Suenan cantos de sirena desde los minaretes de la civilización occidental a este fenómeno milagroso que ha puesto la cultura, el arte, la ciencia y otras maravillas siempre reservadas a una minoría, al alcance de la humanidad toda. ¿Pero quién advierte de sus peligros? Porque para elegir esa minoría es cierto que a veces se utilizaban criterios injustos como el dinero o la suerte, pero en muchas ocasiones eran otros justos, positivos, necesarios como el trabajo, el estudio, el talento, y la democratización los ha borrado todos de un plumazo. Cuando opera en el seno de una población incapaz de distinguir conceptos tan elementales estamos en realidad ante un fenómeno perverso que impone la atroz dictadura del mínimo común denominador y sepulta la excelencia bajo aludes de mediocridad. Pues bien, analizar los efectos catastróficos que está provocando en la sociedad moderna era una tarea que sólo podía abordar un nombre propio del Rigor y el Catastrofismo. CommonPeopleMusic.com reconoce la exigencia moral que se le impone y consciente de su responsabilidad histórica comienza aquí y ahora una ambiciosa serie de siete artículos titulada Las Siete Plagas de la Democratización.

PLAGA I - LA NUEVA FOTOGRAFÍA AMATEUR

La fotografía sufre su máxima degradación a manos de los turistas y sin embargo incluso los domingueros de la peor ralea siempre conservaron por ella un respeto fundamental. El límite estricto de treinta y seis fotos unido a la certeza irrevocable de que la mitad serían de la correa o el dedo fue clave para desarrollar la humildad que ya La primera fotografía de la historiaaprendió el pionero Joseph-Nicéphore Niépce durante el nacimiento de la fotografía, cuando tras pasar ocho horas en la ventana sujetando una placa de peltre cubierta de betún de Judea comprobó que había sacado la mancha que ven a la derecha. Como a él, la experiencia nos enseñó el valor de una foto. Cuando estábamos en casa comiéndonos los mocos lo último que se nos ocurría era matar el tiempo gastando un carrete de quinientas pesetas en retratarnos los pies, menos aún revelarlo. Pero este orden natural se fue al carajo cuando cámaras digitales dejaron la fotografía a merced del fenómeno democratizador. Habíamos aprendido que las florituras, alardes y aspiraciones de profesionalidad debían estar al alcance sólo de aquellos dispuestos a pagar el coste en tiempo, dinero y dedicación, pero de la noche a la mañana supimos que en la era digital los errores son irrelevantes, los reintentos ilimitados, técnica trivial y la perfección una opción en el menú: noche oscura, cumpleaños feliz, luz de tungsteno, Torre Eiffel bajo el sol de abril. Hacer el gilipollas con una cámara de fotos estaba por fin al alcance de todos.

Como bien sabemos si se trata de hacer el gilipollas la masa popular no se hace de rogar. Tomó al asalto los centros comerciales del mundo occidental y renovó en tiempo récord un legado vastísimo de armatostes analógicos que de repente ya no parecían tan buen regalo de comunión frente al brillo cromado de sus sucesores digitales. Tras una fase inicial de simple incontinencia en que bares, autobuses, aeropuertos y demás lugares públicos se convierten en infiernos estroboscópicos por la cantidad flashes disparados por pandillas tomándose fotos agarradas de los hombros con cara de cretinos, llega el momento de investigar qué son todos esos botones. Un día aciago aparece por puro azar una foto en blanco y negro y piensan ¡cielos, de lo que soy capaz! Creyendo ver la prueba definitiva de su vocación artística se lanzan enfebrecidos a las calles tirando fotos a discreción en una orgía fotográfica donde todo es válido, papeleras, adoquines, paredes, alpargatas. En pocos meses no les dan de sí los mega píxeles, necesitan cuatro, ocho, quinientos, los teleobjetivos son fundamentales, imperativo invertir mil euros en una cámara reflex para sacar fotos del bebé eructando papillas, las marujas memorizan los filtros del Photoshop, los papás hacen malabares con el control de saturación. Perdido el sentido de la realidad y ridículo, sólo los ancianos dan muestras de sensatez:

- Pero y a ti desde cuándo te ha dado por las fotos.
- De siempre abuela, eres tú, que no te enteras de nada.

La venerable señora calla sintiendo en la nuca el gélido aliento del Alzheimer sin saber que ha puesto el dedo en la llaga. ¿De dónde cojones sale la pasión desbordante que de repente muestran semejantes multitudes por la fotografía? A fecha de hoy sigue siendo una incógnita sin respuesta, pero la cámara digital se ha consolidado como un accesorio imprescindible para pisar la calle. Cada fin de semana millones pasean con la suya colgando al cuello de correas con el logotipo amarillo de NIKON y el objetivo destapado para poder capturar al instante cualquiera de esos momentos únicos e irrepetibles que no-se-pueden-dejar-pasar, una paloma posada en una barandilla, una pegatina en una farola, hasta que al cabo de un año los discos duros del planeta rebosan de fotos de la misma barandilla con la misma palomita de los cojones. Insaciables, algunos no pueden siquiera bajar a comprar el pan sin trípode, e individuos que hace años se cagaban en los siete mares cuando revelaban el carrete y salía una foto disparada por error dentro del bolsillo, hoy bendicen su suerte y creyéndolas hallazgos únicos de fotografía experimental corren a distribuirlas por internet como crónicas visuales de sus viajes por los mundos fabulosos de la serendipia visual. Que dios nos proteja si un día se cruzan con un caballo o aparece el arco iris.

Cierto, esta clase de ilusiones de grandeza existían antes de la cámara digital, pero era en individuos aislados cuya única posibilidad de contacto con semejantes que dieran coba a sus delirios era recortar flecos con el teléfono escrito en un folio y pegarlo con celo en la panadería, temeridad que los convertía en el hazmerreír del barrio y cobayas para las madres que camino del mercado instruían a sus hijos en los rudimentos de la crueldad popular:

- Mira, el fotógrafo.

El escarnio era una prueba más que debían superar con sudor y lágrimas para alcanzar el estatus de fotógrafo amateur. Sólo entonces se los respetaba, y los indignos cejaban en su empeño o eran condenados al ostracismo. Pero hoy la democratización facilita y promueve el contacto entre las gentes, permite a estos majaderos comunicarse a través de internet, encontrar consuelo, abrigo y lo peor, aliento: qué buenas, exclaman tras ver sus respectivos álbumes. Así, las alucinaciones terminan por cobrar dimensiones epidémicas y la población enloquecida avanza sin frenos hacia un final catastrófico. Comienzan a montar talleres.

Los talleres, a veces llamados colectivos, consisten en un grupo de infelices capitaneados por un diplomado CEAC en fotografía creativa que se echan a la calle con sus aparatos para mirar el mundo con otros ojos, ojos atentos, ojos perceptivos, y hacerle fotos con intención, con mensaje. Yo los he visto, irrumpen en un bar y se agachan por turnos frente al pomo de la puerta, lo retratan por todos los ángulos revisando los resultados en la pantallita hasta que creen haber capturado su esencia más íntima en la tarjeta de memoria. Después la comparten con sus compañeros, admiran los matices, hacen crítica constructiva, buscan el próximo objetivo, una banqueta, las grietas de un azulejo, huesos raídos de aceituna, todo esto sin que los clientes y camareros den signos de alarma, al contrario, les observan con mirada cómplice porque ellos también llevan sus cámaras en la mochila. Al atardecer los miembros del taller vuelven a casa y suben a Internet sus botines sin apenas un título o una explicación pues prefieren que la imagen exprese por si misma la magia oculta en lo cotidiano. Mil imágenes del pomo valen menos que una palabra: estupidez.

A muchos no les basta, algunos de estos sujetos revelan sus “trabajos” y los cuelgan de un cordelito en un bar de confianza o en la trastienda de la mercería de su prima y ponen mesas plegables con patatas fritas y cocacola en vasos de plástico. Lo llaman exposición. Imprimen tarjetas de visita en máquinas callejeras y las reparten, sus amigos asisten, le felicitan, le animan, le envidian, y al volver a casa miran sus cámara, tiran cuatro fotos en blanco y negro a los pomos de sus puertas y al mirarlas piensan pero coño, si yo también soy artista, y salen a perseguir palomas con la cámara en ristre, y se abren un flickr, y se apuntan al taller, y la fotografía queda democratizada, es de todos, somos todos, es una puta mierda.

¿Cuántas fotos más de escaleras con efecto de perspectiva, graffitis, patios de vecinos, planos cenitales de tazas de café y pensionistas sentados en bancos harán falta para que la gente se dé cuenta que su visión única y personal es el mismo puto cliché de toda la vida? Antes paleto dominguero, hoy paleto con pretensiones, que es aún peor. Porque aquéllos aún eran humildes, honestos y como entendían que sus fotos eran malas, típicas y prescindibles, dejaban la cámara para bodas, bautizos, barbacoas y las vacaciones en Benidorm en lugar de organizar este disparate, esta plaga de amateurismo paleto con delirios psicóticos por empapelar internet con fotos de pomos y farolas creyendo que hacen algo, que aportan algo, cuando se limitan a repetir las mismas fotos banales, típicas y sin mérito de ninguna clase. Fotógrafo amateur: no nos hace falta su foto. Por el amor de Dios miselicordioso métase la dichosa cámara en la cavidad rectal y déjenos en paz.

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Permanezcan atentos a sus pantallas para la segunda entrega de

LAS SIETE PLAGAS DE LA DEMOCRATIZACIÓN

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