Crónica de una profanación (o The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008)

The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008Cuando dice la becaria que nunca creyó que uno pudiera divertirse tanto en una iglesia es evidente que no estudió en un colegio religioso. Quién podría olvidar cómo las carcajadas eran parte integral de la liturgia cuando el aburrimiento convertía las ceremonias en criaderos de bromas fáciles y abría la veda de la bragueta abierta, moco fugitivo o cabezadita inoportuna del docente descuidado. Venían los mofletes inflados, los labios que apenas resistían a la presión, las efervescencias al fondo de la nariz, el detonante inexorable del pedo anónimo. Claro que todo esto ocurre por culpa del ambiente, esa gravedad con que se toma a sí misma la Santa Iglesia Católica. Aunque en las iglesias de países protestantes uno nunca sabe en qué terreno se está metiendo, por lo general se toman las cosas con más naturalidad. Recuerdo alguna misa de mis familiares adventistas-de-los-santos-del-séptimo-día donde concursaban a ver quién daba antes con el versículo tal del capítulo cual del libro pascual, el gallinero de la búsqueda, los gritos de bingo, el entusiasmo desbordante del ganador cuyo premio era por supuesto leerlo en voz alta para toda parroquia. The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008En Gran Bretaña es común la cafetería en la cripta, la tienda y los conciertos de música no siempre clásica, pero lo de la (ruinosa) Iglesia de St. Leonard en Shoreditch dejó de ser normal con las botellas de Heinekeen. Entraba dentro de la normalidad la camada de mendigos beodos roncando en colchones alrededor del pórtico, rara pero previsible tratándose de The Hidden Cameras la congregación homosexual en todas sus variantes, motoristas, reinonas, aparecían ositos, lesbiana militante, y Patrick Wolf correteando por el jardín vestido de niño tirolés hasta atrapar a su partenaire y ensartarlo con la lengua contra las verjas. Que los teloneros, técnicos, promotores y resto de personal transitaran el pórtico sorbiendo cerveza en las mismas narices del párroco ya era pasarse. Y sólo iría a peor, dentro vendían entradas, chapas, camisetas y discos, atendían un dispensario de vino a dos libras el vaso. Sin embargo, con la casa de Dios invadida por mercaderes y sodomitas, el verdadero golpe de gracia fue que hubiera unos váteres públicos. Mear en una iglesia costó al principio y fue, creo yo, lo que restó capacidad de asombro cuando a mitad de concierto, mucho después de que Joel Gibb nos obligase a levantarnos de los bancos y acercarnos hasta el borde del escenario a escuchar con el peligro de que sus ojos hicieran el plop final y nos cayeran en el pecho o de que violinista y violonchelista tropezasen en el aire y nos apuñalaran con sus arcos, dos enmascarados en calzoncillos dorados y calcetines fluorescentes emergieron del público para bailar como degenerados, enroscarse en las columnas, lanzar cintas amarillas durante Golden streams, The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008gatear por el altar y hacer la bicicleta tumbados de espaldas a ambos lados de la cruz durante Union of wine. Gibb cantaba rígido, en trance, el oso de Hackney la emprendía a gritos con la teclista/xilofonista/panderetista, ella le respondía con aullidos de banshee, el bajista observaba indiferente con el culo apoyado en una barandilla al fondo del escenario, sonaba un estruendo fabuloso, a nuestra espalda gritaban que el de la pandereta es Patrick Wolf, oh dios mío, oh dios mío y a la derecha un tipo entusiasmado como el niño que descubre la nieve nos miraba con intenciones aviesas, estaba solo, quería amigos, no los tuvo. Zenkiu tu de vicar por dejarnos hacer este el concierto antes del servicio.

Teloneros, dos. Lianne Hall, joven que quería parecer multiinstrumentista y en realidad lo único que hacía era programar varios samplers de tres notas, reproducirlos a la vez con un ritmo de plástico y repetir un arpegio ad nauseam. The Gadsdens, su cantante, con obvia influencia de Morrissey o Michael Stipe en los gestos y Tracy Chapman en la voz, es de los artistas que para demostrar sus dotes vocales necesitan taparse la oreja con la mano. Son demasiado melodramáticos y usan el piano con tanta ansia que las canciones sucumben pisoteadas bajo estampidas de notas. Algún par, sin piano y sin lamentos, sonaban bien.

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galo
¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:
  1. alize,

    La galería de fotos es indescriptible, menos mal que no suena.

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