Primavera Sound 2005 (Viernes)
De entre el pandemonium de compañías aéreas de bajo coste que teje los cielos europeos, mi preferida es Ryanair. Tiene horarios que obligan a dormir en esa tierra de nadie que son los aeropuertos. Sus aviones tienen los logotipos de otras compañías y te subes porque lo dice un lugareño con chaleco fluorescente que pasea perplejo por las pistas. Las azafatas y azafatos visten más que sin ceremonia con desidia, como si bajasen a comprar el pan un domingo, los portaequipajes tiemblan con el despegue y el aterrizaje, la cabina rechina sobrevolando paisajes inhóspitos hasta aeropuertos improvisados en el corazón de tundras, estepas y desiertos de los que sólo es posible salir en un misterioso autobús cuyos horarios nadie conoce, cuyos billetes nadie vende. Viajar en Ryanair es ensayar un retorno al espíritu de los grandes viajeros, aquellos que partían con un hatillo de queso, tocino y pan duro por único equipaje. Con ellos te sientes un poco como Marco Polo, como Shogún, como el joven Jim Hawkins o Sinhué el egipcio,
Me intenté distraer la mayor parte del trayecto intentando adivinar a qué parodia de aeropuerto me llevarían esta vez hasta que un brusco cambio de presión traducido en el estallido simultáneo de mis dos tímpanos, las inquietas expresiones de los pasajeros y el traqueteo ferroviario del aeroplano precipitándose en caída libre entre las nubes me hicieron temer un trágico final para un vuelo que se había hecho casi insoportable gracias a un hatajo de neandertales alcohólicos y chillones sitos a estribor, una treintena terroristas adolescentes a proa y varios desaprensivos a popa cargados de esos repugnantes sacos de secreciones y ruidos que llaman niños. En esos momentos cercanos al desastre aeronáutico yo que intento siempre buscar el lado positivo a las cosas me veía ya el Fernando Canesa de los Pirineos y fantaseaba con el dulce néctar de la venganza que saborearía devorando a todos los subnormales envuelto en una cálida mantita de Fly Monarch días después de estrellarnos en las cumbres pirenaicas. Al final resultó que el piloto tenía cierta prisa por llegar a la emblemática Gerona y a la voz de ‘aterrizar es para maricones’ había optado por tirar el avión contra el aeropuerto.
España se reconoce en los policías que llevan bigote y puros y no te soban la entrepierna en busca de cortauñas. Tras un rápido desembarco en la Patria me metí en el primer autobús que pillé a mano con la esperanza de llegar a la capital del vanguardismo peninsular mientras se desarrollaban los primeros conciertos del esperado Primavera Sound. Tenía interés por The Arcade Fire, Los Planetas y Radio 4 pero sólo hubiera podido llegar a estos últimos y, dado que pude hacerme con entradas para su concierto el lunes siguiente, pasé. Por lo que se cuenta, Arcade Fire y Radio 4 cumplieron las espectativas y Los Planetas hicieron uno de sus conciertos desidia, por desgracia cada vez más frecuentes.
Viernes
El recibimiento en el recinto del Forum era inmejorable. Es una verdadera pena tener que dejar el Poble Espanyol pero estaba claro que no podía con el volúmen de público que atrae ya el Primavera Sound. Los accesos no tuvieron el menor problema de masificación así que fue innecesario plantearse si las tarjetas llevan más o menos tiempo que las pulseras. En el interior, el recinto bastante bien distribuido y con una amplitud que hace casi impensables aglomeraciones como se sufrían al final de los conciertos más importantes en el Poble Espanyol. El recinto era tan grande y tan espacioso que el sábado, con una asistencia algo menor, me parecería que estaba casi vacío. Está claro que el Primavera ha encontrado su sitio para seguir creciendo al ritmo que viene haciendo durante los últimos años, las únicas quejas que escuché fueron las de una serie de individuos que quisieron ver los conciertos sentados a la altura de las Ramblas y para su gran sorpresa se encontraron con que el sonido no les llegaba en toda su plenitud. Un fallo imperdonable, qué duda cabe. Aparte de eso, prometedor.
La única vez que estuve sentado en un concierto fue, tengo que hurgar en los más oscuros rincones de mi memoria, en el Palacio de Congresos de Madrid. El artista, agárrense a lo que tengan más a mano, Revolver, Carlos Goñi, el Bruce Springsteen español como escribió algún agudo columnista. Entré en estado cataléptico a eso del tercer acorde, escuchaba en el horror de la parálisis cómo a cada canción salía a escena un nuevo artista invitado que el público recibía al borde de la histeria. Hubiera parecido que se trataba de Bono o el propio Fary pero eran tipos con flautas, ocarinas, objetos con forma de calabacín que restregaban con un palo, instrumentos bizarros de mercadillo hippie que arroparon con una cacofonía infernal el ya de por sí estremecedor repertorio de Revólver. La velada culminó en un pandemonium de treintañeros con náuticos y pantalón Docker bailando la danza de los pensionistas, cogidas las manos a la altura del estómago y meneando las caderas con cara de subnormales (que por otra parte eran las suyas propias), al son de Oye cómo va en una apoteosis de cutrez latina que me dejó marcado para siempre.
Se comprende así que no me emocionase entrar al Auditori y descubrir que tocaba ver el concierto en una butaca. Diría mejor que lo intuí, porque no había ni unas elementales bombillitas a los lados de la escalera que pudieran, si no alumbrar, al menos insinuar el más elemental perfil del mobiliario y sobre todo del descenso. Tan imperdonable descuido tuvo un resultado trágico, podían escucharse los gritos de gente cayendo al vacío, te rozaban las piernas jóvenes independientes que rodaban escaleras abajo hacia una oscuridad rota allá en las profundidades por el vago resplandor de una melena y una guitarra que era Nacho Vegas. Decidido a acomodarme palpé en la penumbra encontrando dos narices, siete ojos, tres tetas, un número de pollas definitivamente excesivo y repugnante, dos manos, tres brazos y, finalmente, un asiento libre.
Puede usted pensar que la idea de programar el concierto a las cuatro de la tarde no tiene nombre, pero se equivoca. Negligencia, infamia, estupidez, quizá imbecilidad, son algunos de los muchos posibles. Pese a todo Nacho Vegas se las ingenió para dar uno de los mejores conciertos del fin de semana con un brutal repertorio que tuvo su reciente Desaparezca aquí como eje central. Maravillas como Ocho y Medio, Perdimos el control o Ella me confundió como otra persona vencieron a la hora, las butacas, la modorra y la oscuridad valiendo a Vegas el derecho a una despedida triunfal. Quedó ésta algo empañada por los dos o tres gilipollas de rigor que por estar en un recinto con butacas se creen facultados para vocear bravos y estupideces de similar calibre con que demostrar al resto del público lo dentro que les ha llegado el concierto y cómo han logrado aprehender la esencia misma de la actuación. Esta gente deberá ser reducida a golpes y azotada hasta que se les quiten las ganas de repetirlo en próximas ediciones de este o cualquier festival.
Emergí del auditori dándome de bruces con The Secret Society en las postrimerías de su actuación. Se trataba de un joven atormentado con guitarra acústica frente a un escenario literalmente vacío y algunos curiosos salteados por los alrededores. No le vi nada especial, y menos ahí, a la intemperie, en horas que desaconsejan toda actividad distinta de la siesta, pero hay que reconocer y aplaudir los huevos con que se ventiló una actuación en condiciones tan adversas e incluso pidió prórroga. Le siguieron Tarántula, quienes me conquistaron con ese \’a ver si me pueden traer unos hielos para el gin tonic\’, aunque ya venía bien predispuesto de casa tras escuchar las cuatro canciones que tienen por internet. Su retorno al ochentismo con de Golpes Bajos tiene cierta gracia aunque si me paro a pensarlo no sé por qué apreciarlos más que otros que hacen lo mismo con otros grupos menos.. exóticos. Estuvieron bien en cualquier caso.
Aunque la experiencia desaconsejaba la asistencia al concierto de Sr. Chinarro, al menos en el terreno musical, no podía dejar pasar la visita del oráculo. Para sorpresa mía y de todos, el concierto, compuesto casi únicamente por canciones de El Fuego Amigo, fue tremendo. Esta vez Antonio Luque no encontró tuvo problemas con los técnicos y salvo la prescindible Marichel o como se llame, no se pudo poner ninguna pega. Saliendo del escenario me agredieron los ecos del Sole + 12 Twelve, que en realidad era un desaprensivo rapeando sin miselicordia para horror y espanto de los allí presentes, corrí y llegué a Broken Social Scene que me sorprendieron para mal. El desproporcionado número de guitarristas que plantaron sobre el escenario no parecía tener más razón de ser que sostener la producción mundial de Fender, porque en lo que al terreno musical se refiere hubo poco que aprovechar. Costaba distinguir las canciones (�¿problema técnico? �¿realmente era indistinguible?) y fueron incapaces de echarse encima al público. Con lo bien que están en disco.. una pena.
La casi despedida de Mercromina fue un concierto de los que hacen mitos, devastaron con Desde la montaña más alta del mundo y remataron con el imprescindible repaso de viejos temas que dejó al público literalmente al borde de las lágrimas. Todos implorábamos un bis que merecíamos nosotros y sobre todo ellos mucho más que cualquier otro grupo del festival. Aunque se entienden las cuestiones logísticas de siempre esta vez la organización cometió el error de no concederlo, Mercromina, especialmente tras el monumental concierto que acababan de dar, merecían ese premio.
Pasé por Iggy Pop con un interés más anatómico que musical, porque el concierto me importaba bastante poco. Tal y como suponía lo de la iguana sonó a actuación precocinada con mucho grito, mucho salto, mucha raja del culo y mucho bostezo para quienes no confundimos volúmen y brincos con un buen concierto de rock. Ese no lo fue, desde luego, y me lancé a la exploración de otras opciones topando con con unas Nouvelle Vague que francamente, no entiendo la puta gracia que tienen. Versiones ja-ja de canciones famosas las hago yo en mi casa con dos amigos y una botella de vino peleón, Queda muy divertido y tal, pero no sé qué cojones pinta esto en la hora punta de un festival de esta categoría. Parece ser que mucho siempre y cuando venga protagonizado por dos melosas cantantes disfrazadas de Holly Golightly para dar charme al sector de retrasados vanguardistas adictos al té birmano que se ocultaba entre público. Yo no le vi ninguna gracia.
En New Order no era prudente poner muchas esperanzas tras el mediocre Waiting for the sirens call, buena parte del cual se empeñaron en hacernos tragar, con suplemento de impertinencias, antes de conceder Crystal, Regret, True Faith, Bizarre love triangle, Temptation y, por fin, lo que todos queríamos: Transmission y Love will tear us apart. El energúmeno saltarín con barriga cervecera y camiseta de tirantes en que se ha convertido Peter Hook me sobra bastante, la voz de Sumner no pega ni con cola (�¿qué tal hacerlas instrumentales? �¿amordazarlo? incluso un cameo del vocalista de Interpol sería preferible), y el resto de pegas que quieran buscar, las concedo. Ahora bien, es innegable que los diez segundos de bajo al principio de cada una te pulverizan las entrañas. Yo ya me moriré con eso y que el resto cojeease de tal o cual me da lo mismo. Dejaron para el bis la otra esperadísima, Blue Monday, que, aunque amagó esa gran versión al alimón con la Minogue y su Cant get you out of my head que circula por el soulseek, se quedó en otra remezcla al uso. Al final cada uno se fue con lo que quería, nosotros con un mito menos en la lista y ellos con unos miles de euros más en el banco. La noche terminó con una hipnótica excursión sideral de la mano de Mercury Rev, nunca me han enganchado mucho pero fueron un cierre perfecto para la noche.
galo

The Velvet Underground
Russian Red
Iggy Pop
Ya en su distribuidor
Crónica de una profanación (o The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008) 