Jesus & Mary Chain + Evan Dando + The Horrors / Londres, 07-10-2007

El jueves pasado (lo fue en su día) descendí de mi santuario espiritual para acudir al concierto que Jesus & Mary Chain brindaban en la Brixton Academy, un evocador teatro de los años veinte con rótulos deletreados sobre paneles blancos, palco y el escenario enmarcado en un castillo de cuento rodeado por torres con ventanas de ojiva cubiertas de arbustos, macetas de flores sintéticas y efectos luminosos de noche florentina como si en cualquier momento pudiera asomarse doncella entre las almenas para arrojarte una trenza. Hay varias salas por el estilo, el Apolo de Hammersmith, el Shepperd’s Bush Empire, Koko, tan diferentes a la uniformidad de sótanos y discopubs o la asepsia de auditorios que predomina en Madrid, todos cines y teatros con la majestad de los siglos impregnada en la roña de las paredes, décadas para ser exactos, pero vamos, lo mismo, el pasado, el mito, fue, imagínense, donde ocurrió el último concierto de los Smiths. En esta que era mi segunda visita también sentí una succión sobrenatural hacia el escenario que se debía a algo más que la inclinación de la platea.

A los Lemonheads me los perdí en su época y cuando les hice caso, tarde, me gustó el poso de melancolía, de inseguridad, de miedo, ese nudo en el estómago que llevan guitarras como las de Rudderless, o cómo en Bit part empiezan chillando I just want a bit part in your life! pero luego es un muchacho tímido preocupado por meter demasiado ruido. Tienen esas ñoñerías esporádicas como Drug buddy pero se toleran porque forman parte de la adolescencia que es lo que en el fondo son los Lemonheads, la adolescencia hecha grupo. Aquella noche de octubre Evan Dando se presentó con guitarra eléctrica y un bajista y me trajo a la memoria el concierto con los Lemonheads en el FIB que estuvo bien hasta que Evan secuestró la segunda parte y nos obligó a darnos a la bebida. Esta vez fue peor. Escorados a la izquierda del escenario se arrastraron por uno de los conciertos más penosos que he visto en esta vida y cualquiera anterior y posterior. Me dio una lástima terrible porque no había dios que lo soportase pero transmitía una fragilidad brutal, de un chico (un chico cuarentón, ahí está la tragedia) que necesitaba cantar sus canciones aunque fuera con el último aliento. Y eso hacía, con una vocecita trémula, cabizbajo, triste, derrotado, consciente de estar fuera de sitio pero sin otra elección más que salir porque si no lo encuentran una mañana sobre su cama convertido en un montoncito de hojas secas. Cantando para sentirse vivo, o menos muerto, una visión terrible que tolerabas como la descomposición física y mental de un anciano agonizante, con ese respeto que nace de la angustia y el miedo a lo que nadie podremos esquivar y deja como secuela el asco unánime al olor de los hospitales. Como buena vigilia de hospital busqué refugio en el bar y el final del concierto me sorprendió en la barra a la mitad de un trance de dos minutos que pasé arrodillado en un bosque de culos mientras intentaba desenganchar la anilla de la cremallera de mi mochila del botón del bolsillo trasero del pantalón de un, bendita mi suerte, afable y paciente hooligan al que según pintaba la escena me vería unido por tiempo indefinido porque recurrir al cortaplumas era exponerse a malentendidos fatales. Emergí victorioso, conseguí el codiciado gin tonic y me di cuenta que sí, eran Jesus & Mary Chain, pero hay una tumba de una mujer en el cementerio de Highgate (paso unos fines de semana salvajes) sellada con un epitafio definitivo, Be Still, estate quieta, que al margen de los estragos del matrimonio también recuerda por qué existen las losas, por qué se cierran criptas y mausoleos como si fueran celdas, por qué dudamos si los laberintos inexpugnables de las pirámides egipcias no querrían proteger de los saqueadores sino extraviar para siempre a los espectros fugitivos. Recuerda que los muertos codician del mundo de los vivos y que éstos suelen defenderse, contraatacar y perder, siempre, caer muertos tarde o temprano y entonces intentar volver y ser a su vez derrotados por más vivos que resisten en una batalla perdida cuya única gloria es luchar con honor. Hace veinte o treinta años hubiera sido impensable que los escenarios estuvieran dominados por una avalancha de momias. Ni se molestaban en intentarlo. El público los hubiera echado a pedradas. También nosotros debimos echar a Evan Dando del escenario pero nos habíamos quedado mirando, inertes, muertos como él, petrificados en este jubileo necrófilo que ya no es la nostalgia de la que todos somos un poco culpables y víctimas sino pura sumisión. Esa misma semana se anunciaría el numerito aberrante de Led Zeppelin y huelga enumerar más ejemplos porque los tienen en todas partes, en conciertos, en las noticias, soportando carteles de festivales, los muertos son protagonistas en un mundo que no les pertenece, cuyos dueños legítimos no tenemos agallas para reclamar. En el primer concierto de la noche The Horrors habían fracasado con estrépito. Salieron disfrazados de muñequita gótica, se retorcieron sobre los monitores, bailaron como reptiles, pusieron cara de endemoniados y allí nadie movó un músculo salvo cuatro emolescentes de la primera. Todos quietos, despreciándoles. Luego en el despacho examine vídeos de festivales y era lo mismo, Faris Rotter saltaba endemoniado en medio de un público indiferente que se retiraba dejándole un círculo de vacío. Evaluando. Pensando. Analizando. Mirándoles con el engreimiento presuntuoso que se viste en museos de arte moderno, performances de teatro alternativo y otras pasarelas. The Horrors no ganaban el desafío por méritos propios sino por la cobardía miserable del rival. Como lo del Moby Dick con la bola de espejos. Al enterarme pensé que si aquello había sido una estafa y el público se había indignado lo natural hubiera sido sacarlos a patadas de la sala y linchado entre todos en la puerta, meterles los cristales de la bola por los ojos, algo, cualquier cosa menos esa nada contemplativa, esa pasividad estéril, ese actitud distante de espectador inerte que es la negación de lo que un día fue la música ésta que ya no sabemos muy bien cómo llamar, rock, imagino, donde la acción era principio y fin, era lo único que servía para luchar contra la podredumbre y robar un minuto más a la muerte. Antes de marcharse, The Horrors sacaron una cinta fluorescente y dejaron tres tiras tendidas de lado a lado del escenario. El público de nuevo quedó petrificado en medias sonrisas de desprecio y autosuficiencia, les hubiera bastado tomar represalias, insultar, escupir, saltar al escenario y ahorcarles con ellas, tampoco, no hicieron nada, se quedaron mirando hasta que las recogieron los técnicos y entonces sonó un crujido eléctrico, se abrió la tierra, se perfilaron figuras negras en un crepúsculo de luces rojas, y corrí, corrí lo más lejos que pude porque aquello eran las puertas del abismo abiertas de par en par y venían en manadas, en ejércitos, en siglos de muertos, para cobrar el tributo de sus nuevos siervos.

galo
¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:
  1. ola,

    sin duda,no tenéis criterio

  2. galo,

    Bueno, al menos la Logse ha servido para leer, o mover los ojos, rápido. Es un logro.

  3. si,

    de que año es eso?

  4. mario,

    no me he enterado de nada.

    pero JAMC tocaron realmente?

  5. chiquitorl,

    hasta luego lucas
    digo…negrrooo!

Ánimo, deslúmbrenos con su ingenio:

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