FIB 2003

Majestuoso, Pepo emergió entre dos cabinas telefónicas portando la mochila scout de las acampadas. Unos espantosos pantalones blancos, transparentes, aleteaban alrededor de sus muslos en el aire apacible de la mañana. Elevó su bolsa de mano y entonó: Introibo ad altare dei, al tiempo que se acomodaba junto al Tóner en el asiento trasero de la unidad móvil verdemoco. Sí amigos, una vez más CommonPeopleMusic.com desciende a la tierra de su particular Olimpo periodístico y honra con su cotizada presencia el Festival Internacional de Benicassim. Cambios en la alineación titular: Ana, asistente personal del redactor invisible Miguel, se cae de la convocatoria por prescipción facultativa al no poder garantizarse la distancia mínima de seguridad entre ella y el redactor roncador Pepo. En su lugar El Tóner y el Insu se encargan de la intendencia dando soporte a los tres intrépidos reporteros para que ustedes reciban en su hogar la magna crónica que tanto ansían. A mediados de abril, y a la voz de ‘yo no vuelvo a un camping’, Miguel dejó bien claro que sus días de alternativo de trapillo habían terminado, por más que la insidiosa ocupación hotelera, hostelera, pensionera, bungalowera y apartamentera de Benicàssim, que rozaba el 100% por aquellas fechas, hiciera por contradecirle. Miguel, que no hinca la rodilla en tierra ante nada ni nadie, y mucho menos ante un recepcionista de pueblo, inició contactos con varias mafias inmobiliarias de la costa mediterránea, reclamó un par de favores pendientes y consiguió un lujoso apartamento a solo ocho kilómetros del festival equipado con todas las comodidades que tres turistas de la capital podrían desear: una nevera del siglo XIX (vacía), un urinario con tapa de plástico y cisterna cacofónica, televisión en color, alicatado Porcelanosa modelo Benidorm y un aparato de aire acondicionado. Castellón nos recibió con los brazos de su único habitante abiertos de par en par. Un árbol aberrante erigido a partir de residuos industriales, latas de conserva y endodoncias oxidadas. Decenas de edificios en construcción, sacos de ladrillos y solitarias excavadoras daban a la ‘ciudad’ un aspecto de decorado post-nuclear habitado por presos políticos y dos divisiones de unas Waffen-SS postmodernas que, distribuidas por las azoteas, cuidaban del buen funcionamiento del campo. Seducidos por el natural encanto de tan adorable ciudad, escapamos a Benicassim. Que la organización del festival decidiera cajear entradas por acreditaciones a medios cuidadosamente escogidos, entre los cuales, cómo no, estábamos nosotros, debió alertarnos en su momento. No lo hizo. Un horizonte de posibilidades alcohólicas se desplegaba ante nuestros ojos con un rollizo sol color licor de cebada reinando en lontananza sobre decenas de huríes desnudas chapoteando en piscinas de BombayTónica. Inocentes como asas de cubo no recelamos, aceptamos gustosos la oferta y nos presentamos en la caseta de acreditaciones, que por aquellos momentos hervía de periodistas comunitarias en bikini muy del agrado del equipo. Con toda nuestra energía concentrada en contemplar escotes foráneos y morir por deshidratación, esperamos acodados en las vallas perdiéndonos a La Costa Brava, Budapest, El Columpio Asesino y otros grupos músico-vocales integrados en el FibStart.Posteriomente bajamos a Benicàssim para que la gente pudiera vernos las acreditaciones con toda comodidad. Siguiendo a la multitud dimos con nuestros huesos en Laplazadelosbares. Para quien no conozca el municipio se trata de una plaza rodeada de bares de pueblo playero. Cada bar es una casa de uno o dos pisos sobre la que se han volcado varios toneles de Titanlux fluorescente pasado de fecha y en cuya fachada se disponen adornos como un chasis, una tabla de surf o cadáver en altorrelieve bajo una capa de argamasa. En el centro de la plaza, el Ayuntamiento ha levantado una fuente absurda que derrama sus aguas sobre el propio pavimento. Pues bien, cada fin de semana, y el primero de agosto no es una excepción, esta construcción sirve de acicate a tres o cuatro imbéciles que se bañan y fotografían ante el desprecio popular. Con el jolgorio es raro que no emerja de las alcantarillas una patrulla de punkis provista de perro, flauta y todo el material necesario para bombardear al respetable con bolas de fuego, escupidas con un ahínco que ya hubieran querido para sí los pilotos de la RAF en sus incursiones sobre Alemania. Finalizado el espectáculo los punkis no se cortan un pelo y envían a su perro Churchill con un saco entre las fauces para recaudar monedas.Visto el panorama pusimos pies en polvorosa y viéndonos sin obligaciones laborales hasta el día siguiente decidimos tomarnos un breve tiemo de ocio que empleamos en enterarnos de qué era eso del coma etílico. La pésima calidad del alcohol nos impidió lograr tan noble objetivo quedando el coma en una pírrica intoxicación que nos llevó a montar el espectáculo en la plaza. Nos unimos así a los punkis bombarderos, los subnormales de la fuente y Churchill el perro recaudador. Si usted estaba por allí recordará a tres subnormales que berreaban estupideces con fingido acento argentino. Miguel era el alto que decía ‘�¿a qué vení?, �¿a joder?’, yo el que contestaba ‘andate’ y Pepo el que giraba sobre su propio eje en extático delirio. Luego tengo una laguna temporal que los demás redactores insisten en rellenar con cabezaditas en varios portales y una serie de actividades que no me pienso tragar. Lo de la flauta y el punki ni de coña, vamos.

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Amanecimos creyendo ser piezas de un tetris jugado por un ciego epiléptico en el interior del coche de Miguel. En un estado que dejaba la peor tetraplejia al nivel de una triste tortícolis, logramos arrojarnos al pavimento, reptar hasta una terraza y encaramarnos a unas de esas sillas de bambú que tradicionalmente se utilizan en indonesia como instrumento de tortura. Exhaustos, acertamos a articular gemidos diversos que la camarera interpretó como ‘café y donuts para todos’. Tras el reparado desayuno volvimos a Castelón y nos arrojamos bajo el aire acondicionado hasta la noche. Hay que decir que este año el cartel no nos llamaba demasiado la atención. Frustrada la compra de un lanzagranadas con que dar a Suede la bienvenida que se merecen, nuestra esperanza estaba puesta en Blur, Sr. Chinarro, Delgados, dos o tres más y, sobre todo, la barra de prensa. Queremos alcohol  gratis, coño!Con un calor de tres pares de cojones, lo que hace un total de seis, y eso materia de cojones es mucho, accedimos al recinto. Unas chavalas disfrazadas de zorra del Oeste (en el sentido menos animal y más western) nos recibieron con varias tarjetas que, según dijeron, podían canjearse por un tal ‘Smirnoff Ice’ sugerentetanto por el Ice como por el Smirnoff. Nos hicimos con él a la mayor brevedad y examinamos la oferta musical de que se repartía por una distribución de escenarios sensiblemente distinta a la de años anteriores que no les describiré porque no me da la gana, pero vamos, que dejaba más espacio para las multitudes y era como ‘oh, qué de sitio’. La oferta musical se componía en ese momento de: Vacaciones, Souvenir y un tal Gran Patchinko. La decisión era fácil: a la barra de prensa. Mira que yo ya me olía lo peor cuando atravesaba el Escenario Verde. A esas horas está cerrado a cal y canto mientras los grupos del día ensayan y los técnicos pasean sus peludas barrigas. Entre ellos desfilan periodistas con varios vasos de cerveza y licores espiritosos que transportan en manos, boca y bolsillos mientras esquivan las embestidas de tres o cuatro toros mecánicos con hábiles brincos y cabriolas. Quienes logran conservar el pellejo se reintegran en la muchedumbre y abrevan a sus compañeros. El resto son eso pringoso y resbaladizo que se nota bajo los pies durante los conciertos. Lo raro es que esta vez no había periodistas. Los toros nunca fueron obstáculo para los informadores, no explicaban de ninguna forma que no se viera más que un gordo con chaqueta de safari, bolsa al costado y una (¡una!) dosis de cerveza. Tembloroso accedí a la zona de prensa y caí inconsciente al asfalto: no había ninguna barra. Fui reanimado por varios seguratas que me informarían de la nueva localización del Edén, hacia donde me dirigí aliviado. Pero duró poco, un infame cartón de embalaje escupía:

REFRESCO —- 1 EUROCERVEZA —- 1 EUROMINI DE CERVEZA —- 2 EUROS REDBULL —- 2 EUROS COMBINADO —- 3 EUROS COMBINADO DE REDBULL —- 4 EUROS

Sí amigos, el chollo terminó en 2003. La gratuidad fue definitivamente limitada a la zona VIP, donde varias zorras (esta vez sí) nadarían en la piscina junto a los restos de su bikini, copas vacías y estrellas del indiepop. Fuera, los esforzados reporteros agonizábamos bajo el ardiente sol. Elevamos desde aquí nuestra protesta formal contra este gravísimo error organizativo. En verdad echamos de menos el cálido ambiente que otros años invadió la barra de prensa, aquellos navajazos por acercarse dos centímetros más, aquellos reporteros borrachos sirviéndose cerveza ante la pasividad del camarero incompetente, que este año ni siquiera sudaba. Qué tiempos. En fin. Uno de los conciertos más esperados era el de Sr. Chinarro. En los escasos treinta minutos de concierto, el oráculo andalusí, ataviado con unas bermudas y un polo del Corte Inglés, tuvo tiempo de despellejar cuidadosamente a todos sus colaboradores. Empezando por el puto bajo, pasando por el puto técnico y prestando especial a un desdichado violinista que no tuvo mejor ocurrencia que dejar caer un trozo del violín ganándose la fulminante mirada del profeta electrodoméstico. Presa del miedo, sus manos volvieron a fallar, pero esta vez, antes de que el fragmento tocara el suelo, el muchacho fue convertido en tostadora y todos juntos, instrumento, pedazo y violinista-electrodoméstico estallaron contra el escenario. Sobre lo que es el concierto en sí iba a decir que hostia y que el concierto del siglo, pero por si estuvo alguien casi que me voy a callar. Gracias a Dios tenemos a The Delgados que son un valor seguro, y no bajan del notable haga frío o calor. A estas alturas ya se puede decir que tienen uno de los mejores directos a este lado del Río Bravo. Demoledores. Era el momento de explorar la recién estrenada área gastronómica. Y es que este año, los señores FIB se tomaron en serio lo de exprimir beneficios. Junto al pay per acreditación se les ocurrió la brillante idea de alimentar al moderno con algo más que baguettes de caucho, que junto a las pingüin burgers componen el menú clásico. Fíjense, entre las novedades destacaban: 1. Cono de patatas fritas. Cono con capacidad para exactamente 2,75 unidades, un par de palitos de madera y un rácano chorrito de ketchup que la gente compraba compulsivamente al módico precio de tres euros tres. 2. Kebab. Poderoso laxante compuesto por una rebanada de argamasa sarracena doblada por la mitad en cuyo interior se dispone una especie de cóctel gastrointestinal que pretende pasar por verduras, varios roedores triturados y un cultivo de salmonela que insisten en llamar mayonesa 3. Falafel. Puré de garbanzos con guarnición. Quede claro que esto es lo que me han contado, yo era incapaz de ver más que una diarrea de cabra decolorada. Pero yo es que tengo muy poca imaginación. 4. Melones. Partidos por la mitad, vaciados y posteriormente rellenados con su propio zumo y ron Bacardi. Quisimos seguir investigando pero no había tiempo, debíamos apretar el paso hasta el esperado concierto de Manta Ray. No, en serio, nos compramos un melón. Porque en la playa hay un método infalible para vender algo a gente de ciudad: ponerle pajita y sombrilla. Y si además lo sitúas en el campo visual de un disminuido psíquico como Miguel, negocio redondo. Como pueden apreciar en la fotografía no se trataba más que de un vomitivo puré de grumos de melón. Y conste que nosotros si tiene alcohol nos tragamos una bujía, pero me como un kilo de falafel si cualquier botella de Bacardi había estado a menos de 15 metros del melón.Frente a la comida estaba el área de moda y confección que nos casi peor espina que las carpas de los punkis. La carpa Mustang lo llamaban. Pero como somos unos temerarios echamos un vistazo con la inmensa suerte de ser testigos de la apoteósica traca final. Un grupo de modelos de tercera regional, disfrazadas de algo a medio camino entre un mendigo, Syd Vicious y una cangrejera en tacones, se dislocaban con la cadera a un ritmo desenfrenado por una pasarela a cuyos lados una barahúnda de modernos esperaba que los complejos vitamínicos hicieran efecto mirando el culo a las chavalas. De dar miedo, vamos. Viéndonos atrapados entre falafels y vanguardistas corrimos hacia donde pudimos y dimos a parar al escenario verde, y como estaban The Zephyrs pues nos quedamos. Aún de día y con un calor agobiante se hizo difícil disfrutar de un concierto que hubiera dado muchísimo más de sí en una sala. Aprobado alto. Lo de The Postal Service me parece desde el principio una completa exageración. Sí, gozamos con su disco, pero os habéis pasado. No puedo decir que no me alegrase ante la paupérrima actuación que perpetraron en la fiesta de presentación del Festival: confirmaba mis sospechas. Su actuación en el Fib Club fue más de lo mismo. Insípidos y cansinos tuvieron dificultades hasta para mover a los pastilleros más voraces, no hablemos de nosotros, que somos juventud sana y deportista y no recurrimos a esos aditivos malignos para divertirnos. Bajo un gorro de lana, Badly Drawn Boy actuaba en el escenario grande, fue la segunda de las afortunadas ‘recomendaciones especiales’ de Miguel, después del melón. Tuvimos la inmensa suerte de llegar al final de la actuación y no caer narcotizados al duro y cochambroso asfalto, porque aquéllo tenía pinta de aburrir al más pintado. No estábamos para bromas, Pepo se quedó sin argumentos para arrastrarnos a Moloko, por más que ahora insista en que amordazarle y atarlo a un árbol es jugar sucio. La otra opción tampoco era para tanto, con el último pestiño que nos han largado, Placebo no tenían mucho tirón. Decidimos situarnos a una distancia prucencial para quedar a salvo de los flujos que salpicaba la plasta de adolescentes en las primeras filas. Viendo las cosas con perspectiva, Molko y cía. no hicieron absolutamente nada más que saciar el hambre de decibelios que tenía todo el mundo, y como era mucha pues no salió mal la jugada. Pero fin de la historia, no hay mucho más que contar. Las canciones nuevas son de lo más soso y sólo ganaban puntos cuando tiraban de algún hit. Aprobado. Indudablemente a Echo and The Bunnymen les sobra repertorio y tablas. Pero su problema, y el de casi todas estas viejas glorias, es precisamente que dan un recital de perro viejo que impresiona a la primera y deja frío a la segunda. Los habíamos visto el año anterior en Barcelona y me encantaron, a la segunda no tanto. Nos quedaban Blur, y la cuestión era ver cómo afectaría la ausencia de Graham Coxon, porque para qué vamos a engañarnos, aquí quien ponía (des)orden era él. Los muchachos tienen ya sus años de oficio y no hubo problemas de importancia. No los habíamos visto antes y lo pasamos tan ricamente. Cometieron la osadía de tocar las canciones que les salieron de los cojones, incluyendo unas cuantas recónditas y pausadas de ParkLife y The Great Escape, lo que les valió posteriores reprimendas en varias crónicas de la competencia. El recital populista quedó reducido a con Boys & Girls y alguna más. Notable. A Beth Gibbons & Rustin’ Man teníamos intención de verlos pero nos los perdimos porque Recomendaciones Miguel desaprueba las pareja endogámicas del medio oeste que hacen folk en el porche de la caravana. �¿Pero sabe quién son? �¿Los ha escuchado? No, claro que no. Hasta dónde vamos a llegar, que tenga que enterarse de algo para vetarlo. Desde luego lo que no iba a conseguir era mandarnos a la cama a las cuatro de la madrugada así que lo metimos a las carpas y allí nos quedamos trotando con Sideral, que raro es que no funcione. Aguantamos lo que pudimos porque la oferta no daba para mucho más y volvimos a los dominios del árbol de latón.

Fiestaaah

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Lo malo estar en un piso y no en el Campo de Refugiados Morán es que al levantarte te rascas las pelotas, recorres el pasillo a trompicones, apoyas la frente en el alicatado, meas alrededor del váter, vamos, lo normal. El tema es que el siguiente paso es ir a la nevera y tomarte un café con los restos de pizza del sábado pasado. Pero claro es que la nevera no es tuya, y contiene una botella de Lauki sabor aguarrás, dos tranchettes al moho y un limón con aspecto de higo. No teníamos elección: había que hacer la compra. Tras fregar los pasillos del supermercado con las ojeras conseguimos dar con el estante comida para solteros. Las alternativas ofrecidas por Recomendaciones Miguel, que abogaba por hacernos con unos huevos y preparar ‘platos’ como tortilla de (agárrense a lo que puedan) mejillones y otras majaderías, no lograron , encontramos el consenso en el siempre socorrido chorizo (cular y de pamplona) y unas rebanadas de queso de sandwich. Con un par de barras de pan, cerveza, dos bolsas de matutano y un carrete Carrefour (así han salido las fotos) nos dimos por satisfechos. De nuevo en plenitud de facultades nos plantamos en el recinto. Tahiti 80 son una delicia y me dio pena tener que estar más pendiente de recoger mi piel derretida del suelo que del concierto. Algo tienen que ingeniarse los Morán, para solucionar el efecto invernadero de las carpas porque es inhumano el calor que hace ahí a primeras horas de la tarde. Tahiti 80 son para disfrutar en la playa a media tarde con la brisa del mar y un gin tonic helado, no en estas condiciones. The JeevasEn el FiberFib.com, los más descarados plagiadores de Belle & Sebastian, Camera Obscura, pusieron a prueba las leyes internacionales sobre el copyright (con gran éxito, todo sea dicho). Nos tentaba la idea de saltar al escenario, liarnos a patadas con ellos y enseñar un par de cosas al nada respetable público, pero con el calor que hacía juzgamos más oportuno seducir a un par de zorras del oeste y hacernos con unos Smirnoffs Ice por la cara. Es lo que tiene ser un sex-simbol, que te sale todo muy económico. Sin ningún género de dudas el lugar apropiado para degustarlos eran las proximidades de los contenedores donde una nube de moscas devoraban los hediondos desechos del área de restauración. Desde allí se tenía una vista inmejorable del FIB Club, ocupado en aquellos momentos por Schwarz. Mira que Cheesy es un pedazo de disco, pero con aquellas temperaturas yo tampoco tenía muchas esperanzas puestas en ellos. Y me equivoqué. Estuvieron tremendos, gloria bendita. Como en uno de mis viajes a por el líquido elemento había tenido la desgracia de presenciar el ensayo de La Habitación Roja decidimos quedarnos a The Raveonettes entre de vísceras y restos de falafel. Estuvieron bastante interesantes y me los apunté para bajarme el disco, si lo hubiera escuchado antes lo mismo hasta me había asomado al horno. The CoralDimos una vuelta hacia el escenario grande, que comenzaba a congregar un número respetable de modernos hacia la mitad del concierto de The Jeevas. No estuvieron nada mal, aunque sus mejores momentos tuvieron que ser revisiones de Kula Shaker de efectividad casi garantizada.De The Coral tampoco esperaba mucho, su primer disco merece la pena pero desde el segundo parece que no saben por dónde tirar. Diría que estuvieron pasables si no fuera por el soporífero cuarto de hora que nos tuvieron aguantando una majadería sin pies ni cabeza. Viendo que empezaban a generalizarse los desmayos, algún avezado técnico desenchufaría discretamente lo que tuviera que desenchufar, de lo contrario allí nos veo todavía. Beck demostró que es posible tocar todos los palos y resultar igual de coñazo en cada uno de ellos. No les diré más que a la tercera canción acabé tirado en un lateral leyéndome ¡el FIBER!, sí, esa revista donde te cuentan conciertos ocurridos en otros lugares que incluye en la última página una encuesta a varios modernos sobre �¿adivinan sobre qué? ¡qué está in y qué está out! �?stos del Fiber es que no se sabe por dónde van a salir. Qué tíos.

Travis

Mira que me ponen de mala uva las tonterías populistas del nunca mais y derivados en los conciertos, pero a Fran Healy es que no le puedo negar nada. Qué majos son Travis, qué simpáticos, y qué canciones tan bonitas. Arrobado me quedé en el foso canturreando esos hits del último disco. A JJ72 los guardaron para luego porque no sabrían muy bien dónde meterlos. Este grupo no tiene más que dos canciones y una bajista maciza. La sustituta de Hilary Woods está casi tan buena como ella, algo que se agradece, así que allí nos lanzamos los ochenta y cuatro mil trescientos veintidós reporteros gráficos que ocupábamos el foso. Ni puto caso al castrado de los gorgoritos, ni falta que hacía. Muslos, lo que queríamos eran muslos. Sus dos canciones muy bien, el resto pasable. Los muslos fantásticos.

JJ72 Se cuenta que los más audaces intentos de aproximar la fecha del último contacto de una plancha de feriante con un estropajo tuvieron lugar en 1996. En las tres prospecciones realizadas sobre las costras de mierda que las cubren se encontraron varios crustáceos fósiles, dos cráneos humanos, un cepillo de dientes, cuatro neumáticos Michelín, dos cuchillos de pedernal y una lata de mejillones. Estos datos quedaron anotados en un bloc de anillas marca Centauro que se halló en el suelo de los laboratorios junto a las tres planchas que habían sido utilizadas para la investigación. De los cráneos, fósiles, cuchillos, neumáticos, lata de mejillones, cepillo de dientes y personal del laboratorio no se encontró rastro. Las planchas fueron devueltas a sus propietarios junto con un cheque al portador y varias cartas que los familiares de los desaparecidos rogaron fueran ‘entregadas a la plancha’. Los feriantes hicieron caso omiso de las súplicas y usaron el papel para alimentar a varios ratones que posteriormente serían carbonizados en la plancha, insertados en un mendrugo de pan y vendidos bajo la denominación de Bocadillo de Chorizo. Durante el FIB, fieles a sus ancestrales tradiciones, la jauría de feriantes esperaba la salida de los modernos parapetados tras sus planchas. Sobre ellas ennegrecen vísceras de ratas, perros, mapaches, pastilleros y cualquier otro animal que hubiera cometido el fatal error de acercarse a las caravanas. Pepo no pudo menos que encargar un bocatachorizo a un feriante con nariz sionista y pagar con un billete de diez al que le faltaba un detalle. Un detalle que popularmente se conoce como la mitad. El avieso feriante se negó a aceptar su valor nominal, cinco euros, e hizo un gesto imperceptible que puso en movimiento a una manada de congéneres armados con tenedores y barras de pan. Paralelamente, un león marino con delantal hacía un hueco en su plancha desplazando varios roedores hacia los laterales. Sin dejarnos dominar por el miedo, arreamos una patada en el culo al primer moderno que se nos puso a mano, lo lanzamos al centro de la manada de feriantes y mientras disponían sus pedazos sobre la plancha, arrancadosa dentelladas entre sobrecogedores aullidos, nos escabullimos entre los árboles.

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Reto al llorica de Ulises a superar una odisea en condiciones. Que se deje de embaucar cíclopes subnormales y esas mariconadas y encuentre vida en Castellón a las cuatro de la tarde de un domingo. Con las migas del chorizo de pamplona que pudimos raspar del suelo y tres chupadas por cabeza a la bolsa de matutano por único desayuno, apatrullamos el pueblo en busca de una tasca donde comprar un mísero bocadillo y un bote cocacola. Al borde de la inanición divisamos un cartel blanco con letras rojas que parecían poner Paco, sólo podía ser el logotipo de la archiconocida cadena de bares Paco, que finalmente nos dio la vida. Empezar con Calexico es demasiado para mi. Bueno, empezar, terminar y lo que sea. Sencillamente es que no los aguanto, miren qué pinta de oficinista pajero. Tuve que cerrar los oídos porque lo de las trompetas y el tex-mex me dan un ardor horroroso. Ellos no estuvieron mal. Demagógico como solo él sabe, Guille inflamó al público de las primeras filas y tiró tanto como pudo de los temas de Lo tuyo no tiene nombre. Y es que aunque se enfade, no tiene ni punto de comparación con el segundo, para qué nos vamos a engañar. Bastante digno en cualquier caso.

Múm estaban francamente bien, y había una que estaba bastante buena, pero no, ya se encargó Recomendaciones Miguel de comunicarnos que eso ‘era una puta mierda’, que ‘qué coño hacemos ahí mirando esta tontería’ y que ‘vámonos a ver las tiendas’. Brillante consejo como todos los suyos. Este año el improvisado centro comercial no tenía absolutamente nada. Chapas, las mismas camisetas de todos los años, las dos casetas cuyos dueños han saqueado la furgoneta de algún hippie mientras meaba en la gasolinera de la autopista y poco más. Ganó el stand de Acuarela con unas gloriosas camisetas de nuestro rapsoda favorito, el gran Chinarro.En una de estas oímos a Hoggboy lo que nos recordó que nuestros amigos de Sinnamon tenían una caseta. Dimos una vuelta por el stand con las acreditaciones en los dientes a ver si nos reconocían y nos pegaban o algo, pero nada, que no hay forma. Qué rencorosos. Sexy Sadie fueron de lo mejor del festival, dando tres patadas a unos cuantos cabezas de cartel. A mi me pilló de sorpresa porque no es que sea especialmente aficionado y los últimos discos no me han dicho demasiado. El concierto del domingo fue literalmente impecable. Manuel tiene una novia y, como es moderna, la invitó al FIB por su cumpleaños. El muchacho trabaja como felpudo en la seat de Martorells y, además, es un cerdo. Pues bien, ya en el festival el chaval notó como sudor y dijo oye, pues que me voy a quitar la camiseta, cari. Y se la quitó, y se dedicó durante todo el puto fin de semana a restregarse contra la gente. Y es que si algo ha destacado esta edición ha sido el festival paralelo protagonizado por Manuel y sus amigos sin camiseta. Un festival de sudor, pelos e inmundicia, una puñalada trapera asestada en pleno vientre a la pobre higiene, que agonizó ahogada en el pútrido sudor de una panda de puercos. La gente de orden quisiéramos saber en nombre de qué tenemos que soportar que a una panda de pulgosos se les ponga en las narices recorrer el recinto sin camiseta, reptando entre la muchedumbre con sus repugnantes, peludas y hediondas espaldas chorreando litros y litros de mierda. Miren chavales, son ustedes una panda de cerdos como no he visto igual, váyase a un lodazal con su piara de amigos, báñense eb sudor y rebócense todos juntos, pero hagan el puto favor de mantenerse alejados de la gente civilizada. Después de dos días uno era presa del miedo cada vez que ponía el pie en el escenario grande. A ver quién era el guapo que hundía el codo en ese pozo séptico que algunos tienen por espalda, los cigarros se apagaban con el sudor y no los espantaban. Nada podía contra ellos, era literalmente imposible mantenerse a salvo de la cochambre. Asqueroso, de verdad.

Con Super Furry Animals me pasó lo mismo que con Sexy Sadie. No me enganchan sus discos pero hay que reconocer que estuvieron muy bien, cerraron disfrazados de animales super peludos, entre los cuales se ocultaba algún Zephyr, y merecieron los gritos ‘que vuelvan los peludos’ que se escucharon al principio de los plastas de Suede. Felizmente disueltos a estas alturas, reprodujeron la (pésima) actuación de la pasada edición con dos diferencias, 1) el color de la camiseta de Brett Anderson 2) la proyección esporádica de diapositivas sobre la familiarísima cortina que cubría el fondo. En lugar de recibirlos con una lluvia de proyectiles incendiarios como sin duda merecían, el público jaleó la salida de su frontman, que sin perder un sólo segundo precipitó su anorexia contra el micrófono, depositó un pie en un altavoz (o lo que sea), dejó resbalar el tronco y trota que te trota nos torturó por segunda vez con jadeos, afonías y ofrecimientos de micrófono. El público cantó menos, los pulmones de Brettito se resintieron y aquéllo hacía aguas por todas partes. Lo que sí es una pena es que por provocar chorreos en los/as adolescentes no dé algo más de protagonismo al resto de la banda, que hace bastante más que él, pero claro, si no es por los huesitos de Brett ya ves tú qué hacían con las entradas. Moby se dedicó a desfilar escenario arriba escenario abajo mientras una señora entrada en carnes (entrada hasta el mismo final) se encargaba del concierto para deleite del sector treintañero curioso con camiseta de Construcciones Perea, bermudas de flores y riñonera bajo la lorza. Digo yo que debería llevarse en los riñones aunque sólo sea por respeto al nombre. No sé. A lo que vamos, a mi Moby para escucharlo así esporádicamente en su casa pues bien. Para estar en un festival, a esas horas, con cuarenta grados no acabo de cogerle el gusto. No es que estuviera mal ni bien, es que no sé a qué coño venía traer a Moby, sinceramente. Como consuelo tuvimos a los infalibles 2 Many DJ’s, demoledores como siempre. Qué mezclas, con qué gusto sale uno chorreando sudor de la carpa.

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Gracias a Dios las aglomeraciones disminuyeron con respecto a la edición 2002. Más que un mérito de la organización me da que el cartel atrajo mucha menos gente, porque ése fue uno de los puntos más flojos del último FIB: los cabezas de cartel cogidos con alfileres, Suede, Chemical Brothers y Moby definitivamente sobraron y dan la impresión de estar ahí porque fallaron otros. Este año parece que vuelven con las mismas, aunque aun esperamos de la confirmación de los White Stripes. Ya hablaremos del asunto en el previo.El tema infraestructuras mejor. No vimos grandes colas en la entrada, el recinto estaba mucho mejor aprovechado. Los campings no sé como estarían pero vamos, peor que antes es casi imposible. El que quiera comodidades, que las pague. Lo que sí es de urgente resolución es lo de controlar los precios dentro del recinto, porque la cosa roza la calificación de robo en algunos casos. Si son subcontratas que se imponga un tope y punto, difícilmente dejará de ser rentable una caseta en el FIB. En fin, en general nada que uno no pueda esperarse, los mayores tirones de orejas vendrán con la edición aniversario, que tiene tela. Pero eso es otra historia.

galo
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