Primavera Sound 2010
“No quiero borrachos que no pueda controlar”. Así concluyó Gabi Ruiz, máximo gerifalte del Primavera Sound, el cursillo introductorio a las instalaciones eléctricas de alta tensión con que dio la bienvenida a los tres enviados especiales de su revista musical favorita al backstage del escenario ATP durante alguna de las primeras canciones de la sesión del ilustre pinchadiscos local DJ Coco y a pocos minutos de la ya tradicional invasión de su escenario por parte de la manada de aduladores, artistas de quinta fila, VIPs por enchufe, PROs de pago, personal, amigos, conocidos y diversas variedades de impresentables que nos congregamos allí con el propósito de recibir bailando sobre las tablas la caricia de la aurora, de rosados dedos, husos horarios aun distante. Todo apuntaba a que aquí terminaba la frenética epopeya hacia la cirrosis comenzada setenta y ocho horas atrás en la cena-cóctel-aniversario (décimo) que tuvo lugar en el Castillo de Montjuïc, donde acudimos en calidad de agraciados con algunas de las invitaciones sorteadas del foro del festival para gozar de: fideuá, gazpacho, brownies y sorbete de limón; gintonic a granel con cava de cortesía para amenizar las esperas en la barra; fugaz vis a vis telemático con @MiquiPuig; abrazos a tanta gente que ni conocíamos entonces ni recordamos ahora a excepción de un yanki ufano que horas después nos buscó por todo el fortín para regalarnos un disco de su grupo, a la mañana no consiguió localizarnos para apuntarse al vermú y finalmente resultó formar parte de lo que The Wave Pictures calificarían generosamente como “mejor grupo del mundo”, unos tales The Wowz agazapados en un recoveco del cartel; actuación de un grupo cuyo recuerdo hemos reprimido en la región cerebral de los traumas infantiles; concierto colosal de unos Los Planetas como hemos presenciado pocos que encontrando el equilibrio perfecto entre novedades y clásicos no sólo redujeron a nuestro Director Serenísimo a cinco minutos de fandom
bochornoso en nuestro tuiter y muchos más en la intimidad allí, a los pies de J, sino que también conquistaron a su archienemiga y Becaria nuestra induciéndola el sábado siguiente (cuya gloria aún nos era insospechable) a felicitar personalmente al cantaor cósmico. “¿Te guhtó?”, respondió. Vaya que sí. Insisto en estos detalles no sólo por tocarles los huevos suscitando a la vez ese agudo comentario anónimo que cada año desenmascara nuestra impostada modernez y esnobismo (que también) como por borrar de sus mentes cualquier noción de rigor o imparcialidad que puedan asociar todavía a este medio antes de declarar el éxito absoluto de esta edición que, sin embargo, en lo musical las ha tenido mejores, en lo espacial más holgados y que de no efectuar una reducción radical de los precios nos obligará a seguir adelante con nuestros planes de montar un grupo para llevar la barra libre de alta graduación de serie. Lo cual pone a huevo pasar el trámite del:
OBLIGADO BALANCE Y PONDERACIÓN SOBRE EL AYER, EL HOY, EL MAÑANA DEL FESTIVAL
En el cual les diremos que salvo las referentes al huerto de bolardos asesinos sembrado a traición a la entrada del escenario principal que, según nos consta, se cobró varias piezas óseas entre los asistentes, las críticas por la muchedumbrez de la muchedumbre o la creciente mercantilización del festival son en su mayoría ingenuas, improcedentes y caprichosas (dejando aparte el circo sensacionalista orquestado desde pseudomedios digitales con afán de erigirse en el Sálvame del entorno musical patrio). Nosotros preguntaríamos de qué manera propondrían ustedes inmunizar al Primavera Sound de los efectos del éxito, acaso mediante la restricción de compra de entradas a espectadores de lealtad acreditada desde antes de 2006, quizá con análisis de RH ibérico a las puertas o financiando gastos a lo In Rainbows, pero lo cierto es que no nos importa. Miren, es absurdo pedir del Primavera Sound una cita íntima de fin de semana como las que antaño disfrutamos en el Poble Espanyol y hoy suceden en otros lugares (Let’s, Faraday, SOS, etc.). Ni allí ni en la arcadia marginal de las primeras ediciones es donde hay que buscar la referencia porque los problemas a los que se enfrenta hoy la organización del Primavera Sound son otros, los mismos que se plantearon al FIB en su noveno aniversario y primer año de asfixia, aglomeración, supremacía guiri y melodrama colectivo del qué-hará-la-fama-de-nuestro-festival. La respuesta del FIB, tal como la conocemos, fue una sucesión de carteles para llorar a moco tendido y la reconversión integral en una suerte de Marina d’Or torrefacto diseñado a medida de la muchachada británica mientras que el Primavera Sound, de momento, persiste en los rasgos que lo han hecho grande: un cartel que abraza el riesgo (qué me dicen de la temeridad de programar a Florence & the Machine el sábado en el escenario principal, o bueno, contratarla), la renuncia expresa a aumentar el aforo en favor de la mejora de las condiciones del recinto o delegar la selección de grupos a entelequias como el ATP o Pichfork que aún dentro del síndrome hype al menos demuestran mayor criterio que el NME (la organización proyecta corregir esta circunstancia poniendo la programación del escenario Vice de la edición 2011 en manos de un comité de usuarios del foro, pero no desesperen: hemos logrado infiltrar en él a nuestra Becaria) o sigue guardando las distancias con esa “prensa profesional” que no pierde un segundo para poner el grito en el cielo por no tener acceso a la [cerveza gratis de la] zona VIP y luego justifica sus privilegios con destellos de rigor como los de La Vanguardia celebrando al “trío femenino” “Best Coast” o el concierto de “Beach Party”. En fin que sí, que peligros hay muchos pero también voluntad para buscarles soluciones, de momento nada justifica perder el respeto a un festival que sigue siendo el mejor de España en su categoría.
PERO MODEREMOS A LOS PENSIONISTAS
Sí, porque hay mejores cosas en que gastar el presupuesto que engordando los planes de jubilación de grupos reciclados que van haciéndonos un favor por rumiar una actuación de plaza en plaza. Bis fueron el peor de los retornos, obligados a la miseria de apuntalar todo el concierto sobre la expectación de Eurodisco, pero con justicia deberíamos decir lo mismo de los sacrosantos The Fall o Pixies cuyo único rasgo diferencial fue que Bis descubrieron durante su carrera una sola canción buena y los otros cincuenta. La nostalgia mitómana induce a confundir un gran concierto con la reproducción mecánica de cancionazas cuando en realidad no se trata de ninguna proeza contando con músicos competentes y/o un aparato de manzanita. Ya sabemos que es natural picar con estos grupos la primera vez que los ves y desde luego son un valor seguro entre domingueros para los que ver a una vaca sagrada en un festival (“LO MA GRANDE TIO, LO PISIS SON LO MA GRANDE”) sirve, como las bodas, para pillarse la cogorza anual, pero fuera de eso admitámoslo, son conciertos prescindibles a los que cuesta encontrar sentido comparados con:
- El energúmeno de Monotonix internándose entre el público para meterse el micrófono per vas nefandum encaramado sobre un bombo. Fuimos tan gilipollas como para perdérnoslo pero Xavi Mercadé estaba allí para prestarnos unos ojos.
- Los vejestorios de Pet Shop Boys convirtiendo su nulo carisma sobre el escenario en un espectáculo audiovisual del copón proyectado sobre [leyendo la prensa debo sospechar que fui el único en darse cuenta de que no eran cubos de cartón sino] pixeles, unos encajados en el cuerpo de los bailarines/coristas y otros muchos manipulados por un grupo de técnicos que, fue consenso de nuestros redactores, viajando por el mundo con un casco de obrero, bata blanca y un aspirador para limpiar el escenario de los Pet Shop Boys pueden considerar que su vida ha alcanzado la plenitud. Valga notar que los vídeos sugerían al espectador inquieto metarreflexiones sobre el hecho del espectáculo y la masa.
- La briosa juventud de los prodigiosos Mujeres que ahora mismo, y con permiso de ¡Pelea!, son El Grupo del momento entre nuestras fronteras, capaces de poner patas arriba cualquier escenario porque lo hacen todo bien, hasta romper cuerdas de bajo, que devenían irreparables por efecto de su ira. Durante la reparación los aficionados, lealísimos, continuaron bailando el silencio.
En cuanto a las nuevas generaciones, nuestros protegidos The Wave Pictures confirmaron su incompatibilidad con escenarios de las dimensiones del RayBan, el segundo en tamaño (escúchenlo en scanner.fm). Carecen allí del potencial de intimidad o de olla a presión que dominan en salas pequeñas y gracias a la manía del público de reir gracias con o sin motivo (reiteramos nuestra hipótesis: se trata de aparentar que se entiende el inglés) perdieron el sentido de la oportunidad con los monólogos. Sí sonaron canónicos más tarde en la chabola RayBan bajo el asedio de fans poco comprensivos con las charlotadas promocionales de la compañía. Luego fuimos a comprarles algo al puesto de Acuarela para que no se olviden de nosotros y sacaron de debajo del mostrador a nuestro amigo de The Wowz que nos relató entonces su odisea para establecer una conexión telefónica con el ajetreado fonino de nuestro Director Serenísimo por aquello del vermú, etc. Nos arrepentimos de no haber prodigado un abrazo a FranciscoNixon, habitante de una de las casetas cercanas. Si por azar nos lees, hola, FranciscoNixon.
Acertamos dejando a A Sunny Day In Glasgow para la contemplación desde sillas de jardín durante alguna de las sobremesas del Parque Joan Miró ya que son un grupo apenas correcto cuya convencional propuesta de pop ruidoso con voces femeninas se agota a la media hora, problema similar al de Dum Dum Girls, problema opuesto a Thee Oh Sees y en especial los fantásticos King Khan & BBQ Show que disfrazados de beduino y Diana Ross hicieron imperativo bailar en el calor resacoso del domingo. Reiteremos porque sí el reinado de Mujeres sobre los dos escenarios del extremo sur del Fórum:
a las cuatro de la madrugada exprimían las últimas reservas de energía del abundante público del escenario Vice y menos de veinte horas después sorbieron buena parte del flujo de gente que pasaba junto al controvertido escenario Adidas, cuyo problema no tenemos todavía muy claro cuál era. No menos intensa fue la respuesta a The Drums, un grupo habilísimo que sabe exprimir hasta la pulpa unas inspiraciones archiconocidas pero siempre fecundas. Debemos destacar su simpático baile del surfista, que tanto contribuyó a agravar nuestra humillación pública en las tres horas sobre el escenario ATP. Qué más. Lidia Damunt, sí, que nos regaló una de las mejores sorpresas del festival invitando a Hidrogenesse y sus cacharritos para corregir unas composiciones que no son demasiado de nuestro agrado; debió requerir sus servicios con poca antelación porque Genís llegó de casa en batín y sin desayunarse pero el resultado fue óptimo, tanto que nos gustó esta chica que no nos gusta. Y por supuesto Beach House, cuyo triunfo (escenario desbordado, vinilos agotados por toda la ciudad..) va a significar que no volveremos a poder verlos en salas pequeñas como en el Primavera Club pero qué remedio queda cuando un grupo sabe arropar a un auditorio con esa intensidad. Al mismo veredicto aspiraban The XX aunque en este caso ya habrán leido que las opiniones divergen. Nosotros fuimos de los que desistimos, un poco porque la música nos parecía fuera de lugar pero creemos que sobre todo por la incomodidad que producía la mirada endemoniada de aquel bajista con aspecto de hampón ruso. Fuimos testigos de que quisieron explorar el recinto, asistir a otras actuaciones, pero el ansia retratista de los aficionados no tardó en disuadirlos.
Yo qué sé qué más vimos. No a Cohete, ni la mitad buena del concierto de Broken Social Scene por haber huído de la mitad mala. No debimos ver a Biscuit, el tipo de grupo que a fuerza de insistir con el alegato de autenticidad rockera consigue hacerse cargante, ni a Le Pianc, el mejor antídoto para la inseguridad de vocaciones artísticas incipientes (“si eso puede subir a un escenario, ¿por qué no voy a intentarlo?”). La reputación de nuestro redactor excedente Pepo exhaló su último suspiro tras obligarnos a soportar durante una hora a la loca-los-peines de Florence + The Machine metiendo alaridos en camisón por haberse tomado demasiado en serio a Kate Bush en lo que constituyó la mayor amenaza contra la salud de los asistentes, pero no la única: podríamos destacar la dificultad para acceder a una cabina sanitaria o la genial ocurrencia de repartir correpasillos a los niños convirtiéndolos en una ricura de bólidos homicidas que rodaban sigilosos en las horas crepusculares buscando algún infeliz a quien inutilizar las piernas. Con un poco de suerte la mitad de estos mocosos lo pagarán el resto de sus vidas padeciendo lesiones irreversibles de oído gracias a la lucidez de estos progenitores del siglo XXI que arrastran arrastrar a sus recién nacidos a viajes, restaurantes, museos o por qué no, festivales. Y es que ¿dónde va a estar mejor un lactante a las once de la noche que debajo del altavoz del escenario Pitchfork, con los auriculares olvidados en el asa del carrito?
Así que bueno, en general podría decirse que entre esto, tomar el pelo a los de @hipernovapop, agotar los nueve combinados que compró en un acceso de necedad nuestro Redactor Excedente, saber que, a diferencia de los comestibles de las casetas, los opulentos bocadillos caseros de nuestras mochilas no iban aumentando de precio cada cinco minutos y cosas de éstas, lo íbamos pasando más o menos pirata cuando al terminar de los Pet Shop Boys la becaria regresó del Olimpo VIP anunciando que nos preparásemos para “bailar con DJ Coco“, lo cual malinterpretamos por inercia de acuerdo a la dinámica de marica-el-primero-que-bostece en que llevábamos metidos desde el jueves sin dejarnos escarmentar siquiera por la agonía entre gañanes de la granja bakala a la que nos había conducido la gracia el día anterior, pero significaba, como ya saben, bailar en torno a DJ Coco. Poco después nuestro benefactor se reunió con nosotros junto al acceso del ATP portando una acreditación negra con la inscripción “DIR” que ante cada puerta hacía aparecer pajes, tenderse alfombras, sonar trompetas y abrirse sus hojas como pétalos de rosas al Sol, salvoconducto prodigioso que parecía conferir a su portador el poder de penetrar en las regiones del Hades y volver con Cerbero trotando al extremo de una correa, con el que nada más verle la cueva de Ali Babá le rendiría sus tesoros embalados y llamaría a un taxi, que, de haber querido subir al Cielo, hubiera sido Dios quien saliera a recibirlo entre reverencias, no menos servil que el segurata que entonces se apartaba a su paso mientras le escuchábamos ridiculizar los riesgos de la electricidad frente a los de su ira soberana y desaparecer diciendo: “os podéis emborrachar allí”, en el buffet etílico que es centro vital de cualquier backstage del que ya sólo nos separaba el coloso barbado de Les Savy Fab Fav, sin el disfraz de pelusa con que había subido al escenario en su concierto de la tarde antes de zambullirse en paños menores entre el público, bucear hasta emerger a tomar por culo del escenario y ponerse a hacer equilibrismo sobre las barandillas, pero igualmente imponente. Así que no hubo otro remedio que trabar amistad con él y aceptar un bocado de su rollito de pollo maniobrando para escurrirnos hacia las neveras mientras la provisión de ginebra y latas de tónica mermaba por momentos bajo el saqueo de veinte o treinta sujetos de nuestra misma calaña que, llevándonos media hora de ventaja, para entonces hubieran podido conservar muestras zoológicas con su aliento. Sin duda esto formaba parte del astuto plan de los capos primaverasoundiles para conseguir que algunos figurantes consintieran (qué digo, ansiasen) vestir un gorro mexicano multicolor para infraturistas cuando se abrieran las rampas de acceso al escenario al son de Leave It All Behind de Ride, o algún triunfo de ese estilo, cosa que lograron.
El panorama que se abrió a nuestros ojos fue una hermosa alfombra de tropocientas mil personas enfebrecidas ante la cual es justo confesar que la cosa se nos fue de las manos, cayó y rodó inalcanzable debajo del armario. Bailamos el surfista Drums, bailamos Dimitri, bailamos la mantequilla, el croupier, el pasodoble, abrazamos cuerpos anónimos, corrimos arriba y abajo de la rampa para reponer o evacuar líquidos temiendo de que la sesión pudiera terminar durante nuestra ausencia, y sobrevivimos a todo sin sufrir los traumatismos físicos de los compañeros que se precipitaron por el foso, trituraron una pierna o perdieron la vida en ataque de asma reencontrándola antes que los servicios de emergencias, aunque sí morales y psicológicos. No sólo que uno de nuestros redactores y becaria sucumbiera a la inevitable foto, también entiendan, imaginen la emoción, la urgencia cuando nuestro Director Serenísimo, pajarito en mano, escuchó las ráfagas iniciales de Common People y a riesgo de todo esprintó gintonics y cerveza en mano a reunirse con nuestro equipo, o cuando [disculpen pero esto necesita explicación: resulta que el festival se llenó con un público tan ansioso de atraer la atención del reportero cazatendencias de Vice que un alto porcentaje acabó vistiendo exactamente igual, con ropas de payaso triste del anuncio de Micolor o con ese error lamentable del bigote, quedando impuesta en el recinto una monotonía estética del todo innecesaria así que ese día, adicto al desdén ajeno, nuestro Director Serenísimo eligió la camiseta del grupo menos de moda posible, The Strokes. Razonamiento que, inexplicablemente, no consideró cuando] DJ Coco posó su aguja sobre Hard to Explain y nuestro Director Serenísimo creyó ser Julian Casablancas, o un Dios dorado, o algo que en cualquier caso no era, y extendió los brazos en un trance bochornoso que difícilmente encontrará parangón el resto de su vida y apenas aliviará saber que no cayó tan bajo como para tocar el air guitar. Y así fuimos felices bailando como idiotas desde Devo a Nina Simone pasando por Bowie y Kelly Clarkson en aquella despedida de tres horas eufóricas arrebatados por la música, las luces y también los dedos corazón de esos los pocos ingenuos que no entendían, como nosotros aprendimos esa noche, ese amanecer, que para quien está allá arriba el público, usted, es el mejor espectáculo.

Fad Gadget
Rounded with a sleep
Los Directivos Por Amor y Jerarquía
¡Pelea!
Faraday 2010 

uiter

¿os mofáis de La Vanguardia y endilgáis un ‘Les Savy FaB’?
No hombre, los rebajamos a nuestro nivel.
¿Entonces el FIB ha muerto definitivamente?
Juzgando por las cifras de ventas tendrá atractivo para alguien. Yo no tengo ninguna gana de ir desde hace varios años, hemos considerado una visita de día por Gorillaz y alguno más pero bah.
Uhm, Mujeres en directo molan, los vi de gratis por aqui cerquita a principios de año (1 no recuerdo cuando, 2 ver un concierto en sala mínuscula en estos lares imposible) Envidia os tengo de no haber podido ir
Un saludo
P.D.: es vis a vis??? Yo siempre pensé que era bis a bis… aiss señor… tendre que otear la rae otra vez S_S
Mujeres molan siempre.
Otro.
Es, sí. Los gabachos tienen sus particularidades.
¿Y Pavement, Superchunk y Built To Spill?¿Tanto habeis bebido este año?
Estuvieron allí, tocaron lo suyo y lo tocaron bien. ¿Queda algo por decir de todos estos grupos ancestrales?
Sí.
Hombre, puede que el Director Serenisimo lleve años disfrutando de estos grupos, pero un poco de euforia adolescente recuperada es logica, que a Superchunk no se los ve todos los dias…
Y se me han olvidado Low, pero bueno, que si no los visteis y toco un tema delicado, mejor lo retiro :]
No vimos a Low porque tocaban en el Auditori. El tema de comprar entradas, chuparse colas kilométricas perdiendo otros conciertos, y el tema de los asientos saca al escenario de nuestros planes.