Faraday 2010

Un festival que prodiga los medios para que sus clientes eviten sus instalaciones, un hotel que también. Peculiar semejanza la que marcó nuestra última excursión festivalera. Fuimos ingenuos alegrándonos de haber logrado reservar la última habitación libre del Hotel Ricard (**) cuando debió sernos obvio que firmábamos dos noches de condena en un habitáculo improvisado separando con una falsa pared las cuatro áreas más ruidosas de cualquier hotel, a saber: la cocina, la sala de televisión, los váteres del bar y el almacén, lo cual no sólo nos aseguró un saludable despertar en horario de refranero con una sinfonía de cacerolas y berridos de gañán, facilitó cumplir estándares europeos de productividad negándonos la siesta durante los partidos del (puto) Mundial y disuadió de aparecer por allí antes de que hubieran terminado a golpes la limpieza nocturna no más pronto de las tres de la madrugada, más y mejor: llenaba el ámbito de un mediterráneo popurrí de aromas que una semana y tres lavadoras después todavía nos basta un jirón de ropa para condimentar paellas. Por su parte, el Faraday quedó instalado en los jardines de una antigua casona distante sólo diez metros cuadrados (esto es, diez en horizontal y diez en vertical, al cabo de una exigua escalera que ríase usted del escenario Vice del Primavera) de la Playa del Faro de Vilanova i la Geltrú desde la que podía escucharse a la perfección el sonido de cualquiera de los dos escenarios y al mismo tiempo comer bocatas caseros a mitad de precio, beber a una fracción, y, en caso de actuación de figuras como Jeff Tweedy, internarse en las aguas y nadar lejos, lejos, más allá de su radio de alcance, incomodidad que tuvimos presente hasta el último segundo pero al final evitó el generoso consistorio local programando un oportuno espectáculo de fuegos de artificio. El Faraday sabe sacar partido a casi todas las ventajas de un festival de pequeño tamaño: hay el marco incomparable que el Primavera Sound sólo cumple a medias, la bebida está a precios estándar (cerveza 3€, combinado 6€, etc.), el catering tiene altos (bocadillo colosal a sólo 4.5€ y tres meses de lista de espera) y bajos (crepes con relleno dosificado por moléculas a 4€) sin justificar el feo detalle de prohibir la entrada con tentempiés en la mochila, urinarios sin colas y el inusitado civismo de las menos de mil personas que no agotaron su aforo, público cebado hasta el vómito con una torrencial provisión de caramelitos Tic Tac en promoción. Pero quizá lo mejor es que la influencia del festival pasa casi desapercibida en el pueblo anfitrión y no lo transforma, como el FIB a Benicàssim, en una máquina de exprimir la cartera al forastero. Se explica así la escapada del viernes en plena noche, o que el sábado no honrásemos el recinto con nuestra presencia hasta la medianoche. Y es que en Vilanova uno puede abrasarse vivo al sol, degustar pringoso de sal, arena y sudor una comida a precio de oro en compañía de simpáticas familias de veraneantes de extrarradio, esquivar los petardos y motocicletas de los gamberretes locales disfrutar, en fin, de los grandes atractivos de unas vacaciones en la playa que Benicàssim arruina con sus playas infestadas de langostas en coma (etílico), o sus especialidades culinarias de temporada con sufijo “-fiber” celebradas por gastroenterólogos y sepultureros de toda Europa como su inolvidable estandarte: el “menú fiber”.

En lo musical no hubo grandes sorpresas. The Wedding Present inmensos, como son ellos, dejaron algunos aficionados del núcleo duro al borde del delirio. Clem Snide invirtieron la primera mitad de su actuación en un dignísimo concierto-disco del intimidatorio Zuma, de Neil Young aunque brillaron en especial tocándose a sí mismos en la segunda mitad. Entre los nacionales Mujeres o Los Punsetes hicieron honor a su reputación, los últimos en vísperas de un viaje a Nueva York y con Antonna ensimismado en las posibilidades de su nueva guitarra que es similar, si no idéntica, a aquella de plástico de Jack White, y en cualquier caso una preciosidad. Vestida de azafata del Humor Amarillo, Linda Mirada estrenó un espectáculo de luz y color de inesperada efectividad que obligó a bailar a buena parte del público muy a su pesar y consolidó San Valentín como canción del verano. No teníamos el gusto de conocer a Maika Makovski ni nos arrepentimos después de su actuación, rock de peletería y vivero de reptiles con construcción demasiado estudiada y machacona. Tampoco tuvieron mucho éxito los excesos sentimentales de Pájaro Sunrise, algo más Bigott o Me and the Bees y mucho más Fred i Son, agradable descubrimiento de inspiración Family. Entre la oferta de DJ pudimos escuchar fragmentos de On Tape vs. Mëther & Zacker en varios viajes en busca de provisiones en los daban impresión extrema audacia o ebriedad: en uno pinchaban la sintonía de Los Vigilantes de la Playa con indumentaria acorde, en otro Comet Gain, en el siguiente algún pope flamenco. El siempre solvente DJ Amable empezó encadenando caramelitos al gusto de la audiencia pero nos obligó a desertar cuando derivó hacia sonidos más afines al sector electrónico del Razzmatazz. El domingo la fiesta de clausura contaba con DJ Mayfield, Hello Cuca, Louis Eliot & the Embers y Nick Lowe, nosotros teníamos otros planes.

El texto está sembrado de enlaces a MySpace. Encontrarán más información sobre el festival en faraday.tv. Gracias.

galo (11/07/2010)
¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:
  1. Edu,

    San Valentín, de Linda Mirada, será canción del verano 2009 en todo caso :)

  2. galo,

    Genérico, de cualquier verano.

Ánimo, deslúmbrenos con su ingenio:

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