Shari S. Berman & Robert Pulcini / American Splendor

Bueno bueno, comic y cine, dos campos en los que soy aún más ignorante que en música, ¡no puedo dejar pasar esta oportunidad! Lo mismo el Fotogramas materializa los sueños que frustra el Rockdelux.

Era casi inevitable que Hollywood, en su inmiselicorde saqueo del denostado mundo del cómic, terminase por echar una mirada más allá de la obvia historieta de superhéroes y encontrase otras fuentes de inspiración con que complementar la oferta. Tenemos Sin City ya en nuestras pantallas (sorprendentemente todo el mundo es fan-de-toda-la-vida) y apostaría el brazo derecho a que ya tienen la vista puesta en títulos como la ya conocidísima Emily Strange y otros bombones que esperan su traslado al cine. El mundo del comic underground ya ha tenido su hueco en el mundo del celuloide, recuerden la celebrada Mallrats y la reciente Ghost World, y en esta línea viene American Splendor que, como era de suponer, no trae mucha novedad. Historia del inadaptado con camiseta abanderando de tirantes, náufrago en un mundo que no es el suyo (o una ciudad del medio oeste americano que es como hablar de Júpiter, pero más sucio) retratado con amarga lucidez en las crudas páginas de un cómic underground. En este caso se trata de la vida de un tal Harvey Peckar en la azarosa norteamérica de los años setenta y ochenta. Peckar, cuya incapacidad para hacer la O con un canuto (en el sentido más artístico de la expresión) le impidió vomitar los mohosos bocados de realidad que tragaba día a día en su mustio trabajo como archivero de hospital, finalmente consiguió editar sus historietas ilustradas por Robert Crumb y otros renombrados artistas del comic underground, ganar suficiente fama para hacerse con un hueco en el show de David Letterman y convertirse en motivo central de esta película. Un esquema similar se repetirá inminentemente con el propio Robert Crumb, pronto en su multicine de confianza.

La citada colaboración de Peckar en el show de Letterman ilustra a la perfección la progresión de estas películas. Es cierto que se agradece la puesta en escena de unos personajes perdidos en las alcantarillas cuyos agrios retratos de la realidad cotidiana sorprenden, divierten y urgan en las heridas de un urbanita moderno sometido a la incesante anestesia de ilusiones del occidente feliz. El caso es que ni en el show ni en el cine conviene dejar a la gente plantearse mucho el tema del fracaso y el patetismo, no sea que les dé por cagarse en el estado del bienestar y monten un follón, así que se deja degenerar el espacio a la clásica exhibición de atrocidades, un freak show al uso dedicado en exclusiva a la mofa, befa, escarnio y posterior patada en el culo al raro. Y hala, a anestesiarse con la entrevista al triunfito, la película de Julia Roberts y la comedia de situación. La reducción del personaje a atracción circense, una parodia excesiva y prescindible, que utiliza Letterman para cargarse a Peckar encuentra un claro paralelismo en la vulgarización del género que se deja notar en bodrios como Napoleon Dynamite (\’hola, soy raro, ríete\’).

El hecho de que la puesta en escena de estos personajes sea capaz de despertar una cierta reflexión es, en definitiva, lo importante de estas películas, mucho más que despertar un par de risas porque \’hay que ver qué tío más raro, ja-ja\’ y la sincera intención de comprar algunos tebeos (iniciativa finiquitada, huelga decirlo, con una fugaz visita al Norma comics, repaso, por este orden de las secciones superhéroes, manga, underground - qué dibujos más feos ¿no? - y fanzines, posterior sorpresa ante un par de volúmenes basados en novelas de Auster y a casa porque al fin y al cabo muy caros y tampoco es para tanto, además que esto es un poco de freaks). No es el caso de Ghost World, Mallrats y herederos, o ésta que nos ocupa, perfectamente válidos, que hacen reir, tocan las fibras que quieren o tienen que tocar y aportan cierta frescura al resto de oferta cinematográfica. Sin embargo hay que admitir que American Splendor evidencia la imperiosa necesidad de renovación que reclama el género. Es evidente que no se puede trasladar los recursos y virtudes del octavo arte al séptimo así por las buenas, pero más que una copia de estos comics se echa en falta otro tratamiento de un mundo y unos personajes a quienes, precisamente por ese cambio de ámbito, se puede sacar mucho más juego. Dejarse arrastrar por la inercia y caer en el clásico freak show vulgar, aburrido y, sobre todo, injusto, sería un tremendo error.

galo

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