Morrissey en Londres, 18-12-04

El servicio de correo británico es de las pocas instituciones que conservan el feroz clasismo que siempre caracterizó al país. El Royal Mail ofrece dos servicios postales; el de primera clase tiene el encanto de otros siglos, las cartas viajan de posta en posta por caminos polvorientos, atraviesan tormentas, bosques y desiertos. Meses, años después un jinete llama a tu puerta y te entrega en mano un sobre macilento, envejecido por los rigores del tiempo. El de segunda clase, sencillamente, no llega.

Culpando a tan ineficiente servicio postal dejamos pasar durante noviembre los conciertos de Interpol, Le Tigre, Yeah Yeahs Yeahs. A primeros de diciembre, nos preguntábamos si acaso las autoridades independientes del Reino Unido aún no se habían hecho eco de nuestro traslado y por eso seguíamos sin recibir las sacas de entradas, acreditaciones y pases VIP a los que estábamos acostumbrados en la Patria. Perplejos, decidimos hacer algo que un periodista nunca debería verse forzado a hacer: pagar las entradas. Y es que si el líder del último grupo que abrió la boca para decir algo nuevo en la historia de la música pop retorna de su soleado retiro californiano al tenebroso Reino Unido (no es tanta casualidad que lo haga precisamente cuando nosotros nos presentamos allí), bien merece la pena guardarse el orgullo y soltar las treinta y siete con cinco libras del ala.

Desde las primeras horas de la tarde, todas las miradas del público que iba llenando Earls Court se posaban sobre una única figura: yo. El único con estilo, el único con el suficiente sentido de la elegancia para ponerse la camiseta apropiada; ni Morrissey, ni Smiths, ni hostias: los Dandy Warhols. Tras reinvertir el dinero destinado al merchandising (horrible, aunque si llego a enterarme que había un moz-rosario me lo compro) en unas sabrosas botellas de Grolsch, me dirigí a mi asiento con una única certeza: habiendo comprado la entrada con dos semanas de antelación no podía esperar más que recibir unos arneses con los que colgarme de las barandillas del tercer anfiteatro. No fue el caso, al parecer en este país cuando se terminan las entradas de pie la gente compra los asientos ‘de enfrente’, situados a dos kilómetros setecientos metros del escenario, y deja libres los del lateral del primer anfiteatro a escasos veinte metros. Allá ellos.

Los primeros en calentar micrófonos fueron unos tales Remma, aficionados de instituto recién sacados de algún garaje infecto en el rincón más hortera de Surrey, que ofrecieron un brit pop aburrido y previsible y recibieron a cambio bostezos y dos aplausos de cuatro familiares. La esperanza de tener a PJ Harvey como telonera de lujo se desvaneció con James Marker una banda liderada por un gnomo calvo gordo y contrahecho que creyéndose Kate Moss juzgó conveniente pasar el ‘concierto’ restregándose el cable del micrófono por la entrepierna mientras el grupo desplegaba todo su potencial con miras a un único objetivo: hacer el ridículo. En las postrimerías de su, nunca mejor dicho, actuación, un solitario joven ocupó el asiento contiguo al mío y entabló conversación. Era Adam, el marido de Eva, la de la frutería. Me contó que al parecer se han pasado a la repostería y me ofreció su nuevo producto: galletas de maría. Yo que las tomo para desayunar desde pequeño acepté sin reservas, feliz de que los británicos importen buena gastronomía. Y estaban buenas, tenían bolitas de chocolate y un original sabor a especias. Fue cuando se retiró el telón negro del fondo del escenario y las letras que cayeron en Benicassim se inflamaron para recibir a Morrissey.

Vestido impecablemente de cura, empezó sin contemplaciones con How Soon Is Now? y First Of The Gang To Die. Desde el principio Morrissey daba la misma sensación que noté con The Cure en el escenario grande de Benicassim, una seguridad que ni siquiera merece la pena acompañar con arrogancia: la seguridad de saber que sencillamente se es una leyenda. Es una sensación curiosa y en cierto modo decepcionante porque que todos queremos es ver a los Smiths con un veinteañero escuálido destrozando gladiolos a mamporros y esto sólo nos recuerda lo que nos perdimos por nacer cuando no debíamos. Aquel Morrissey daba la impresión de haber programado cada minúsculo detalle del concierto hacía muchos años, encerrado en su cuarto mientras soñaba con convertirse en lo que había sobre el escenario. Un viejo zorro resabiado, manipulador, alevoso, enorme.

Pese a haber tomado precauciones durante el espectáculo del gnomo, las cervezas pasaron factura y, si bien conseguí aguantar con November Spawned a Monster, decidí que Don’t Make Fun of Daddy’s Voice era el momento más apropiado para aliviarme. Aún con el pajarito entre las manos escuché los primeros acordes de Bigmouth Strikes Again (sí, el pasado es un lugar extraño) y salí por piernas tal cual, guardándome el canario por el camino. Seguirían I Like You, una gran versión de Redondo Beach (esta canción se hizo popular por Pat Benetar.. ¿o fue Patty Smith?), Let Me Kiss You y Subway Train (into) Munich Air Disaster 1958. A medida que empezaban a sucederse los cambios de vestuario y las camisas empapadas, el ambiente iba cargándose de algo indefinible. Morrissey calculaba cada dedo que acercaba al público, quería tentarlo, atraerlo, saberlo suyo. Y lo conseguía, por supuesto. Cuando agarró de la mano a un individuo y lo arrastró sobre las primeras filas, tiraba de dieciseis mil manos que se aferraban a él; y cuando cayó al foso caímos todos, desesperados y ansiosos. Desde arriba la media sonrisa de Morrissey reflejaba un placer casi sádico.

Solía mezclarme con tres miserables, de todas formas había algunas canciones buenas (con muy malas letras). Una versión lánguida There is a Light.. cayó a plomo en el centro geométrico del concierto, seguida por la gran The More You Ignore Me, The Closer I Get y Friday Mourning. Continuó la selección de los mejores cortes de You Are the Quarry. I Have Forgiven Jesus (tenemos un single benéfico estas navidades. La beneficencia soy yo), The World Is Full Of Crashing Bores (Nos hemos deshecho de Blunkett, ahora librémonos de Blair), Irish Blood, English Heart (no puedo equivocarme siempre), sonando a auténtica gloria gracias a una banda enterrada en las sombras, consciente de quién movía los focos pero ganando con creces la andanada de aplausos que Morrissey les entregó en bandeja con la obligada presentación. Intercalados, los Smiths: espero que hayáis terminado vuestros hurtos de navidad, Shoplifters Of The World Unite. Y era triste pero lo sabíamos, You Know I Couldn’t Last precedió al último cambio de camisa y un único bis, sobrecogedor, impresionante Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me, con los Smiths abriendo y cerrando el concierto; tres, cuatro miserables a los que, no nos engaña, también él echa de menos. Morrissey se marchó alimentando rumores when it comes to say goodbye, there is goodbye and there is farewell, and this is farewell (algo así como cuando toca decir adiós hay adiós y hay ‘cuidate’, y esto es ‘cuidate’). Fundados, infundados. Qué más da.

Esa noche, John Stockwell y Garry Templeton estaban de servicio en la estación de metro de Earls Court cuando vieron a dieciseis mil personas lanzarse en bloque hacia la entrada bajo el azote de la lluvia. Hicieron lo que cualquiera hubiéramos echado. La verja. La riada de aficionados, sumidos en un estado de hipnosis que duraría toda la noche, tomó las calles y se encaminó a otras estaciones. Seguiré a la gente, irán a algún sitio, me dije, y fui tras la muchedumbre entre la oscuridad y el agua hasta que quise darme cuenta de que la procesión se había desgajado y no había muchedumbre, no había nadie, sólo estaba yo. Debía estar a la altura de Bristol cuando tropecé con unos raíles y puede esperar a que pasara un tren. Tras varios trasbordos (algunos de ellos atravesando el vacío con un grácil salto de techo a techo) conseguí dar con el metro. Como era de esperar mi vagón se quedó parado en medio del túnel más inhóspito de la ciudad y envuelto en una nube de humedad y sudor, rodeado de abrigos mojados y pestilentes, empecé a sentirme mareado. Las galletas, me dije, estarían rancias. Y fue cuando mi peor pesadilla se hizo realidad. Una vieja, armada con varios niños, la emprendió a villancicos. A partir de aquí, todo se nubla.

Roben. Maten. Pero vean a Morrissey. Ya.

galo
secciones » conciertos
etiquetas » , , ,
¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:

Ánimo, deslúmbrenos con su ingenio:

PARA SERVIRLE
NOVEDADES
RELACIONADOS
ESPECIALES