Carrots en Madrid

No debemos estar totalmente en la onda. Ayer, inocentes de nosotros, llegamos puntuales a la madrileña sala Siroco con la intención de presenciar el directo de los responsables de uno de los discos que más han gustado a crítica y público este año. La hora señalada, en la imagen se puede ver, eran las 22:00. Contando a nuestros dos redactores había, a bote pronto, unas seis personas. No es la primera vez que sufrimos confusiones con fechas y horas, el día seis de marzo nos presentamos precisamente en la misma sala para ver el mismo concierto y tuvimos que marcharnos abochornados tras ser informados por el gorila de la entrada que no sabía nada de los tales Carrots ni ése ni ningún día relativamente próximo. Sin embargo comprobamos la entrada y confirmamos que esta vez habíamos acertado con el día, mes, año y hora. Y lugar.

En fin. La gente más en la onda se sabe los trucos, prueba de ello es que a medida que avanzaban las manillas del reloj aumentaba la ocupación de la sala y el aspecto de no solo estar sino ser la misma onda de los recién llegados. Chavalas rapadas, disfraces mod, ya saben ustedes, vamos. Gente que sabe las verdaderas horas porque están en contacto directo con La Onda.

La planta baja de Siroco casi se llenó y Carrots, finalmente, saltaron a escena una hora más tarde de lo anunciado para desgranar temas de Sunshine, segundo y último álbum de la banda catalana: comenzaron el single, Sunshine, The Marshmallow Beach, Searching Pieces, Cinema, salteados con algunos otros de su anterior trabajo, Saving Chocolate Coins. Una aceptable puesta en escena con luces de árbol de navidad repartidas entre el teclado y una batería ocupada por un clon de Ringo Starr que sólo supone uno de los muchos puntos comunes que Carrots guardan, conscientes y sin complejos, con los cuatro de Liverpool. Quizá en directo se acentúa más la más que importante influencia, anclaje podrían llamarlo algunos, de los Beatles o los Beach Boys. Más allá de discusiones acerca de lo legítimo de abrazar con tanta insistencia a los clásicos, Carrots demuestran en el plástico y en el escenario que lo hacen lo suficientemente bien como para dejarse llevar por melodías pegadizas, guiños psicodélicos, buenas guitarras y lo que básicamente llamamos buenas canciones. Talento por cierto en el cual se volcaron los hados, dejándoles las habilidades humorísticas bastante por los suelos.

La lluvia de monedas de chocolate previa a Spending Chocolate Coins no pudo hacer crecer el entusiasmo de de un público bastante comedido que lo pasó bien pero no terminó de entregarse, efecto algo previsible precisamente por lo que ya se comentó antes, las buenas canciones de siempre no siempre provocan explosiones de júbilo.

Mención especial para el Ignatius Reilly calvo con gafas de bakala color negro y una intrigante mochila que apareció de la nada hacia la mitad del concierto y allá volvió en un despiste nuestro. Pasan cosas que desde luego no son de recibo.

galo

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