Un domingo cualquiera de mitad del siglo XIX un distinguido caballero paseaba por las inmediaciones de la estación de Charing Cross asombrado por el cisco monumental que padecían los londinenses para desplazarse hasta las localidades de la periferia. Preguntándose si sería posible simplificar el proceso y venderlo en cómodos paquetitos, abrió un negocio de excursiones de fin de semana a los populares saraos religiosos de la campiña. El éxito le dio la razón. En pocos años había creado los primeros tours, inventado el precursor del Talonario Bancotel y fletaba barcos de vapor llenos de pasajeros hacia los rincones más exóticos del globo. En la actualidad su compañía tiene casi veinte millones de clientes anuales: Thomas Cook PLC. Lo que inventó este avezado emprendedor no fue otra cosa que el primo subnormal del viaje, el turismo, pero aún pasarían generaciones hasta que el viaje por ocio representase una amenaza. Viajar continuó siendo arduo, incómodo y peligroso. Nadie en su sano juicio arreaba el petate y se largaba a tomar por saco a la otra punta del continente por puro placer. Historia y Literatura nos enseñan que quienes viajaban hasta épocas no tan lejanas eran soldados, comerciantes o aventureros patológicos, y los que alcanzaron la fama lo hicieron por obligación, por accidente o sometidos a fuerzas mayores que su voluntad. Ulises fue víctima del despotismo vengativo de los dioses, Heinrrich Harrer llegó a la ciudad prohibida del Tíbet huyendo del ejército británico, la expedición de William Adams alcanzó el Japón diezmada por fiebres y tormentas, piensen en Phileas Fogg, Sir Henry Stanley, Dean Moriarti o el entrañable trotamundos genovés Marco Mirelli y su monito Amedio. No, viajar no estaba al alcance de todos y lo que el populacho asumió para sí fue un modesto sucedáneo que rara vez excedía aquello de ir “a la playa” o “al pueblo”. Esta noción peligró a partir de la década de los sesenta con la disparatada ocurrencia de repartir coches al vulgo como si fueran caramelos. Sabemos cómo las familias españolas, sobreexcitadas con la posesión de un vehículo propio, reciclaban el equipamiento playero para desparramarse por parques regionales y pantanos de la era franquista donde pasaban los domingos en un tórrido limbo de abuelas en bata, marujas en bañador, papás panzudos sin camisa, niños en alpargatas cangrejeras y la tradicional batalla campal contra las avispas por el contenido de los tupperwares. Ocurrió de forma similar en el resto del planeta. Pero de alguna manera el populacho motorizado conservó un minúsculo sedimento de sensatez donde arraigaba la duda fundamental: ¿qué coño se me ha perdido a mí en Croacia? Pues no, nada. Y tampoco es que se les hubiera perdido algo en Gandía, ni en el pantano del Atazar, ni en Cascojo de los Infantes, pero al menos sus expediciones permanecían dentro de una burbuja invisible delimitada por el alcance del autobús de línea, el depósito del utilitario, a lo sumo la aduana, y el planeta, aunque nunca invulnerable, quedaba a salvo de la intervención devastadora de las masas. Esto fue, claro, hasta el advenimiento del fenómeno que estamos analizando en esta serie de artículos. La Democratización transformó la mentalidad de la gente inoculándoles un mantra fatal: “El mundo, al alcance de todos”. Con él, sus promotores afirman haber democratizado el mundo. Usted y yo sabemos que en realidad se han democratizado:

LOS DOMINGUEROS (Plaga II)

 

Así como la peste bubónica utilizó a las ratas de los navíos para propagarse por toda Europa, la zafiedad, la chabacanería y el catetismo se extienden hoy en hordas de domingueros aerotransportados a bordo de enjambres de aviones que oscurecen los cielos como langostas bíblicas. El dominguero, una especie que fue casi exclusiva del entorno urbano, ha visto multiplicados sus números cuando la población rural, cuya idea más sofisticada de viaje era visitar la capital de provincia para ver un buzón, se encontró de la noche a la mañana con docenas de aeródromos comarcales instalados en la puerta de su casa y comenzó a sentirse legítimo partícipe de la fiebre de las excursiones y escapaditas. De la merienda en el campo se pasó al fin de semana en la metrópolis extranjera, y ya nadie quiso conformarse con orinar en las tibias aguas del Mediterráneo mirando las avionetas publicitarias surcar el cielo de Benidorm, o morir ahogados de un corte de digestión en la alberca municipal del pueblo natal de la abuela Angustias, o despeñarse a bordo de un trineo improvisado con una bolsa de plástico hasta partirse los morros contra un pino en las nieves arenosas de Navacerrada. Se exige mear en playas vírgenes de Tailandia, ahogarse en cavernas submarinas del Gran Arrecife australiano o deslizarse al abismo por las nieves perpetuas del Himalaya. ¿Con qué consecuencias? Los voceros de la democratización esgrimen el enriquecimiento mutuo, el intercambio cultural. Pero este argumento falaz sucumbe bajo una realidad irrefutable: el objetivo del dominguero siempre ha sido reproducir su existencia diaria en un marco precario y tercermundista. Es sabido que la jornada campestre en los pinares de la sierra castellana era más perfecta cuantos más muebles y electrodomésticos se consiguieran meter y transportar en el coche, desde sillas o neveras hasta antenas parabólicas. Cambiar el Seat por un Boeing de tercera clase, y un secarral infecto a cincuenta kilómetros del núcleo urbano por una capital europea no supone ninguna diferencia. Para el dominguero todos los destinos deben ser experiencias equivalentes, indistinguibles entre sí y de su existencia diaria. Va a los mismos sitios. Se ocupa en las mismas actividades. Busca lo mismo que ha visto en las fotos de sus familiares y amigos, toma sus propias copias, lo hace desde la misma posición, aparecen miembros equivalentes de cada familia: Gorka asomado a la cabina, Lorelei haciendo el Atlas con la Torre Eiffel, se diría que para ellos vivir consiste en insertar su propia imagen en un puñado de postales. Británicos y alemanes habitan sus propios guetos en los pueblos del litoral mediterráneo. Los españoles rastrean los callejeros extranjeros en busca de Casas Manolo. El dominguero sale de compras por Berlín, y va a Zara. Come en Praga, y come una pizza. Renueva su vestuario en Venecia, y regatea una pashmina a un mantero senegalés. Fuera de casa hay dos únicas actividades novedosas: hacerse caricaturas y visitar museos o catedrales. Los domingueros recorren el mundo engullendo cultura con una voracidad pantagruélica, accionan modelos físicos en museos de ciencias naturales, admiran vidrieras hasta inmolarse los ojos en el reflejo solar, escrutinan las pinceladas de artistas prerrafaelitas o discuten “lo listos que eran los egipcios” maravillados por los esquemas didácticos del papelito protector de la bandeja almorzando un sandwich de pollo con coca cola y patatas de bolsa. La ubicuidad epidémica del dominguero es la principal causa del desplome de estándares y el deterioro vertiginoso de nuestras ciudades, que van transformándose en un centro comercial donde sólo hay espacio para sus lugares predilectos: cadenas de restaurantes italianos donde vivir ocasiones especiales cenando macarrones, filiales de Inditex como dispensarios de harapos, museos para analfabetos usados como guardería y urinario público, espectáculos musicales con el glamour de una barriada marginal y multinacionales de cafeterías a las que el cateto paga a cambio del privilegio de subarrendarse como camarero y servirse la consumición a sí mismo en un vaso de cartón con palito. Es el negocio perfecto, camarero más cliente, beneficio 3 euros. Todo a cambio de sentarle en un sofá arrebatado a las ratas de un vertedero donde se sentirá “como en casa”. Arrasadas por la plaga de domingueros, nuestras ciudades quedan en mismo estado que la playa, el embalse o el merendero forestal al caer la tarde de un domingo de puente, un fango de colillas, latas de bebida y plásticos impregnado por el detritus hediondo de su cutrez.

El temible dominguero también ha logrado invertir la evolución del transporte. Bajo su hégira, La sofisticación y excelencia tecnológica asociadas al viaje aéreo han sido aniquiladas. Las infraestructuras aeroportuarias son de una aridez soviética en cuyas inmediaciones los pasajeros se disputan a dentelladas una plaza en autobuses fétidos abarrotados de domingueros italianos vociferantes para completar un trayecto hasta la ciudad de destino que triplica en coste y duración al del vuelo. Los aeropuertos son auténticas pocilgas cuya única zona habitable es una extensión del centro comercial urbano. En una sociedad que repudia los estereotipos, ellas matan el tiempo en la sección de cosméticos, ellos en la de alcohol y cachivaches. Hay de todo, bares, discotecas, restaurantes, licorerías, fuentes de chocolate, venden televisores, radios, zapatos, abrigos, camisas, jerseys, trajes, maletas, por el amor de Dios miselicordioso, maletas ¿qué clase de persona espera hasta el aeropuerto, hasta pasado el control de pasaportes, para comprar una puta maleta? La misma que va a Barajas y se zampa cuatro piezas de sushi por diez euros: paletos, domingueros. Las salas de espera son un zoo de la vulgaridad, cincuentonas esféricas con tacones de aguja y grotescos pantalones de sordomudo escoltadas por sus maridos, que estrenan uniformes de coronel Tapiocca como si en lugar de tener por delante un fin de semana tirando fotos a iglesias y comiendo Big Macs se dirigieran al Congo a cazar gorilas. Cargan mochilas ergonómicas llenas de correas, elásticos, rejillas, acolchados, brújulas y barómetros. Su ropa está fabricada en tejidos desarrollados para la industria militar. Pasean inflados como pavos de su ingenio de viajero experto al sentir bajo la camiseta de lycra transpirable el tacto de una bolsita portadocumentos de color carne cuya existencia es dogma de fe y primer objetivo hasta para los rateros más ineptos del globo. Proliferan los iPod, las DSs, las PDAs, las PSPs: acrónimos universales del catetismo tecnificado. Los cretinos del portátil se disponen en los lugares más visibles con expresión de rematar su próximo artículo para el New Yorker mientras juegan al buscaminas o navegan a la deriva por las carpetas de su disco duro. El dominguero ha perfeccionado sus especies clásicas, la escapadita de chicas o “hen party”, la jauría de forofos, la parejita en viaje romántico, la excursión colegial, y mutado en otras novedosas como el dominguero de primera clase, impresentables que viajan en la compañía más cochambrosa del espacio aéreo internacional pero lo hacen con estilo, con pantalones chinos y jersey de cachemira, almuerzan salmón en la marisquería del vestíbulo, a diez metros de los váteres, riegan su wrap de pollo al curry con una botellita de vino durante el vuelo, pero arrugan la nariz y sacuden la cabeza cuando gritan los niños de la plebe, cuyos patriarcas mascan palillos a todo meter poniendo orden en la logística aeroporturaria porque hay que ver con la cantidad de cintas que hay y tengamos que estar el fila de a dos y entodavía nos harán pagar la maleta como al Anselmo. Abulta, pero no pesa, tranquilizan sus señoras. Debe reconocerse que las colas de los domingueros foráneos conservan, dentro de su imperfección, cierta cualidad lineal. Pero el dominguero español es demasiado listo para las colas. No es un pardillo que vaya a esperar a que se le cuelen los demás, no, míralo, Paquita, ése, el de rojo, coge la maleta que ése no estaba ahí, y la cola se aplasta, los extremos se pliegan contra los mostradores engulléndolos hasta colapsarse en un pandemónium de berridos alrededor de dos azafatas aterradas. SI, LU-GO. YES. A LAS SIE-TE. Perplejidad, estupefacción, las maletas pulverizan balanzas, los baúles no sirven como bolsa de mano, hay que despresurizar los equipajes con un estallido de enaguas, calcetines sucios y palominos, redistribuir, tirar, prensar, esconder, enfundarse quince chaquetones uno encima de otro y abonar recargos por el resto a razón de diez euros el gramo. Todo esto en público, sin recato ni sentido alguno del decoro o la dignidad. Uno tiene la impresión de que si les dieran unas gallinas sería imposible distinguir la escena del abordaje de un autobús de posguerra en una película de Alfredo Landa. Qué triste ironía es que el segundo mayor fabricante de aviones del mundo tuviera el poco amor propio de llamarse AirBus. La derrota del Concorde, saeta celestial, en favor de esos trastos paquidérmicos con morro de un delfín al que hubieran aplastado la cara de un balonazo es ilustrativo del declive. En realidad, el dominguero disfruta siendo vejado y extorsionado por oficiales de aduanas, aturdido en laberintos burocráticos y hacinado en aerovagones de ganado que apestan a heces infantiles y pies: es su ecosistema natural. Para qué esforzarse en ofrecerles otra cosa. ¿Recuerdan cuando se subía al avión ebrio de fantasías sobre ninfas nórdicas? Olvídense, al final de la escalerilla esperan potrancas con la cara descompuesta en copos de maquillaje sucio y mariposeará ese engendro de maneras afeminadas, voz sibilante y cordialidad frenética y dentuda: el hombre azafato. Infelices recién graduados en diplomaturas chiste como Relaciones Internacionales o Marketing a los que visten como pordioseros con chalecos de almohadillado y pantalones de mecánico durante jornadas laborales de doce horas. Los aviones son neveras destartaladas. Los compartimentos vibran mal cerrados con cinta adhesiva. Las tapicerías están raídas. Los váteres corroídos de óxido y excrementos. ¿Pretende robar los jaboncitos? Tendrá suerte si encuentra algo con que secarse las manos. Ni siquiera sobrevive la comida de los aviones que nunca fue tan terrible como contábamos porque venía sazonada con la delicada especia de la novedad, de esforzarse en memorizar cada elemento de esa bandejita que era lo más próximo que todos estaríamos del sueño astronauta para rememorar a familiares y amigos la consistencia de la argamasa que nos habían servido por puré de patatas o el brillo plástico de las verduras cocidas. Si exagerábamos la destestabilidad real de la comida era sólo como parte de un ritual que daba un acceso mínimo, pero tangible, al ámbito místico de los grandes viajeros. Ese sentimiento ya no existe ni se busca porque el viaje tiene el mismo objetivo que la excursión dominical, mover el coche y desfogar a los niños. Y huelga decir que la mierda te la vas a limpiar tú cuando las azafatas tengan un minuto para restregar el bolsón de basura por los costados de un tercio del pasaje, si lo tienen, si no te la comes porque lo prioritario es hacer la ronda con el carrito de souvenirs para jubilosa ruina económica del dominguero. Al fin y al cabo ¿qué mejor lugar para comprar el recuerdo característico y evocador del destino extranjero?

No se confundan, nuestra denuncia no está hecha desde el elitismo esnob del “viajero auténtico” sino como residentes sedentarios. En las ciudades estábamos ya resignados a esperar fines de semana y periodos vacacionales para verlos marchar en éxodo hacia sus destinos tradicionales. En los pueblos soportaban las invasiones veraniegas con el consuelo del invierno en soledad. Ya no dejan siquiera esa opción. Los domingueros actúan a lo largo de todo el año y cuando parten el viernes por la noche son reemplazados y superados por sus homólogos franceses, alemanes, italianos, polacos, españoles, flamencos, norteamericanos, suecos, británicos, enardecidos todos por el mantra democratizador, el mundo está a mi alcance y debo ir a toda costa, sin importar el precio o los motivos, cogerlo porque está a mi alcance, porque es mío. Porque yo lo valgo. Las condiciones infrahumanas que el dominguero tolera y promueve han dejado de ser excepciones localizadas en destinos conocidos y evitables para convertirse en Ley. Vuelvan a sus embalses, se lo suplicamos, vuelvan, háganlo este mismo domingo, los tienen más cerca, gastarán menos dinero, los comerciantes hablarán su idioma, jueguen a las palas, merienden ricos filetes empanados, escuchen la radio, dormiten, respeten dos horas de digestión, dénse un bañito reparador, naden, naden hasta el centro. Y ahóguense.

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