Primavera Sound 2009
De entre los muchos estímulos que podría usar para evocar los pocos, fragmentarios e inservibles recuerdos que ni siquiera estoy convencido tener sobre el Primavera Sound 2009 guardo especiales reservas sobre la eficacia de escuchar a todo trapo la discografía completa de Saint Etienne, uno de los grupos que a la postre no vimos, pero si les soy sincero, y siempre lo soy con ustedes, hoy, rendido y jubiloso ante la grandeza de A Good Thing, tengo una sensación que se me antoja elemental pero concluyente y, creo, correcta: lo pasamos bien. Lo pasamos bien pese al calor, la gente, la tecnología, los madrugones (nuestra industriosa becaria superó con éxito no uno sino dos exámenes el sábado, a las nueve a.m., en Terrassa), a tener que escapar de allí con el rabo entre las piernas regalando tickets de combinado a los bakalas, derrotados y sin honor en desigual duelo a cara descubierta contra el asfalto del Fórum.
El viaje sin sobresaltos del jueves prometía un festival amable y sin complicaciones. Me fue fácil aclimatarme a la humedad pringosa de la tardoprimavera mediterránea abrumado por la generosa recepción del noble pueblo barcelonés, que se había echado a la calle engalanado de azul, rojo y amarillo para jalear mi tránsito en el aerobus a través de la ciudad condal. El metro de la línea tres acudió pronto y espacioso para completar la etapa final entre Plaza Cataluña y Maresme-Fórum, el azafato de Gatorade me recibió con refrescantes zumos, la recogida de la pulserita transcurrió ágil y sin insolación y el recinto replancedía todavía virgen durante la caminata final hacia el escenario nuevo perdido en los confines del Fórum, más allá de la debacle de Magik Markers
, lastrados por una cantante penosa, tímida y apocada, en una plataforma de cemento robada a los dominios de Neptuno donde descubrí nada más llegar que The Bats eran unos ancianos en baja forma y recibí el informe de última hora con que la becaria me puso al día sobre el gran (adjetivo que reemplazó por uno más plausible repasando los vídeos: espantoso) concierto de Sra. Chinarro La Bien Querida y la imperturbabilidad de su invitado Joe Crepúsculo, que había sido investido allí mismo con el título de Príncipe del Pop. Pasó como pasaría muchas veces, los saludos, la cervecita, el dónde está Mengano, atento a la mamarrachada cónica que vende Telepizza este año, y en un espacio de quince minutos se liaron a empezar Marnie Stern, The Vaselines y The Tallest Man On Earth y casi nos perdimos a los tres, esto contando con que nos dividimos en comandos para cubrir todos los escenarios y sólo gracias a mi sobrehumano poder de concentración acerté a prestar la atención debida a The Vaselines aprendiendo así que debíamos The Day I Was a Horse a los muchos dones del ácido lisérgico, que a ellos jamás de los jamases se les hubiera ocurrido asociar Molly’s Lips con felaciones como suelen hacer sus aficionados disolutos y abundantes curiosidades de esta índole que explicaba uno y contradecían el resto preparándose para tocar las correspondientes piezas como ángeles con acidez y mala leche. Es fantástica la purga interior que se hacen los músicos escoceses y les deja caras de felicidad como las que llevaban los Vaselines, el guitarrista de Belle and Sebastian, que intervino como mercenario, y el público por contagio.
Había tantos sorprendidos por descubrir a un grupo haciendo tantas versiones de Nirvana como enterados mirando por encima del hombro a los anteriores, pero todos aullamos, cantamos y nos divertimos como en pocos conciertos del festival. The Tallest Man on Earth desconcertó no por bueno, ya veníamos al tanto de las muchas bondades de ese Shallow Grave que vieron repetido en las mejores listas de 2008 excepto la nuestra, sino por el mérito de que un tipo tocando solo a plena luz del día con una guitarra acústica arrancase aplausos de aquella intensidad y encima fueran apropiados. Fue un conciertazo. Llevo un cuarto de hora pensando dónde está la diferencia entre él y Bob Dylan porque la tan manida comparación me parece de todo menos clara y si tengo razón creo que será porque Dylan guardaba, cultivaba, una distancia que Kristian Matsson ignora sin más, por modestia, por indiferencia, lo que sea, los resultados son buenos. Y es él, también de The Vaselines, fueron de los pocos grupos que buscaron crear una complicidad especial con el público, la mayoría de participantes en esta edición estuvieron fríos, tímidos, altivos, casi siempre distantes. O a lo mejor fuimos nosotros que repartimos predilecciones a los más huraños. Como Crystal Stilts, que exhibieron una presencia escénica de reptil, esa indiferencia taciturna desde el otro lado de la cristalera; el cantante cantaba en un bostezo, otro acercaba la cabeza a la guitarra como si tocase para sí mismo,
otro ponía caras de lagartija tecleando en un Casio maltrecho que en su actuación de la sobremesa del viernes ofrecerían como recompensa a quien trepase una palmera en del Parc Joan Miró sin lograr estimular la heroicidad de ningún asistente. Allí, en el parque, nos gustaron más porque escuchamos su música onírica reposando en sillas de plástico entre palmeras y arbustos, gente refugiada en sus gafas de sol y un mendigo-orquesta que intervino con bocinas y cacharros de hojalata. Reconocimos el liderazgo indiscutible del guitarrista que, como todos practicantes de este estilo ruidoso, es un gran admirador de los cincuenta y los sabe homenajear con gusto y destreza, una predilección aún mayor en el caso de Kitty Daisy & the Lewis. Sobre el papel prometían todo lo que puede prometer una banda de chavales con interés de anticuario por el rockabilly, trajes de proporciones cuestionables, vestidos de volantes y cabelleras laqueadas pero iban a ser una de las actuaciones más solventes de la tarde del viernes, a mí me ganaron por completo cuando pusieron un sampler de Chuck Berry porque un detalle así demuestra que no se limitan a vivir en el pasado sino exprimirlo y subvertirlo, como mandan los cánones.
En el parque, porque yo hablaba del parque, vimos también a Ponytail, muy aplaudidos por la becaria aunque yo guardo leves reservas porque la criatura asexuada que se ocupa de las tareas vocales parece tomarse lo de los gritos con una vena mística y trina un lenguaje secreto con los ojos en blanco entre espasmos de los que no quedaba rastro tan pronto se bajaron de las tablas como unos muchachos amistosos que te daban las gracias por ir y recomendaban mantenerse a distancia de Jay Reatard porque era un asshole y Shearwater y Black Lips porque eran cosa mala merecedora de muecas y negativas muy serias con la cabeza, pero id a toda costa a Ariel Pink, a Oneida y a Neil Young. Así que dijimos venga, al Fórum, y nos fuimos ignorando los vapores narcóticos que respiraba el concierto de Bowerbirds haciendo una discreta parada en boxes para el vermú y los berberechos, y vale una de pá, y vale una de queso, y vale una de butifarra, y vale una de atún, y otra ronda y tres más y un palmar otros cuarenta euros, como siempre, aunque había esa excusa imprecisa de que no es saludable mantenerse tres días a dieta de perritos calientes con virutas cebolla frita y merienda de churros, manjares estrella entre la notable gama alimentaria del Primavera Sound,
superior a la de todos los festivales españoles en variedad y calidad (bocatas indi, cafés de máquina, carajillos, hamburguesas, pizzas y quiches y cosas étnicas de asco sólo moderado) que este año presentó dos innovaciones: Telepizza propuso unas sospechosas pizzas-cucurucho que repartió por el recinto en carros de aluminio; un puesto comida oriental hacia al cual abortamos la maniobra de aproximación nada más ver un ocho en la lista de precios dispensaba, según sabríamos más tarde por un glotón imprudente, una caja de fideos chinos y otra de alitas de pollos sin desplumar muertos por inmersión en un gel viscoso.
Fuera como fuese, que fue saciados y en la ruina, conseguimos el objetivo de llegar al recinto antes de la apertura de puertas tal y como nos habíamos impuesto la noche anterior cuando My Bloody Valentine, a salvo de la mojigatería de los organizadores del Saturday Night Fiber, habían abusado de volumen a sus anchas mejorando su actuación del año pasado en Madrid y nos hicieron pensar que si aquello había sido a la intemperie qué maravillas no sucederían cuando las ondas ultrasónicas revoloteasen atrapadas en el Auditori, para ser testigos de lo cual necesitaríamos, sin embargo,
comprar los tickets, y esta misión no era baladí porque cuando el jueves se descubrió que la organización había sustituido las casetas con dependientes humanos por máquinas fue como si se disolviera la clave de bóveda de la estructura mental del asistente medio y el derrumbe dio lugar a unas colas alucinantes integradas por miles de individuos que pese a haber crecido rodeados de comecocos, Amstrads, Spectrums, Gameboys, PCs, DVDs, Playstations, iPods y Wiis quedaban petrificados con el dedo índice extendido en el aire ante una ranura para monedas y el resplandor de una pantalla táctil con cuatro recuadros de colores en los que se leía “CERVEZA”, “CERVEZA PARA CELÍACOS” (?), “COMBINADO” y “REFRESCO”, como si fuera aquello el monolito de 2001: Odisea del Espacio. Con un relajado trote aseguramos los tickets y con una breve espera a las puertas del Auditori la tercera fila, y una vez dentro las previsiones resultaron tan pobres, tan insuficientes. Al final todo se reduce a que las canciones empezaban y te salía esa risa tonta de decir joder con un suspiro y cerrar los ojos y abandonarte. Lo mejor de ver a My Bloody Valentine en escenarios cerrados es que realizan su ambición de convertir el sonido en algo físico, algo más allá de la mera vibración del aire, material, palpable, suenan como si se te volviera el cuerpo del revés y latieras desde fuera, te ocurren cosas insólitas como acabar fascinado por los patrones de vibración de las butacas, te divierte observar las
manías de Kevin Shields, cómo se pasea de amplificador en amplificador y permanece atento en medio de un estruendo de mil demonios hasta detectar la fuente de una imperfección minúscula e indicar las correcciones pertinentes a los técnicos con unas sacudidas de pie, admiras la delicadeza de Bilinda Butcher que es como la caricia del verdugo y entre canciones, cuando Shields ensaya un acorde o amaga un comienzo, saboreas ese delicioso nerviosismo eufórico de antes de subir a la montaña rusa o entrar en la casa encantada donde sabes que vas a mojar los pantalones del miedo. Pero hace falta comprender que estas cosas siempre es mejor vivirlas para uno mismo, ahórrense levantar los brazos, las pantomimas mesiánicas, el girar el cuello para poner caras de velocidad a sus amigos. No sean catetos.
Varios tímpanos perforados, una escalofriante factura para la organización por la fritanga del equipo de sonido del Auditori, pero el peor de los efectos colaterales de las actuaciones de los sangrientos (¿o será la otra acepción, la de malditos?) Valentines fue obligarnos a descartar el jueves a Jay Reatard (quien mereció severos calificativos de los exploradores que enviamos a evaluarle, si bien nos demostraron un criterio dudoso en varias ocasiones) y Cristal Antlers, el viernes a los Carsick Cars y quedarnos con dos canciones de The Pains of Being Pure at Heart que dolía alejarse de lo bien que sonaban. Mereció la pena, qué otro consuelo podemos buscar.
Por tanto tomen medida del gran halago que supone entregar una segunda medalla de oro de la primera jornada al simpar Joe Crepúsculo, responsable de un concierto triunfal apoyado por Los Destructores cuyo gran acierto consistió en rebatir la previsión generalizada de que aquello sería una tomadura de pelo a lo Tarántula y más valía asegurar con Yo La Tengo. Sabíamos que Joe Crepúsculo es un artista sensato, cabal, empachado de phrónesis y nos daría la razón. Sí, su concierto fue un despiporre, marcado por la incontinencia que sufriríamos cualquiera si nos subieran a un escenario con un sintetizador programado para emitir tontunas por un equipo de sonido de semejantes dimensiones con cada opresión de un atractivo botón rojo, cuyos detalles no les daré porque ahora no tendría ninguna gracia pero la tenía en su momento, y más cuantas más eran las repeticiones. Lo importante fue saber lo que quería con ese concierto y ofrecerlo al público con honestidad y respeto, y funcionó tan bien que Crepúsculo y su corte reflejaban un notable entusiasmo por los fervores de una audiencia que les diré era casi el doble de numerosa, y esto sí fue una sorpresa, que en el concierto, a priori más asequible, de Los Punsetes al día siguiente. Haberlos visto en sala pequeña me ahorró trabajos de observación, no tenía sentido pasarme otra hora vigilando las manos de Ariadna a ver si las mantenía en perfecta inmovilidad durante una hora (sí) de modo que preferí entretenerme esquivando las miradas de disgusto láser con que Antonna fulminaba a todo organismo en las inmediaciones del escenario Vice, notando que sonaban más compactos y contundentes, la velocidad del zumbido en Pinta de Tarao, la inmensidad de Dinero cuando lo de
“Traedme dinero, billetes mejor, si no, me vale suelto”, no como broma sino porque convence, porque suena una petición tan cortés, tan razonable, tan imposible de discutir, que estuve por tirarles monedas. Pero a ver cómo le explicas al gorila.
Grande fue la satisfacción de felicitar al maestro crepuscular en persona e imponerle una de las últimas chapas Criterio en los prolegómenos de una más profunda disquisición sobre cuestiones académicas en el corazón de la zona VIP, donde su sagaz reportero debió infiltrarse amparado en las sombras pues el lugar estaba vedado al gremio periodístico en una jugada maestra de la organización cuya genialidad exige entrar en detalles. Resulta que años de quejas por parte de los medios profesionales acerca de la carencia de una zona de prensa donde ejercer su fatigosa labor habían sensibilizado por fin a la organización del festival, que dijo adelante y habilitó eso, una zona de prensa, hacia la cual se dirigieron todos los profesionales nada más hollar el recinto para descubrir con estupefacción y angustia que allí había mesas, había taquillas, había enchufes y había embarcaderos cibernáuticos, pero lo que no había era eso que sospechaban al divisar en la siguiente rampa piramidal el espléndido oasis de la zona VIP, sus hamacas, sus toldos, y un asedio multitudinario a la barra que sólo podía significar una cosa: alcohol gratis. Allí el jolgorio alcanzó su cenit antes y durante el concierto de Neil Young (que nosotros vivimos casi ausentes pero fue muy apreciado por una marabunta de público, vimos brazos, muchos, como nunca, y escuchamos menos, coros atronadores, multitudinarios, y aunque sea cierto que el de “rock’n roll will never die” daba una vergüenza ajena terrible también lo es que el resto revelaban una emoción sincera), estaban los avezados aficionados que como nuestra becaria compraron el abono con una anticipación que cabe llamar profética, en septiembre, ganándose la pulsera negra de los aristócratas también algunos actores despreciables de teleserie patria y una buena representación de los artistas participantes en el festival de entre los cuales tropezamos con el melenudo de Tarántula, que surgía de la nada voceando impertinencias, Alela Diane, que fue sometida por la becaria a un interrogatorio estalinista acerca de su estilismo capilar y, no se lo van a creer, Christina Ronsenvinge (amiga per-so-nal de Lee Ranaldo, el de Sonic Youth), pero no a Bilinda Butcher esperando su turno con desenfadada campechanía en las imponentes colas de los urinarios ni asistiendo a sus retoños, a uno de los cuales oyeron pronunciar un conmovedor “Loud! Like you, mummy”
que suscita fascinantes interrogantes sobre las rutinas domésticas de la matriarca shoegazer. Por supuesto los notorios avistamientos de Thom Yorke obligan a recordar la sección de nuestra entrevista al gerifalte primaverasoundil Abel Suárez donde la práctica común de invitar como espectadores a artistas de renombre (y familia) para convencerlos de unirse al cartel de 2010. Hagan sus apuestas.
Pero eso, que al final en la tan demandada zona de prensa apenas había cuatro pardillos cargando el móvil, lo cual nos vino a pedir de boca porque las baterías del cachivache aquel de la manzana con que les íbamos contando el festival en directo dijo basta y el sábado vino de perlas un enchufe libre para sentarse a cargarlo en los prolegómenos de Neil Young haciendo compañía a unos colegas portugueses que habían visto todo lo que nosotros no. Demostraban cierta predilección por cosas bestias que pudieran registrar con sus cámaras, algo contaban de un tipo que se había roto un vaso en la cara la noche anterior, Fucked Up o Squarpusher, creo, así que seguro que estuvieron atentos a las tropelías de Black Lips porque fue notorio su tour de destrucción a lo largo y ancho del recinto, zurrándose con seguratas y poniendo los cojones de corbata a los organizadores no fueran a sufrir un colapso antes de su concierto a última hora del sábado pero cuando por fin llegó la hora se comportaron como sobrios oficinistas. Nosotros para entonces no estábamos porque a eso de la una la becaria había tenido una divergencia de opiniones con un vaso de plástico, primero, y el asfalto, después, resuelta por K.O. a favor del asfalto, así que después de Deerhunter nos marchamos a ver si los punkis de la salida vendían caras nuevas.
Bien, gracias. Deerhunter recogieron en el escenario Rockdelux gran parte del auditorio de Neil Young prometiendo por todo lo sagrado que iban a darnos, ellos o un tal Brian, la most fucking intense music experience de todas nuestras vidas y bueno, no sé si verlo desde la distancia influyó pero si el año pasado encontraron el equilibrio perfecto entre sus facetas experimental, ruidista y pop para todos los públicos, aquí tendieron más hacia la última, algo como lo que han hecho en Microcastle / Weird Era Cont. y no llegaron a la altura de nuestro recuerdo, sin que decir esto suponga desmerecer momentos extáticos durante Agoraphobia, el tremendísimo colofón de Strange Lights… no, no fue nada que mereciera llamarse decepción como sí podría decirse de la endeble actuación de The Horrors, con Faris contrariado con la maquinaria y los técnicos porque le faltaba volumen (esto era el jueves después de My Bloody Valentine y debía venir con el fervor infantil del yo quiero hacer eso) y le pudo la bilis, un cabreo hilarante, asestaba estocadas invisibles a su monitor con el micrófono sacándole aullidos de dolor. The Horrors se encuentran muy cómodos en directo pero creo que les ha pillado por sorpresa el desafío que supone llevar el fantástico Primary Colours a los escenarios sin la producción de Georff Barrow y le faltaba una garra que nunca les falta cuando hacen un garage más simple y directo. Son capaces de más. Tampoco cumplió Ariel Pink, un fiasco ya integral porque esperábamos delitos, ultrajes, asombro, pero sólo había un sujeto dando tumbos en camisón, embadurnado en un lodo de sudor y cosméticos Homer Simpson y sacando caras de miradme qué lunático soy, pero sin hacer nada para serlo. Insoportable en ese calor untuoso de las cinco.
Herman Düne no fue decepción sino confirmación de una antipatía cada vez mayor, lo descubrimos por casualidad queriendo ser el Johnathan Richman que nadie le ha pedido que fuera en el difícil escenario Rockdelux, donde también naufragaron unos Spiritualized atontados intentando realizar no se sabe qué aspiraciones místicas con un dueto coral pseudogospel y mucha desgana. Había un mentecato por allí que fue violando nuestro campo visual toda la tarde del viernes con una indumentaria esperpéntica, unos cegadores trapos de lino blancos como el azúcar con los que arrebató el trofeo al mamarracho más patético del Fórum al gordo calvo con camiseta de Limp Bizkit.
No experábamos gran cosa de Extraperlo y en efecto nos dieron poco más que unas músicas vacacionales de distintos litorales, ni de Rosvita que no dieron ni eso prefiriendo ser recordados más como ese grupo cuyo batería vestía de fantoche que cualquier otra cosa. Constituyeron la excepción entre la mayoría de los grupos de relleno, segunda fila, bauticen la categoría como quieran, que volvieron a ser el gran valor del festival. Cualquiera hubiera dicho que el canadiense Chad van Gaalen y sus tres asistentes estaban a gusto en la parrilla de la tarde del escenario Rockdelux, un gran concierto en un entorno que no pegaba para nada con las macabras fantasías del canadiense tocadas, según vemos anotado en nuestra libreta electrónica, como unos Shins con músculo. Los escuchamos más tiempo de lo normal, el cartel imponía horas frenéticas tan pronto esprintando entre escenarios como acalambrados de indecisión ante horarios que te hacían sentir como la invisibilidad súbita en una tienda de discos;
hubo blasfemias en arameo cuando llegamos a la última canción de The New Year y sonaba al colofón de un concierto magnífico que había llenado el Auditori a las cinco de la tarde; las repetimos escuchando desde no se sabe dónde el eco rotundo de los prometedores The Lions Constellation y llegando para verlos marcharse, y otro tanto con Jayhawks y tantos retazos de conciertos que se mezclan en la memoria, y a punto estuvo de ocurrir otro tanto con Marnie Stern si la becaria no se hubiera asegurado aseguró de reservarle media hora (volvió satisfecha asegurando que era novata pero entregada y voluntariosa). A las brooklynitas Vivian Girls las tuvimos que ver en dos cuartos y armarnos una mitad en la imaginación, también celosas del volumen de My Bloody Valentine ordeñaron los amplificadores del escenario pichiflor en un concierto con ambiciones comedidas, digno, poco más que una trilladora de ruido y un mantra melódico de aes alargadas que bastaba para hacer feliz en extremo a los aficionados; abiertas las bocas de par en par, vaciaban sus pulmones entusiasmados por la tranquillidad de no tener que fingir saberse las letras. Bat for Lashes quiso aprovechar al máximo la expectación para escuchar Daniel pero no retuvo al grueso de público hasta cuando se decidió a tocarlo, al final. Actuó segura, profesional sin caer en la inercia, y por momentos ajena a la presencia del público. Para evocar los dramáticos paisajes de Two Suns Natasha Khan trajo en la
maleta una cabeza (disecada) de antílope, guirnaldas plateadas para enroscar al pie de micrófono y la mitad inferior del tronco de una enana cabaretera reconvertida en lámpara. Para desviar la atención de Bjork y PJ Harvey, trajo a Charlotte Hatherley (Ash), destacable en tareas auxiliares. Mención especial de la becaria para ambas.
No entendemos por qué someterse al protocolo de dosificar la intensidad de los conciertos, la liturgia del comienzo arrollador, la pausa, el remanso, la recuperación, y menos en artistas con recursos suficientes para mantener la tensión durante una hora y más como son Jarvis o Phoenix. A Jarvis Cocker no le hacen falta buenos discos para llevarse al público de calle y levantó sin esfuerzo el modesto Further Complications durante la primera mitad de la actuación, pero los conciertos no se hacen solos y entró en barrena con veinte minutos de balada y meditación que nos dieron la excusa perfecta para asegurar cuatro horas de sueño. Los gabachos funcionaban de perlas al principio cuando la sección de efectos especiales prendía fuego el escenario, fusilaba al público con metralla estroboscópica y ellos repetían cinco veces esa canción suya tan buena, y cuando ya bailábamos entusiasmados y los bah puff meh de la becaria se hundían intimidados en el ruido y los coros frenaron y nos dieron por saco con sus tontunas instrumentales.
Años lleva certificándose la madurez del Primavera Sound, pero esta edición, la más concurrida, la más grande, la más de muchas cosas, nos dimos cuenta de que un festival sólo entra en la liga de los grandes cuando abundan espectadores de esos que van a enterarse de qué va esa cosa del primaverasaun que oyen tanto y tan bien nombrado a gentes de finas inquietudes culturales y regresan a sus casas cargados de protestas dignísimas, de pedir la hoja de reclamaciones porque el suelo estaba duro, el sol quemaba, la bebida no duró hasta las cinco, a esos My Bloody Valentine no se les oía la voz y usted no sabe quien soy yo, que he pagado, me oye, he pagado esta entrada y por Dios que voy a exigir mis derechos, varios se expresaban de este jaez en el foro del festival, turistas, en suma, cuya presencia sólo se explica asumiendo que el evento ha cobrado la categoría de acontecimiento cultural. Y esto, siendo molesto, deja la esperanza de que llegue a despertar en las instituciones un cierto instinto protector que es tan necesario hoy como siempre: a días del comienzo del festival la entidad gestora del Auditori subió el alquiler a traición un 50% dejándolo al doble del precio del Liceu y, si no lo remedia el Ayuntamiento, sentenciando a muerte su escenario más emblemático. Tantos años odiándolo y al final le habíamos cogido cariño.
Eche un vistazo al resto de fotos.
Rounded with a sleep
Los Directivos Por Amor y Jerarquía
¡Pelea!
Faraday 2010
Sam & Cooke + Kana Kapila + Capitán, Barcelona 20.06.2010 (+ entrevista) 

uiter

Hola,
No entiendo cómo puedes decir que The Bats son unos “ancianos en baja forma”, hay que ser muy atrevido, no haberlos escuchado en toda la vida, o directamente que no te gusten. En cualquier caso no se puede despachar a semejante grupo con esa ligereza….me he quedado en ese punto del artículo y he parado de leer, un comentario así desvirtúa por completo tu crítica del resto de conciertos, hace que no te puedas fiar de tu criterio.
En fin, allá cada uno con sus opiniones.
Saludos,
Manuel Soleado
The Bats ancianos en baja forma… ya quisieran el resto de bandas del planeta su “baja forma”. Para empezar estan en GRAN forma,(escucha su ultimo disco, cosa que seguro no has hecho) y su concierto fue fantastico, sonando maravillosamente y emocionando a cualquiera que conserve un minimo de sensibilidad hacia las canciones perfectas. Lo que hay que leer…
Oh, como ha podido usted cargar asi contra The Bats! Bueno ya esta, a otra cosa. No se si es que llegue excesivamente pronto pero no habia ni dios para pillarse el ticket de MBV. ¿No habeis visto a Sonic Youth o que? Fue la primera vez que veia a Yo La Tengo y tenia que ser, perderme al Crepus y a Los Punsetes fue duro. Tremendo el tio echando la siesta en el Auditori con MBV y precioso concierto de Alela Diane. Es una pena que no vieseis a Spectrum, sono increible (un 10 para el Estrella Damm) y decir que casi me duermo en A Certain Ratio y que los Black Lips dieron el concierto mas salvaje del festival, pero me dormi igual (no son horas). Geniales Th’ Faith Healers y vergonzoso Jeremy Jay. En cuanto a los ya comentados en el articulo que vi yo de acuerdo en casi todo salvo en Deerhunter que desde la primera fila seguramente se vivio de otra forma (yo diria que el momentazo fue Nothing Ever Happened). Y que sigo sin entender a que viene tanto revuelo con Phoenix y que yo disfrute como un enano de Jarvis de principio a fin, y eso que su disco me parece una mierda con todas las letras.
Yo si vi a los bats ,y no me parecieron para nada unos viejos cascados como los pinta.También es cierto que hubiera preferido que se juntaran the clean…
A ver hijos míos, dediquen el fin de semana a estudiar la diferencia entre “el disco” y “el concierto”. Los discos bien, eso ya lo hemos publicado por alguna parte. El concierto, lo poco que yo vi, normal.
Sonic Youth no lo vimos, el accidente. He leído en algún sitio, y me parece plausible, que estuvieron demasiado mecánicos.
El sonido fue excelente en todos los escenarios, con excepciones muy puntuales que por supuesto he olvidado.
Phoenix son cojonudos.
Jarvis también está mayor, aunque nos pese.
Venga hombre, pobre justificación esa de acusar a la gente de no saber diferenciar un disco de un directo, eso no puede servir para crucificar a los Bats en directo, ya puestos dedica tú el fin de semana a escribir mil veces “no se debe rajar de un grupo cuando he visto un par de canciones de su directo” :-)
Coñe, a ver si eres el único que ha ido a conciertos en su vida, que ya tenemos unos añitos….
Saludos,
Manuel Soleado
Usted Manuel hace honor a su apodo de ángulo máximamente obtuso. Sacar lo buenos que son los discos cuando se habla de un concierto concreto es una memez. Es lo que ha hecho el tal Javi.
Algo similar es confundir un concierto particular con su directo en pleno, como hace usted. Como ve no acuso, describo.
En fin, para beneficio mentes áridas repito lo que ya dije claramente en el texto original: llegué tarde al concierto de The Bats, vi poco y me dejó indiferente. Atentos, hablo del concierto-de-primavera-sound-2009, y nada más.
Tú mismo, chico.
“Grande fue la satisfacción de felicitar al maestro crepuscular en persona e imponerle una de las últimas chapas Criterio en los prolegómenos de una más profunda disquisición sobre cuestiones académicas en el corazón de la zona VIP”
Se te veia muy emocionado hablando con joel..te temblaban las manos poniendole la chapita, que al final se la acabo poniendo el porque tu no fuiste capaz.
Tranquilo, con los años se te pasara el tembleque de las manos y desaparecera esa cara de niño emocionado al hablar con tus idolos.
Un beso galo
PD: Cuando vayas de festival cierra la mochila, no vaya a ser que te metan cosas dentro…no te fies ni de la zona VIP
Y eso que no me vio usted luego en casa. Aún tengo la mano envuelta en una bolsita de formol, como cuando compras un pez.
Yo no renunciaría a semejantes honores por una bobada de temblor hombre, si acabo cosiéndole la camiseta a la piel se la coso. Me rendí, porque se mecía como las olas.
Una mejilla, señor mayor. Échenos un donativo el año que viene.