Pixies en Londres, 1-9-2005

En la Gran Bretaña no sólo hay que ir con un paraguas a los conciertos, aparte de la meteorología la gente tiende a lanzar sus minis al vacío cuando quedan más babas que cerveza, sobre todo hay que ir con pies de plomo porque aunque en la Patria uno pueda confiar en la mediocridad inocua de los grupos locales para el aperitivo aquí a la que te despistas te plantan de telonero cualquier bluf del NME como los detestables Futureheads. Ni la impuntualidad británica de mis acompañantes fue suficiente para perdérmelos así que acabé poniéndome al final de cualquier cola de longitud considerable que me pillase a mano, hamburguesas, cerveza caliente, el baño de señoras, lo que fuera con tal de no soportar una mierda de ese calibre. Ustedes que me conocen saben que con tal de soltar unas líneas de bilis verbal soy capaz de tragarme cualquier cosa, pero uno tiene sus límites.

Los Pixies son un grupo que hace ruido, mucho. Con guitarras porque era lo que debían tener más a mano el día que decidieron dedicarse a ello, pero bien podían haber sido cacerolas o matasuegras. El caso es que hacen ruido y pegan voces. Dar voces es importante, como sabrá perfectamente cualquiera que disfrute haciendo ruido con cacerolas, matasuegras o guitarras. Se coge el instrumento, se hace lo que haya que hacer con él, porque evidemente no es lo mismo hacer ruido con una cacerola que con una guitarra, y una vez se entra en calor liarse a berridos es más cuestión de instinto que de necesidad. Comenzó el concierto ligeramente lastrado por ese proceso de calentamiento hasta que la luz dejó de filtrarse por los ventanales del Alexandra Palace y nos sumimos en una espesa oscuridad que sería fulminada instantáneamente por el reflejo de decenas de fogonazos de colores en una esfera blanca y brillante que era Frank Black lanzando un azote de guitarras y berridos que algunos reconocían como Wave of mutilation, Where is my mind?, Debaser, Hey, Here comes your man, Monkey gone to heaven, Vamos, Gigantic aunque otros sólo reconocían partes, otros protestaban por la calidad del sonido y otros la aplaudían, otros no se enteraban de nada pero brincaban meneando los brazos entre rayos de luz verde. Cuando los Pixies entran en trance se lían a montar escándalo, pegar voces y arrear golpes a la batería sin seguir patrón ni lógica alguna, ninguno de ellos tiene la menor idea de lo que tocan, aunque no es el verbo adecuado porque no tocan, aporrean, despellejan, pero lo que es tocar no tocan nada coherente. A veces hasta me parece que poner un disco de los Pixies y creer que todos vamos a escuchar la misma canción es una ingenuidad. Frente a ellos uno se siente como sosteniendo un vaso delante de un tifón con la esperanza de atrapar un trago de agua, asumiendo que en tales situaciones puede pasar cualquier cosa, desde encontrarte un sapo en el vaso a que te devore un cocodrilo como precisamente ocurría en Nueva Orleans más o menos a la vez que el concierto. Emparentar a los Pixies con un tifón es muy tentador pero considerando que hace semanas pasaba otro huracán por el tercer mundo, a la altura de Cuba, y no causó tanto desastre (reportaba el enviado especial de la BBC con cierta cara de decepción ‘es que aquí se habían preparado‘) sospecho que no es una comparación acertada, que los Pixies no son exactamente un tifón sino más bien los Estados Unidos debajo de un tifón, un desastre inminente, un cataclismo en potencia que en este caso no llegó a materializarse, fue su único fallo, no consumar la hecatombe y tirárnosla encima con diluvio, cocodrilos, saqueadores y guardia nacional en helicóptero, sino dejarnos volver vivos a casa sabiendo lo grandes que fueron los Pixies.

galo
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