The Count Five
Al cabo de medio siglo de guerras mundiales, crisis económicas y privaciones de toda índole, los años cincuenta produjeron la primera generación de padres dispuesta a hacer concesiones a sus hijos que sólo una década antes hubieran sido impensables. La permisividad y la subvención paterna hacían posible pasar la semana escuchando a los primeros disc jockeys, salir los fines de semana a gastar la asignación en cebar gramolas, comprar discos, quemar las suelas de los zapatos en las salas de baile del pueblo. Fue el nacimiento de una potencia económica: el Adolescente. En 1964 había adquirido tanto poder que fue capaz de rendir la industria musical de los Estados Unidos a los pies de un puñado de bandas británicas en lo que pasó a la historia como la British Invasion, un suceso contrario al orden lógico donde bandas del viejo mundo viajaban en busca de las tradiciones musicales del nuevo para reformularlas. Eran grupos como The Rolling Stones, The Who, Kinks o Yardbirds, que abrieron una cabeza de puente desde el blues, el soul y las formas primitivas del rock’n roll hasta los suburbios norteamericanos, en cuyos garages miles de adolescentes pasaban las horas muertas despellejando guitarras de saldo en un escándalo de mil demonios sin que sus padres les mandasen de un guantazo a colocarse de aprendices en la tienda de ultramarinos del pueblo para contribuir a la economía doméstica. La situación social de la época detonó toda una banda demográfica que en menos de un año hizo visible la transición de la música popular hasta su forma contemporánea. En otra de esas brillantes intervenciones del genio de las etiquetas, la cosa dio en llamarse Garage, que fue eso, hordas adolescentes encerrados en garajes, copiando todo lo que se les pusiera a tiro incluidos a ellos mismos, inflamando fiestas de institutos y recorriendo emisoras locales por donde quedaron sepultadas sus escasos vestigios. Los más afortunados llegaron a publicar algunos singles, quizá un disco que en rarísimas ocasiones tuvo repercusión nacional, pero la mayoría apenas se acercaron a un estudio y se disolvieron para marcharse a la universidad o continuar las clases al final del verano. Para entonces la evolución del rock ya había recibido un impulso decisivo y seguiría un progreso vertiginoso. El garage enseñó a las generaciones siguientes que no era necesario virtuosismo ni mensajes elaborados, bastaba una guitarra y un puñado de frustraciones.
Sabemos que la importancia histórica no es un antídoto contra la caducidad. Por el mismo motivo que hoy nadie utiliza ruedas de piedra puede decirse que éste o cualquier otro estilo ha perdido su vigencia. Hemos escuchado doscientas veces sus antecedentes, su desarrollo, sus antagonistas, su derrota, su reinvención, la caída de la reinvención, la reinvención de la reinvención, el revival de la reinvención al cubo y dos o tres ciclos más. La pregunta es, medio siglo más tarde, ¿hay algún interés, a estas alturas, en escuchar a adolescentes malcriados matando el rato con guitarras que apenas saben tocar? Creemos sin embargo que las mejores épocas de la música popular han ocurrido cuando la juventud necesitaba válvulas de escape, sexuales en una inmensa proporción, pero también muchos otros tipos. Las generaciones actuales, usted y yo para entendernos, no las tenemos, gracias en buena parte a un excelente trabajo hecho por las generaciones anteriores que conservaron lecciones valiosísimas de su experiencia como reprimidos y revolucionarios y las utilizan ahora en su papel de generación adulta, dominante y conservadora. Porque en efecto, reprimir a lo bruto, por mis cojones y con cargas policiales al final es una bobada cuando puedes usar una vara con baratijas tecnológicas y zanahorias inmobiliarias colgadas de una cuerda para que los jóvenes se metan solos en el redil. La anestesia funciona mejor que las correas. Pero no se trata de temas sobre los que cantar (ya dijo un sabio argentino que se llevan tratando los mismos cinco temas desde siempre) sino que no hay ganas ni necesidad de expresarlos. A eso hay que unir el hecho de que nos falta un medio de expresión propio. Todo, desde cantar en un traje impecable a rajarse el brazo de la muñeca al hombro o cantar con maquinitas, nada sorprende, para nosotros el escándalo es viejo, la tecnología natural, el regreso al tradicionalismo un recurso gastado. Todo está visto y revisto, y aunque tenemos parte de culpa porque no hemos sabido inventar nuestras propias formas de expresión también podríamos excusarnos en que cada vez es más difícil encontrar una nueva. Aquellos chavales tuvieron la suerte encontrar la suya. Su ineptitud, incapacidad técnica, arrogancia, simpleza, honestidad, rebeldía de manual, ingenuidad, todos los rasgos de la adolescencia no eran nuevos entonces ni son nuevos ahora, pero en aquel momento habían encontrado una forma de expresión que sí lo era. Su entusiasmo al haberla encontrado aún puede escucharse en estos discos.
Empezamos por tanto una serie de resurrecciones con:
The Count Five
Un grupo paradigmático. Cinco adolescentes de entre dieciséis y dieciocho años criados en familias de clase media en un suburbio indistinguible de California que formaron una banda copiando sin disimulo a los pioneros del género. En dos ocasiones no se molestan en cambiar el título e incluyen dos versiones de The Who, My Generation y su hasta gran éxito, Psychotic Reaction, se sostiene en un plagio descarado de I’m a man de los Yardbirds, un grupo fundamental en el que en su primera época dejó canciones como For Your Love, A certain Girl, I Wish I Could donde está contenido todo el espíritu del garage. The Count Five fueron rechazados por mismos que habían rechazado a los Yardbirds, y aquellos que habían rechazado a los propios Yardbirds por ser una vil degeneración del blues, así podríamos seguir hasta las cavernas. Era una regresión, en efecto, parte del proceso que despojó al rock de todos los aditivos hasta llegar a su forma más cruda y elemental. Nunca hay invención pura sino reinvención y reinterpretación constante para trasmitir las mismas emociones primarias. Y las copias de The Count Five revivían, reviven aún, con una combinación arrolladora, impulsados por una extraña obsesión ferroviaria sus canciones salen en estampida con traqueteos de flanger rítmico y armónicas que suenan a silbato de locomotora. Así fue Psychotic Reaction un éxito tan grande que dio crédito para publicar un disco, ese que ven arriba, pero dejó el listón tan alto que ninguno de sus singles posteriores pudo hacerle sombra. Eran sin embargo canciones espléndidas, Double-Dekker Bus, The World, Pretty Big Mouth, con letras de bochorno “You’re mine, you´re mine, and tonight we’re gonna be so fine“, “I met a pretty pretty woman with a pretty big mouth, I’m gonna love that woman for the rest of my life“, “Well you just walk down any street, if you don´t see one of us you’re sure to see a double decker bus“, la banalidad que hacía falta para sacudirse de encima la pretenciosidad del folk imperante en la época, y suculenta carnaza para mercaderes, vean en este vídeo qué playbacks desastrosos, qué inocencia, qué nerviosismo, qué no saber estar de maniquíes en medio del escaparate. Lo intentaron, actuaron en televisión, dieron giras, sacaron singles que aparecen en reediciones más recientes del disco, Teeny Bopper, Tenny Bopper, Contrast y fueron buenos para la historia pero insuficientes para mantener la fama entre la avalancha de one hit wonders. Se retiraron en 1967 para continuar sus estudios. Como buenos chicos.
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Gran Torneo 2008: Clasificación Final
The Monks 

No podia usted iniciar mejor esta serie de resurreciones. Gran grupo, buena revision…