My Bloody Valentine – Londres, 20 y 23 de junio de 2008

La mujer hablaba con una mezcla de desprecio y hastío, como si viviera encerrada en una jaula sobre la cabina, el intercomunicador fijado a la boca con correas, cumpliendo una condena eterna de Sísifo ascensorista. Cuidado con la puerta, por favor. No obstruyan las puertas, por favor. Y salimos del metro esquivando al enjambre de reventas que revolotea zumbando su eslogan a lo largo de una gran cola, edad media veintiocho y tres cuartos, heterogénea en todos los aspectos, las camisetas desde grupos novedosos, No Age, a mitos establecidos, Jesus & Mary Chain, con peinados y gafas Morrissey, vaqueros ceñidos, vaqueros holgados, rebecas de punto, alguna Peggy Sue. El tema de las colas suscita en nosotros la siguiente inquietud. La probabilidad de que los recién llegados conozcan a alguien en la cola es mayor cuanto más larga sea la misma. Cuando se reúnen con ellos multiplican a su vez el número de conocidos potenciales. El proceso se repetirá con cada vez más frecuencia hasta llegar a un punto crítico a partir del cual toda persona conoce a otra más avanzada, comenzando en un proceso irreversible que conduce al colapso inexorable de la cola en una singularidad ubicada en el primer puesto que absorbe a los peatones que pasen por la calle en el momento aciago y, por Newton, el mobiliario urbano, los edificios, la ciudad, el planeta, el Universo, plop. Quiero decir con esto amigos que sean cívicos en la práctica de las colas, que nos acojonamos por los aceleradores de partículas pero luego son pequeñeces como ésta las que amenazan el porvenir del Universo. Y también quiero decir que era grande la expectación para el primer concierto de la resurrección de My Bloody Valentine aunque en realidad era tercero. Nos negamos a aceptar el barco de que las dos actuaciones improvisadas la semana anterior en locales reducidos habían sido meros “ensayos” como los presentó Kevin Shields. Quedaban cuatro citas más en Londres, todas agotadas desde minutos después de salir a la venta en noviembre del año pasado.

Dejemos algo claro desde el principio. Ven ustedes dos fechas en el título de esta crónica porque el concierto del viernes 20 iba a ser el mejor concierto que he visto en mi vida y tuve que volver el lunes. Eso significa también que he visto dos veces a My Bloody Valentine y sí, eso me hace mucho, muchísimo más guay que usted. También más sordo.

Tocaron dos teloneros. El viernes, Le Volume Corbe. Prescindible, una tipeja desgarbada que mezcla folk esnob y shoegazing con bastante mala pata asistida por acompañantes entre lo digno (los guitarrista) y lo fecal (la violinista de marras con invervenciones puntuales al xilófono, el mismo modelo amarillo que utilizó Russian Red en el Primavera Sound). El lunes, Graham Coxon. Áspero, extraordinario. Tocó solo, con la cabeza fuera del círculo de luz. Quizá queriendo adaptarse a las preferencias del público, hizo sólo ruido. Pulsaba una nota, la grababa, la dejaba sonando en un bucle. Después repetía con otra, después con un acorde distorsionado y tocaba la canción encima. Terminó con una pieza instrumental de diez minutos en la cual no se le vio, estaba arrodillado junto a los pedales y se fue a la media hora sin mediar palabra.

My Bloody Valentine, Londres 20-06-2008My Bloody Valentine salían al escenario tarde y sin ceremonias, como si hubieran esperado todo el tiempo agazapados detrás de los monitores. Cogían sus instrumentos, se situaban de izquierda a derecha, Belinda Butcher, Debbie Googe, Colm O’Ciosoig y Kevin Shields. Sólo el viernes, por la novedad imagino, Shields farfulló un saludo. Después miraba a Colm, éste levantaba las baquetas. Clac clac clac clac. Y era como estar tumbado boca arriba en la rampa de lanzamiento de un cohete espacial, debajo de los quemadores, envuelto en una nube de fuego y hielo, inmune a la destrucción pero consciente de toda su belleza. Había pensado muchas veces cómo sería arder, bucear en una tempestad o en el vacío, si pudiera ocurrir sin dolor ni miedo, con la serenidad suficiente para admirar el espectáculo y sin pagarlo con la vida. Era esto. Te daba algo que no es temeridad sino más bien indiferencia al riesgo, en cierto modo te volvía aún más curioso. El viernes mantuve la distancia, esquivé los haces ardientes, pero el lunes ya buscaba el resplandor trémulo de los reflectores estroboscópicos para esperar el fogonazo con los ojos abiertos y me acercaba cada vez más a la pirámide de doce amplificadores. En el fondo del escenario destellaban proyecciones, recuerdo una medusa sobre la que se derramaba purpurina azul crecía hasta ocupar toda la pantalla, una mujer cuya piel estaba hecha de llamas. Nos sorprendieron en muchos aspectos. Por ejemplo, no había el misticismo que asociamos al shoegazing, apenas cierta alteración mental, una especie de aturdimiento lúcido. Era sobre todo una sensación física. La vibración parecía salir del interior de tu cuerpo, sentías el impacto de los focos, el tacto de la luz. Veías la poca verdad que hay en el mito de las “capas y más capas de guitarras” porque había dos y ni Kevin Shields ni Belinda Butcher enredaban con los pedales pasado el principio de cada canción. En realidad lo que más impresionaba no eran las guitarras sino la batería y el bajo. La batería tenía un sonido neto, de una fuerza inmensa. El bajo llenaba la sala con un murmullo geológico que la extraordinaria acústica de la sala devolvía por todos los flancos. Una obra de ingeniería acústica. La distribución del escenario es minuciosa, los bloques de amplificadores están girados en distintas direcciones, una lámina de metacrilato separa los de Belinda Butcher y Debbie Googe. La gran duda sobre este retorno, si puede reproducirse en directo algo tan complejo como Loveless, desaparecía. Y sin embargo estaban libres de sospecha, no sonaba igual que los discos. Perdía la noción de qué canción estaban tocando, no la reconocía, o no me importaba cuál fuera. En cambio primaban matices que en las grabaciones parecen secundarios o incluso habían pasado desapercibidos. Kevin Shields ha dicho lo frustrante que fue para él no saber materializar del todo el sonido que escuchó en su cabeza, para nosotros es admirable hasta qué extremo pudo hacerlo, cuántas cosas quedan por descubrir en sus discos. La becaria coincide conmigo en que una de las grandes impresiones de sus conciertos ha sido esa, descubrir a unos My Bloody Valentine que no sospechábamos. Sus discos, ahora, producen una emoción nueva.

Por eso no quería escribir nada de este concierto. No quiero, ni debo, privarles de la sorpresa y el entusiasmo explicando los motivos. Quiero que vayan. Da igual cómo, cuándo, dónde, incluso si es los nada deseables escenarios al aire libre del FIB. Vayan. Lo que escribo es con ese objetivo. Sepan que me callo lo mejor. Hay cosas que no están hechas para ser leídas.

galo (26/06/2008)
¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? No se reprima:
  1. becaria,

    El concierto mas emocionante de mi vida,abducción!

  2. marcos,

    Joder yo llego tarde…

  3. slint,

    Si quereis los conciertos me los podeis pedir.

  4. Jazzin,

    Muy buen artículo Galo.

    En Benicàssim he vivido una experiencia similar a la tuya. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando. Pocas veces en mi vida he tenido las sensaciones que me produjo esa hora de ruido y tampoco me imaginaba que un concierto de un grupo shoegazer fuese tan físico. Porque el sonido se calaba en los huesos, con esa batería brutalmente perfecta y un bajo apabullante (menuda distorsión tenía metida en la cuatro cuerdas). También me encantó comprobar que las canciones, más allá de la producción de estudio, están todas a un nivel espectacular, tanto las del “Isn’t Anything” (que sonaron atronadoras, impecables) como los clásicos del “Loveless” (con un “Come in alone” que me llevó a otro mundo) y los rescates de los ep’s (cuando sonó “You Made Me Realise” me entraron ganas de llorar porque se acababa algo totalmente inolvidable).
    Ahora nos queda la esperanza de que algún día vuelvan Slowdive y nos maravillen con otra demostración de magia. Mientras nos quedaremos con el recuerdo de uno de los mejores directos que un fan del ruido shoegazer se pueda imgaginar.

Ánimo, deslúmbrenos con su ingenio:

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