Girls – Girls
Después de escribir anteayer sobre los falsos pastores australianos The Strangeloves me resisto a dar crédito a historia sobre la infancia del miembro pincipal de Girls, Christopher Owen, en la secta Niños de Dios, fundada en California a finales de los sesenta y cuya principal particularidad fue fomentar la prostitución como medio de lograr la conversión de paganos transmitiéndoles el amor de Dios, donde además quiso el hado que coincidiera con el ex guitarrista de Fleetwood Mac, el cual le regalaría su guitarra y unas lecciones que le sirvieron para evadirse del estricto régimen de música religiosa post hippie aprendiendo canciones de los grupos predilectos del líder como Elvis o los Beatles y cualquier otro que llegase a sus manos en el mercado negro de casetes grabadas de la radio que mantenían los niños de la secta hasta ganar la habilidad suficiente para que lo enviasen a recaudar fondos como artista callejero, imprudencia con que le pusieron a huevo una fuga que consumó con apenas dieciséis años y lo llevó hasta Amarillo, Texas, donde se abandonaría a los vicios terrenales hasta quedar al borde del desastre, sería rescatado por un mecenas millonario, reconduciría su vida, completaría su formación musical, encontraría novia, la perdería, le escribiría canciones, conocería a Chet White y con él y una pila de equipo viejo candidato a terminar sus días en la escombrera más cercana las grabaría para el disco que hoy tenemos en nuestras manos poniéndose el nombre más traicionero de la historia para buscar en Google.
Es probable que Owen sepa cuánto exagera cuando dice que teniendo estudio en condiciones les hubiera salido un Pet Sounds, pero da una idea bastante precisa del ideal que tenían en mente grabando Girls. El lo-fi nos pasa del todo desapercibido condenados a una miseria de altavoces de portátil por culpa del reciente traslado de nuestras oficinas pero ya saben que para nosotros la calidad acústica es un mero adorno. El disco es cálido, luminoso y melancólico como un atardecer de septiembre, la música va desde lo elemental con una guitarra acústica y algunos trastos de percusión operados por agitación (God Damned) a estándares surf-rock para sierras eléctricas (Big Bad Mean Mother Fucker), y todo ratifica intereses concentrados en y alrededor de la década de los sesenta, aunque a veces vistos a través de la trilladora de Jesus and Mary Chain o su admirado Jason Pierce. Al final de Hellhole Ratrace casi parecen Glasvegas y es el único gazapo digno de mención, supongo que todos podemos tener un despiste. Cantan nerviosos, tristes, enfadados o con un tímido entusiasmo sobre pérdidas, recuerdos y añoranzas con una particularidad: siempre dan la sensación de que callan lo que quieren decir y sólo pueden liberarlo a través de las guitarras en los solos y estribillos. En Hellhole Retrace, por ejemplo, dicen que no quieren llorar toda la vida, que también quieren reír y bailar un poco: reír y bailar con ella; tardan siete minutos a lo largo de los cuales van levantando despacio, muy despacio, un misterioso cisco de ruido que parece contener otra confesión, más sincera, más dolorosa.
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Molan bastante. Y el vídeo es la pera, eso sí.