La Costa Brava – Llamadas perdidas

A la vuelta de la Patria mi señora madre anudó a la correa de la mochila sus últimas esperanzas contra mi desnutrición. La bolsa de polvorones de estepa que reposaba en mi regazo debía complementar una reducida provisión de jamón serrano al vacío y dos ecobolsas de colacao que viajaban en la bodega. Me gusta el momento del despegue. Pego la nariz contra el cristal y veo el mundo menguar, e imagino a los subnormales cayendo al vacío. Tengo un poderoso magnetismo para los imbéciles desde muy temprana edad así que cuando se me sentaron dos al lado no me extrañé. Eran de dos de esos maricas altos y delgados, morenos, con barba negra y densa como un cepillo de zapatos, vaqueros desgastados y jersey de lana, armados con una caja de bombones envueltos en un celofán atronador y demasiadas ganas de palique. Por no escucharles me puse el disco de una tal Shannon Wright para decidir si la metía en la lista del año. Un pestiño. La muchacha canta afectadísima, como alzando la voz entre rayos de ira divina y erupciones telúricas en una catástrofe de dimensiones bíblicas. Tan sobrecogedor que resulta totalmente inocuo. La gente a la que le gustan estas cosas son de las que sólo se enamoran para escribir trágicas cartas de amor y sufrir todo lo posible sintiéndose inmersos en las horribles catástrofes que escuchan abatidos en su cuarto mientras fuera, en la calle, otros construyen un mundo mucho más devastador con mucho menos aspaviento. Cuando Weezer cantaban esas escalofriantes historias de adolescentes enamorados (’soy tonto, es lesbiana, por qué si todos somos un poco maricas, ella no puede ser un poco hetero’) uno se sentía mucho más conmovido que con los melodramas épicos con que nos bombardean últimamente desde la intelectualidad.

La Costa Brava son uno de estos grupos que con la sencillez más elemental emocionan más que tanto dramatismo épico, de ahí que me congratule anunciar que La Costa Brava, un grupo porque el que yo mismo no daba un duro, ni siquiera (muy especialmente) después del soberbio Déjese querer por una loca, han sacado otro disco sencillamente impresionante. Un disco al que caben puntualizaciones, unos quieren ver demasiados arreglos, a otros Sergio les chirría (no es de extrañar, porque como cantante tiene cuarenta veces más personalidad que Fran, algo que se nota para bien y para mal), pero al que nadie es capaz de negar una grandeza que lo eleva sin paliativos sobre casi todo el resto del pop nacional. Un disco con canciones que, unidas a los mejores temas de Déjese querer por una loca, empieza a dar forma a un repertorio tan fértil como incontestable.

Una mujer a la que le escriban El Cumpleaños de Ronaldo jamás podrá volver a enamorarse sabiendo que alguien en alguna parte escribió esa canción para ella. Hay quien querrá ver un ácido sarcasmo en esa canción, pero de alguna manera, escuchando ‘me llamo Fran y quiero que todo el mundo se haga rico, para pasar junto a ti un verano interminable en Tarifa’, uno sospecha que Fran canta desde el mismo amor que cambiaría por dinero a las pijas de su ciudad. Un amor intrascendente y banal, el amor playero con que Sergio te imagina en traje de baño sentada sobre una toalla, fabricándose recuerdos perfectos. La melancolía de La Costa Brava es tramposa (los trenes que han partido ya no vuelven) y autocomplaciente (quién hará esta música sonar, reflejo de la vanidad, cuando nadie quiera oirnos más). Y falsa. Porque en realidad La Costa Brava viven en el tiempo muerto entre finales y principios, en la vuelta al apartamento de una noche de bares de playa y chicas en bikini, el momento en que no hay nada, cuando lo bueno es ya el pasado y el futuro se puede pudrir allá donde esté porque no te importa mientras venga para ayudarte a vivir de los recuerdos, sentado en el portal de una calle mojada viendo subir el sol. Maldita sea, La Costa Brava suenan a la vuelta de Benicassim.

galo (10/09/2005)
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