Mi prueba favorita de Humor Amarillo es el Laberinto del Chinotauro. No es la mejor, sin duda, están el holocausto dental de las Zamburguesas, la castración ritual de las tablas de planchar, el masaje vertebral de los Rollitos de Primavera, pero el Laberinto del Chinotauro las supera a todas, ajena a la suerte, la rapidez, los reflejos, la práctica. Los dos chinotauros esperan apostados en puntos estratégicos desde donde dominan todos los caminos posibles hacia la salida. Los concursantes entran lisiados ya por media docena de ingenios orientales y con más barro que aire en los pulmones no tardan en comprender que la única salida es de una patada en el culo con la cara untada betún y el tabique nasal hecho virutas. El pánico lleva a muchos al suicidio porque los temibles Paco Peluca y Juanito Calvicie nunca resbalan, nunca muestran piedad, y saben por instinto qué puertas dan al lodazal. Aun así hay quienes sobreviven, pero siempre es con recursos inverosímiles, chinos que descubren una repentina vocación de spiderman y reptan por el borde exterior o se tambalean sobre el filo de los tabiques hasta encontrar la salida. No lo confundan con la suerte, superar el Laberinto del Chinotauro está mucho más allá.

La Habitación Roja deben sentirse todavía peor que los concursantes nipones cada vez que sacan algo al mercado. Los iberotauros de la crítica y el público acechan con las manos cubiertas de betún en el Laberinto del Indiepop español, esa colmena donde cada celda es una trampa peor que la anterior, esnobismo, elitismo, nepotismo, quinientos ismos y siempre habrá motivo para tirarlos al pozo. Desde Radio La Habitación Roja han sido el chino que siempre escapa no se sabe muy bien cómo y echa a correr sin esperar la entrevista de Pepe Livingston. Es un milagro tan excepcional que sacar otro disco parece una temeridad, pero vuelven una y otra vez, y ya van siete que salen airosos.

Antes de nada. Letristas del mundo: cúrense el vicio de escribir canciones por el método de acumular frases hechas y completar los huecos. Tópicos como “vuelvo a cerrar bares“, “la única verdad es que no hay verdad“, “yo soy un ladrón y tú eres de mi condición” ya se pueden rellenar con gloria bendita que van a dejar una peste a cliché del copón. Uno puede pasar por alto las sobredosis de azúcar, que las hay, pero según escucha el bochornoso “Todos los gobernantes mien-ten” coreado a voces para subrayar el (inexistente) momento subversivo se te cae el alma al suelo. ¿Cuál es la próxima? ¿Sacayalachina-tron quémameesachina-tron lega-legalización? Venga hombre, un poco de seriedad. Que lo de la conciencia social está muy bien, pero a ver si se nos ocurre algo mejor que sacarla con un sarcasmo aguado e inofensivo y a base de comodines facilones como los gobernantes mien-ten, los treinta metros cuadrados o Aznar. Le zumban los cojones que no haya nadie capaz de darse cuenta que este discurso tan visto, tan repetitivo y tan uniforme que sobra. A lo mejor tienen razón cuando cantan “las canciones llegan tarde pero están de nuestra parte” y hay cosas deben decirse aunque sea mal para no olvidarlas antes de que llegue quien sepa decirlas bien, pero merecería la pena hacer un pequeño esfuerzo.

En el terreno musical han vuelto conscientes de los años, de que no van a revolucionar el pop español, de que se van a llevar coces con o sin motivo, pero ambiciosos y con ganas de romper esquemas. Para lograrlo saben que no va a ser con majaderías a lo Dover sino supliendo la frescura de LHR o Largometraje con experiencia y medios. Hablo de ambición porque han utilizado la seguridad de sentirse cómodos en su estilo de siempre para embellecer cada canción y pulir las aristas. Vuelve a ser un acierto la excursión a los estudios de Steve Albini, el disco progresa con suavidad y muestra un sonido mucho más rico en matices. Es fácil de pasar por alto en la primera mitad hasta que cambian de ritmo y las guitarras están a punto de comerse el protagonismo de las melodías, detallistas en Los amantes y la paz o en el crescendo impecable de Lejos de la gran ciudad (casi consiguen algo parecido con La destrucción o el adiós pero la cursilada del principio puede conmigo). Cuando ya no quede nada cierra el disco con uno de sus mejores estribillos deja confirmado que Nuevos tiempos no era su canto de cisne tras el pinchazo de 4 sino el comienzo de una remontada en toda regla que van a culminar el veintitrés de abril. Con más discos que tiempo al alcance de la mano que aún merezca la pena escucharlo es un triunfo al alcance de muy pocos grupos de este país.

Eso sí, el próximo casi que instrumental.

Exprese su opinión insignificante sobre el disco con estas estúpidas estrellitas:
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