivos en especial a los singles de los brasileños. Lovefoxx vestía una malla de lentejuelas multicolor sobre un pijama infantil. Usados durante toda la gira, corre el rumor de que ambas prendas han acumulado tanto sudor que se mantienen en pie por sí solas y son capaces de bailar la bossa nova.
A Nine Inch Nails los castigamos con el látigo de nuestra indiferencia y el primer concierto que vimos como Dios manda, a oscuras, fueron los The Smashing Pumpkins. O eso creíamos porque los anunció una fanfarria como si fueran a actuar las chirigotas de Cádiz. No llegó a tanto patetismo pero los diez primeros minutos anduvieron cerca con United States espantoso, interminable, abucheado, roncado, hasta que callan, callan por fin y Jimmy Chamberlein dispara un redoble, se escucha un himno inconfundible que la multitud corea en doble éxtasis, por el temazo y el fin del tormento, y estalla un Tonight, Tonight memorable. El concierto fueron eso, bandazos entre grandes éxitos y esa cosa llamada Zeitgeist. Sigo sin reunir valor para escucharlo y ya dudo que lo haga nunca, Tarantula, Starz y Doomsday clock eran unos desbarres inconexos, tediosos y sobre todo frustrantes porque al otro extremo del péndulo era todo casi perfecto. Chamberlain tuvo mucha más presencia que en el Primavera Sound (el sonido ayudó, sin duda) y Billy Corgan estuvo más comedido, sin túnicas ni ademanes mesiánicos, aunque de todas formas pienso que ha perdido el contacto con la realidad. Hubo un momento que agradeció la entrega del público con un “.. and we salute you with our rock’ n roll” que no sabíamos dónde meternos del bochorno. Pero siempre tenían algo para redimirse a la vuelta de la esquina, recuerdos como Hummer, Bullet With Butterfly Wings, Glass And The Ghost Children, To Sheila, Today, Stand Inside Your Love, Disarm, Heavy Metal Machine y una buena versión acústica de 1979. Sólo echamos en falta algo de Adore. Muy bueno y a ratos muy malo.
El recinto cerraba a las once pero la diversión continuaba al otro lado de la valla. La gente alargaba una cola descomunal en la carpa-discoteca, rodaba por pendientes o se distribuía por las zonas de campada sembradas de casetas de DJs en posiciones estratégicas. Nosotros ignoramos la parranda y cerramos la cremallera del iglú con un desdén triunfal: teníamos cuatro tapones de poliuretano. Nos ceñimos el pijama de ositos, el gorrito de los sueños fantásticos, y apretamos la cabeza contra el mullido pecho de Morfeo. Diez minutos después una lluvia de latas de cerveza precedió al desplome cataclísmico de un paquidermo sobre el costado derecho de la tienda y un desfile de adolescentes beodos fueron descalabrándose con los vientos y pasaron el resto de la noche a dos metros de nuestra oreja sacando el máximo partido al juguete estrella del festival: un megáfono. Las experiencias del día se fundieron en el crisol del subconsciente y pasamos una noche de terror esperando a los oficiales de la Gestapo.

SÁBADO
Y cuando digo sábado es literal, íntegro, despiertos desde las 00:00. En esta gente había una renuncia al descanso que tenía algo de admirable y nos impedía guardarles ningún rencor. Encontramos fuerzas para afrontar el segundo día en el recuerdo esperanzador de una pancarta de la zona de prensa que ponía “Guest Camping” y bien podía ser una trampa al estilo de las raves punkis en el FIB para surtir las fritangas de los feriantes, pero el riesgo valía la pena. Investigamos y sí, al otro lado de los árboles estaba el Edén. Un pradito ordenado y apacible con remolques-ducha con colas de sólo media hora y remolques-váter decorados como los de un pub tradicional, papel pintado, madera falsa, lavabos con grifos dorados, superficies de granito pulido y escenas de la campiña inglesa atornilladas a la pared.
La precariedad, por suerte, es móvil. Trasladamos en volandas tienda, bártulos y colchoneta desde el campo de refugiados y teníamos todo remontado justo cuando The Pipettes comenzaban la jornada en el escenario grande. Un grupo increíble. Un fenómeno de la naturaleza. La probabilidad de encontrar a tres ceporras con menos coordinación y peores voces en todo el territorio de la Commonwealth es negativo. Son el fracaso de la estadística.
The Sounds sacan demasiadas referencias a Blondie y se quedan a medias en todas menos una, la cantante, que se queda a cero. De cerca era un bicho pellejudo con nódulos subcutáneos agazapados en los sobacos que no paraba de escupir lapos grandes como bolas de petanca. Del asco tuvimos que tirar las fotos por turnos y sin mirar. El resultado fue que nos ventilamos las baterías de la cámara y como era imposible abandonarlas con un cargador en la carpa de prensa, los malnacidos rivales identificaban el enchufe extranjero y nos arrebataban la clavija, hubo que tragarse la retransmisión íntegra del concierto de The Long Blondes. Tuvo todos los defectos del Primavera Sound’07 multiplicados por el tedio de la repetición. No paraban de enfocar a la cantante que, haciendo honor a su merecido estatus de icono sexual del indie pop internacional, se disfrazó de un cruce entre Ally MacBeal con azafata de aerolínea de bajo coste, muy bajo coste, un coste simbólico, pigmeo. Encontramos más interesante mirar la lucecita del cargador.
Nos reincorporamos al escenario grande cuando irrumpía un frenesí de acordeones y zapatazos llamado Gogol Bordello que debía ser un guiño al folclore local tipo Kiko Veneno o Lluis Llac. Cinco o seis abuelos melenudos vestidos con harapos y cintas de colores, como si hubieran caído desde un séptimo piso en un contenedor de ropa reciclada, varias coristas enmascaradas y un saltimbanqui que barría el escenario como un tornado enarbolando una guitarra acústica y aun tenía tiempo de cantar. Fueron muy aplaudidos, pero nos faltaba el nexo del terruño y fuimos a coger sitio para los Horrors, que tampoco es que hiciera ninguna falta pero la becaria estaba con un ataque de ansiedad como para entrar en razonamientos.
Hubo que hacer tiempo y lo hicimos, dónde si no, en el stand de Trident. Habían instalado una colchoneta y repartían chicles a discreción que durante los tres días constituyeron la base de nuestra pirámide nutricional. A juzgar por el suelo no fuimos los únicos. La hierba fue una trampa mortal desde media tarde del sábado y era imposible sentarse a riesgo de no levantar jamás. He traido varios lunares de recuerdo en los pantalones. Como no había más remedio que trabajar me acerqué a la carpa NME a ver si averiguaba por qué motivo el público se había sometido a cuatro tipos con una pinta de pardillos que en otras circunstancias habrían matado a golpes por el mero hecho de existir. Los seguratas sacaban espectadores de las primeras filas a un ritmo algo superior al normal pero tolerable cuando el cantante anunció que llevaba diez libras en el bolsillo para cualquiera que coronase el escenario. Maderfaquers. Yo tuve el tiempo justo para refugiarme contra el escenario aterrorizado por la doble amenaza de la marabunta y la probable lluvia de salivazos que me caería si el energúmeno se ponía a cantar en mi vertical. La línea continua de cráneos pelados que formaban los seguratas saltó por los aires como una fila de bolos y reptando bajo cuerpos triturados escapé del foso en el siguiente nivel del periodismo. Voy a llamar a Antena 3 a ver si me dan un chaleco caqui con bolsillos.
Después de aquello The Horrors ya podían hartarse a tirar bolas de espejos que no les iba a servir de mucho, así que dejaron el riesgo para lo musical, comenzaron con una versión de No love lost (Joy Division), ignoraron dos de sus canciones más conocidas (la versión de Jack the Ripper y Excellent choice),
el resto las hicieron casi irreconocibles y rebuscaron en su repertorio hasta encontrar lo más parecido a caras B. En fin, había más seriedad de lo que aparentan y se ganaron algo de respeto en comparación a The Enemy, que actuaron después, y en general todo resto del cartel NME que fueron repitiendo la misma canción durante tres días.
Los bocatas Subways como dice Pepo en estos calambres de ingenio que le dan en los momentos más inesperados estuvieron de la hostia, tocaron el prometedor Young for eternity subido de revoluciones y llevaron a casa una despedida triunfal viendo a toda la carpa dejarse los pulmones en Rock and roll queen. Es cierto que al público le movían más las ganas de juerga que otra cosa pero en algunos conciertos se notaba que había un aprecio especial. Fue el caso de 1990s que actuaron en la carpa Carling abrumados por la respuesta de un público modesto pero entregado desde la primera canción y lo pasaron al menos tan bien como nosotros.
Hubo un concierto secreto de los Kaiser Chiefs que por suerte permaneció secreto para nuestros oidos y Jimmy Eat World no sé si tocaron tres o cuatro veces entre su propia actuación y no sé cuántas suplencias. Nos tropezamos con todas, y no nos dieron ganas de quedarnos en ninguna. El plato fuerte, sobre el papel, e incluso contando con el fracaso de su ultimo disco, era Interpol. Los hemos tenido como cuenta pendiente desde hace años pero no hubo nada de la tensión que esperábamos y se quitaron la actuación de encima con una apatía decepcionante.
Sólo tocaron Obstacle 1 y PDA del primer disco, lo más popular del segundo (Narc, Evil..) y fracasaron sin paliativos en el plano estético. El cantante ha sido abducido por el departamento creativo de la Superpop y va con muñequeras, peinados de Ken surfista y aspecto de forro para carpetas. El guitarrista tocaba los punteos más elementales como si fuera a prender fuego la guitarra y el bajista llevaba bigote y chaleco y parecía los Killers. Fracaso total.
Razorlight juntaron una audiencia de tamaño respetable pero no les faltaban enemigos, un cartel que tenían en una valla al lado del escenario grande acabó cubierto de meados y pintadas blasfemas. Hasta Patrick Wolf les tomó el pelo con una versión de America al comienzo de su concierto. El travieso Puck del indie freak planetario era la alternativa más sugerente pero a pesar del espectáculo, el multiinstrumentismo y la complicidad con el público nos dejó indiferentes. Hubo dos opciones para terminar la jornada y como la nueva etapa de Ash no es muy convincente, sus canciones nuevas hacían demasiadas concesiones a la adolescencia emo y según vimos en directo hace meses no han sabido llenar el hueco dejado por Charlotte Hatherley. Así que nos fuimos con Albert Hammond Jr. que estuvo todo lo bien que podía estar con un disco que existe porque sus canciones no entraron en los Strokes. Tocó su disco entero y completó el tiempo con tres versiones, Don’t cha stop de los Cars, Old Black Dawning de Frank Black y Postal blowfish de Guided By Voices. Tras él dio tiempo a llegar al último acorde de Ash y es justo decir que tenían toda la carpa NME a sus pies.

DOMINGO
Por primera vez la cantidad de público había aumentado hasta poner a prueba la capacidad del recinto. Cosas de un domingo de puente. Pandillas de jovenzuelos habían saqueado todas las tiendas de disfraces de Leeds y acudieron vestidos de superhéroes, de botellas, de duendes, de corredores de bobsleigh. Las niñas optaron por el uniforme Kate Moss y había miles y miles y más miles en top de tirantes, minishort vaquero y los pies ensopados en sudor dentro de unas katiuskas aunque lo más parecido que a lluvia que se vio durante el festival venía de los vasos de cerveza lanzados al aire durante los conciertos.
Lo peor fue que el inevitable soborno a la autoridad local en forma de invitaciones acabó en manos de unas cuantas asociaciones culturales del municipio y el área de invitados estaba tomada por docenas de familias y jubilados tragando cerveza. Le quitaba todo el glamour, y aparte de las molestias espaciales la saturación no hizo ningún bien a los remolque-toilet, que a media tarde comenzaron a atragantarse y de noche eran una visión como cuando los niños sacan la lengua con un bolo de comida masticada. Salvo excepciones así el recinto resistió casi limpio gracias sobre todo a una astucia de la organización: cobrar un recargo de diez céntimos con cada cerveza, y devolverlos al entregar el vaso en unas casetas instaladas al efecto. No se evitó que la gente los tirase al suelo, pero sí reclutó a decenas de adolescentes que dedicaron el festival a recolectar torres de vasos para costearse los vicios. Ahora bien, llegó un punto que tomarse una cerveza era como sentarse a merendar en un parque y acabar cercado por bandadas de palomas voraces.
Los cachorros NME Dogs, Brakes y The Noisettes parecían un mismo concierto demasiado largo y en vista que los demás escenarios no proponían oferta mejor nos apuntamos a la firma de autógrafos de Shins, que estuvieron muy amables y prometieron venir a España cuando algún festival se digne a considerar a Houston Party. Le cojimos gusto y más entrada la tarde fuimos a la de Dinosaur Jr. a dejarnos humillar con el hastío indiferente de J Mascis. Ojo porque esto de las firmas tiene su etiqueta. Lo primero es evitar presentarse con una hoja arrancada del cuaderno Centavro, si hace falta sacar el bonobús se saca, por lo menos queda original.
La camiseta del grupo en cuestión es una opción socorrida sobre todo cuando te enteras del evento media hora antes y puedes echar una carrera al puesto de merchandising pero eso sí, te puedes olvidar de lucirla a no ser que estés dispuesto a sufrir la agonía de ver esfumarse la firmita con los lavados. Ocurre lo mismo con la propia anatomía, y además sólo pueden hacerlo las mujeres porque tampoco es plan de ofrecerte semidesnudo a J Mascis. De todas maneras nunca es recomendable ir con superficies extrañas porque luego resulta que te los encuentras firmando con un bolígrafo bic y te llevas a casa dos pegotes de tinta. Lo mejor sin duda es ir con un disco, vinilo a ser posible, pero sobre todo no aparecer con las manos vacías porque llegan los azafatos del NME, te atizan un folleto con publicidad y logotipos, y ya no te queda dignidad para perderla sacándote la foto, que fue más o menos lo que nos pasó a nosotros.
A estas alturas había una cosa clara: el público de la edición gemela de Reading no estaba mal, pero el de Leeds era la hostia. Tenía que ser verdad porque lo repetían todos y cada uno de los grupos: yesterday we played Readiiinng - buuuuu - and it was alright - buuu buuuuuu - but let me tell youuu - … - you´re the best fucking audi.. - aaaaaaAAGHHHHoooOOOooaAaaaOOGGGGHHH!!!!!! El galán motero de Eagles of Death Metal lo llevó demasiado lejos y añadió al paquete la belleza de la mujer inglesa provocando carcajadas a lo largo y ancho del escenario grande, doscientos treinta dos guantazos, quince divorcios y un intento de asesinato por aplastamiento. Pasaron tres cuartos de concierto preguntando si estábamos “ready for rock´n roll” y nosotros sí, faltaría más, pero el cuarto que tocaron algo fue de nuestro agrado. Al rato salieron los Shins, que terminaban allí su gira europea y estaban que se morían por pillar el sofá de una santa vez. No ayudaron nada el cansancio, ni las dimensiones del escenario principal ni el sol de justicia que caía sobre el público, pero se vió qué fácil es apañar un concierto con canciones como Phantom Limb o Caring is creepy. Y eso que no tocaron New Slang.
A lo largo del día seguimos dando oportunidades al NME pero no hubo forma, Pigeon Detectives y Nine Black Alps un verdadero coñazo y The Young Knives, aunque mejores, estuvieron estáticos, sin gracia y lejos de las espectativas que despertaba su single. Pero el indie pop inglés todavía podía caer más bajo y causó furor una degeneración hiphopera del gamberrismo Oasis llamada The Twang que escuchamos mucho más de lo que hubiéramos querido en la cola de firmas de Dinosaur Jr.. Quisimos aprovechar el hueco antes de su concierto viendo el final de Silversun Pickups pero por más que corrimos sólo llegamos a ver las espaldas. Los de Amherst, Massachusetts, ya ni se molestan en guardar las apariencias y se mezclan con los técnicos para poner a punto el equipo ajenos a la excitación de los fans. Tocan como si estuvieran solos en un local de ensayo atestado de amplificadores. J Mascis apenas abre los ojos entre canciones para cerrarlos de nuevo con un golpe de hombros envolviéndose en una cascada de hebras plateadas y provocando un crujido sísmico que parte la tierra en dos mientras Lou Barlow lucha contra el bajo con la cara desencajada como si domase un potro salvaje. Abrieron con Almost ready y tuve esperanzas que tocasen más de Beyond pero hicieron repertorio de festival, Freak scene, Just like heaven, etc.
Hubo sorpresas en el terreno electrónico. A !!! los habían puesto tan bien en todos los festivales españoles que fuimos por curiosidad y llegamos a bailar un poco antes de hartarnos. UNKLE confirmaron nuestra tesis: si lo desprecian los modernos no puede ser malo. En War stories han incorporado el rock de guitarras a lo grande y nos hipnotizaron con un espectáculo visual imponente, pantallas descomunales ocultas en una niebla de colores densos que estallaba en fogonazos blancos dejando la silueta del guitarrista quemada en el aire.
Aún con la vista afectada vimos algo de Hot hot heat que se se hacen tan cansinos en directo como en disco. No se les puede negar que ponen ganas pero les salen todas las canciones iguales, todas las posturas iguales, todas las muecas iguales. Al menos pudieron irse a casa con la satisfacción de tenernos en su concierto. Arcade Fire y Red Hot Chili Peppers sólo nos vieron pasar de largo camino a otros escenarios y tuvieron que conformarse con un público de dudosa calidad que estaba allí de picnic, en medio de ese desparrame logístico tan característico de los domingueros, mantas, toldos, tiendas de campaña, neveras, toneladas de comida, de todo. Las fogatas empezaron como una gracia para calentarse los pies entre cuatro amigos y degeneraron en una falla de contenedores, sillas plegables, basuras y un extintor que no explotó de milagro. Cerrado el recinto los focos se multiplicaron por las zonas de acampada y hubo iglús ardiendo, incursiones del cuerpo de bomberos a través de las tiendas, caos y destrucción y vandalismo y pillaje y atrocidades a las que permanecimos ajenos en el camping VIP intentando descansar algo porque había que levantarse con las primeras luces del alba para desmontar el campamento y coger el tren de vuelta al hogar. Cosa que hicimos, y ya.
Pero no me quiero marchar sin hacer notar la gran ausencia del festival: la puta grúa de los putos cojones. Hay algún cretino que se ha dedicado a endiosar este artefacto diabólico en alguna escuela de realización audiovisual de mala muerte creyendo que deformar artistas en torbellinos psicodélicos es el tipo de experiencia visual que conecta con los jóvenes. Y no amigos, no lo es. Fue fabuloso gozar de imágenes fijas, nítidas, no proyectadas en una sábana sino en pantallas como Dios manda, mostrando primeros planos que se veían los pelos de la nariz a los artistas y las manos pulsando cuerdas y en fin, las cosas que uno quiere ver cuando no tiene tiempo o valor para acercarse.
La becaria les ha preparado un casete con su Top 10 del festival que pueden descargar usando este enlace. O éste otro. O éste otro. O también éste. Disfrútenlo viendo el resto de fotos.

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Que lastima que ya estén tan de vuelta de todo que ya no les guste casi la música…
joder, de este articulo usted no salva casi nada , ¿me pregunto para que habran ido a reading?
“Pasaron tres cuartos de concierto preguntando si estábamos “ready for rock´n roll” y nosotros sí, faltaría más”
jojojojojo qué descojone…!!!
A Leeds, que está aún más lejos.
Estoy muy muy ocupado no disfrutando la música así que lo hago rápido. A ver, sí nos gustaron varios, a mi personalmente smashing, subways, unkle (!), 1990s, shins, horrors, dinosaur, eagles of dead metal, css, lcd. Me dejaré alguno. Hay muchos otros que estuvieron dignos, están charlotte hatherley, patrick wolf, albert hammond, arcade fire, gente así, el tema es que es un digno de aprobado ramplón, de 5, de 6. Un porcentaje normal en cualquier festival. Y yo a eso, no le llamo “estar bien”. A lo mejor me equivoco siendo franco, pero la verdad, cada vez que leo una crónica de un festival y resulta que el 80% de grupos no sólo estuvieron cojonudos sino que también gustan al reportero empiezo a oler a chamusquina. No me lo creo. No me creo que en todos y cada uno de los festivales del mundo todos los grupos estén por encima de la media (y menos tal y como está la actualidad musical). Ni me creo que a todo el mundo le guste el 80% de todos los carteles. Cuando leo esas cosas, siento que me están tomando por gilipollas.
En el fondo tengo un corazoncito y les aprecio, queridos lectores, por eso intento respetarles un poco y no tomarles por retrasados mentales. Y decir pues eso, que muy bien están pocos, normalitos bastantes y pésimos unos cuantos. Es por su bien.
veo que el cartel era bastante gemelo del pukkelpop, y las opiniones tambien