A ver, que sí, que es una noticia grandísima y de hecho hablábamos este fin de semana que lo mismo tenía gracia ir a Glastonbury sólo para ver al gran Leonard Cohen, cierto todo y agradecemos el gesto. Pero no se puede aislar la calidad del grupo del ambiente, el carácter del festival, etc. Decimos siempre lo mismo pero la repetición no le quita un ápice de verdad: imagínenselo, escenario grande, cuarenta grados, Suzaaaaanne. Prefiero muerte. ¿Encaja la playa de Benicàssim no encaja con el gris postnuclear del vídeo de First we take Manhattan? Por otra parte prepárense para soportar a la parroquia indie durante los próximos cinco meses que intentarán convencer al resto de que para ellos, Leonard Cohen ha sido lo más, buf, hombre, qué poesía, el magma emocional de su niñez. Nuestras vidas acabarán convertidas en algo parecido a aquel documental I’m Your Man donde aparecían impresentables como Bono o la familia Wainright contando fantasías sobre el papel crucial que había tenido la poesía de Leonard Cohen en su crecimiento.

No protestamos por Leonard Cohen en sí, que repito, es un tanto descomunal, inmenso, sino porque la ocasión irrepetible tiene detrás un panorama de aridez y desolación. Lo único potable que se incorpora al cartel son Richard Hawley y Eef Barzelay (de los impecables Clem Snide). El resto, hypes pasados de rosca (Beirut y Micah P. Hinson), electrónica para grandes públicos con pesadísima Róisín Murphy, los sobreinflados Justice (live) o el fracaso de These New Puritans que no ha llegado ni a hype. Desconocidos, Moriarty y Joakim y los ineludibles DJs, esos que no falten, Erol Alkan, John Acquaviva, David Duriez, Supermayer, Tommie Sunshine. ¿Se acuerda alguien del tema de las guitarras o tendremos que alimentarnos cuatro días con My Bloody Valentine, Spiritualized, New Pornographers y, cielos, Babyshambles?

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