Lou Reed performing Berlin, Londres 30-06-2008

Lou Reed performing Berlin, Londres 30-06-2008El primer concierto al que no fui fue la etapa madrileña de la gira de U2 con Pop. Me negaba, dije a Miamigomiguel vía telefónica, porque por mil duros pegaba unos celofanes en el flexo, ponía el disco y no notaría la menor diferencia. Esta vez no se me ocurría cómo montar en el despacho una reproducción casera del Royal Albert Hall, la orquesta de seis músicos y el coro de ocho angelitos, y aunque tampoco necesitaba excusas porque no tenía a quién dárselas, aquí estoy, segundo palco, lateral derecho, y Lou Reed va a tocar Berlín en cinco minutos si la megafonía merece tanta formalidad como impone el lugar. Inagurado en 1871 por la reina Victoria, el Royal Albert Hall es un coloso mayestático, personal repipi, alfombras por doquier, gruesas cortinas rojas, frisos, mosaicos, columnas, un órgano vertiginoso, filas y más filas de palcos, grupos de varones guapos, altos, trajeados, sin corbata (en el bolsillo), un botón abierto, como extras de Match Point o Scoop, y rockeros viejos de esos que van limpios y visten chupas de cuero, pantalón prieto y cinturón de tachuelas pero todas dan la sensación de ser prendas de modisto, y tienen arrugas plásticas, canas sintéticas, dentaduras impecables y motos impolutas, resplancecientes, sin un rasguño. No había una puta cola, para nada, ni para recoger entradas, ni para entrar, ni para nada salvo el bar (conocemos las debilidades guiris), ni los gorilas te inspeccionaban la mochila, qué coño, ni había gorilas, ni te miraban la entrada, se apartaban con una reverencia porque cuando estás entre los próceres del Imperio la mera corporeidad es aval suficiente para franquear todos los controles aunque lleves un rifle de francotirador. (Tengo algunas fantasías apoyado contra la barandilla de mi palco, a quienes, en qué orden, cuántos tiros, en qué órganos.) Luego por supuesto todo es espejismo, la opulencia ornamental queda arruinada con luminosos fosforescentes indicando las salidas de emergencia, la mitad de los pijos hablan como camioneros, en sandalias de las damas florecen racimos de mejillones y juanetes y los acolchados las butacas se sostienen en un vulgar armazón de hierro. La distinción como producto. Llorarían los estetas del XIX. Sí claro, todo esto era sabido antes de venir, mi sobresalto es porque permítanme recordarles que estamos esperando que salga Lou Reed y hagan repaso mental de la historia, las épocas, los amigos, los lugares, y Berlín, sobre todo Berlín. ¿Qué coño hace esta gente aquí? ¿Por qué hay niños, niños con jersey, que vienen a escuchar Berlín? Tengo a la izquierda un señor inmenso de esos que parecen una tonelada de carne embutida en un cuerpo humano, cuya respiración parece tener la única misión de hacer audible su robustez. A la izquierda hay una pareja de cincuentones vestidos de domingo que sujetan sendas copas de vino como si fueran el cáliz de la vida eterna. Cumplidos los cinco minutos, exactos, sale a escena un señor gordo y melenudo a decir idioteces sobre el ordinal de este concierto en la gira, trigésimo segundo (repartidos a lo largo de dos años, idénticos hasta en los bises) y lo orgullosísimos que estamos de. Y salen seis niñas en túnicas blancas, seis miembros de una orquesta en traje blanco, y seis instrumentistas maduritos que visten los atuendos más ridículos de la historia del Rock, es decir, visten como Santana. Lou Reed lleva una camiseta marrón, ceñida, que resalta su panza. Guitarras al hombro, proyecciones, las niñas entonan el coro de Saaad Song durante unos segundos, pausa, cabaret, cumpleaños feliz, estamos en Berlín, les cuento a la salida.

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Intentaba encontrarle una explicación, muchas veces con la boca abierta, la mano buscando un lugar en la cara donde detener la risa, murmurando no, no, no ¿qué? ¿qué hace? en una isla de vergüenza porque a mi alrededor todos vivían el concierto de sus vidas, el morcón de la derecha emitía mugidos de admiración, los de atrás se machacaban las manos aplaudiendo y yo miraba incrédulo, impresionado por algunas cosas pero confuso por una sensación de ridículo que parecía ser privada, pasándolo mal hasta que he podido convencerme de que no era senilidad sino premeditación, de que Lou Reed se humillaba adrede, que lo hacía porque era la única manera posible de salvar el concierto. Piénsenlo, un grupo impecable, unos solos de guitarra bestiales, impredecibles, las niñas espléndidas, las niñas acojonantes, impertérritas ante las cuchillas, la sangre y la mierda, dando un miedo del copón en The Bed cuando susurraban como la brisa del Tártaro, las cuerdas, los vientos, el auditorio apabullante, y la reivindicación triunfal de un disco despreciado en su tiempo que hoy se glorifica hasta el delirio entre babas de plumillas oportunistas. Piensen, digo, que el concierto estaba abocado la perfección absoluta de forma inexorable, una perfección tal que es impensable, irreal, que no puede existir porque porque sería el fin de todo. Y Lou Reed lo sabe, y sabe que debía hacerse REAL, y que la única posibilidad de hacerlo REAL era por medio del ridículo, hacer el payaso para que el concierto, el lugar, la gente, yo, no desapareciera en un colapso metafísico. He llegado a esta conclusión (a la desesperada) porque sé, porque vi, que en el fondo Lou Reed no quería hacer el ridículo, porque vi que fingía haber olvidado las letras de Men of good fortune, vi cuando cantaba mal, como una declamación robótica, vi en The Bed cómo después de “And i said..” ladraba los “OH OH OH!”, vi que en el primer bis, en Satellite of Love, permitía cantar al bajista, un latino con pañuelo de pirata en el cráneo que al final de la primera estrofa se desinflaba en un sateliiiaaaiiiiiiiiiiiiiaaaaaaaaa-auauaiaaaaaaaaa-aaaaiiiuuiiiiiiiiiiiiiiiiaiaiai-iiiiiaiaiaiiaiiaiaiaiaiaiaiaiaiiaiaiaiaauuuaaiiiii-it grotesco, en plan Mariah Carey, y le dirigía subiendo y bajando la mano como haría una profesora de música de EGB, y se reía, y la gente quiso entender que todo era pitorreo y reía con él, cada vez más alto, más escandalosos, aunque yo para este punto tenía bastante claro que eso era el opuesto diametral a una broma y que Lou Reed tiene más miedo a Berlín que nadie, que se reía porque se caga en los pantalones de mirarse a sí mismo. Pero una parte suya no quería hacer el ridículo y le obligaba a esos momentos impresionantes, a girarse y ordenar al batería que recrudeciera el castigo a los platillos o aliviase el del tambor, recorrer el escenario dando instrucciones de músico en músico, tocar solos discretos y fabulosos, esconderse en la oscuridad y esperar, quieto, escuchando, recordando y pensando que es un hijo de puta, que sólo quiere que te sientas estafado y lo quiere con saña, que sepas que te sientes estafado porque él quería que te sintieras estafado, porque te desprecia y no mereces otra cosa que sentirte estafado. No puedes reprochárselo viendo la gente que te rodea, a ti mismo mejor no mirarte, al terminar The Kids el matrimonio de cincuentones vestidos de domingo, que llevaba seis copas de vino por cabeza, aplaudió entusiasmado y de buenas a primeras ella soltó un aullido de cowboy y se derrumbó en el hombro del marido con una risita de decir ay George que me desmeleno, y George esbozó una sonrisa, y me miró de reojo, y supo lo que yo pensaba, y desde un rincón de su alma suplicaba tener valor para saltar la barandilla y terminar con esto de una vez por todas. Eso quiere Lou Reed, te duela, seas quien seas, que vivas en ese ámbito de miseria, de fracaso, de esperanza kaputt, igual que suena la voz que cuenta hasta drei al principio de Berlín. No sé, no sé si todo esto, si poder producir todo esto, es mérito individual de una actuación, de un disco, de una carrera, de qué. Sé que hubo algo irreal, desagradable, algo asombroso entre mucha mierda, algo que es mejor olvidar pero no puede olvidarse, y que el violinista de la Orquesta Metropolitana de Londres se rascaba el culo y pegaba zapatazos al suelo.

galo
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