The Cure - Londres, 21-03-2008

galo el 18 Abril 2008, 16:15 - en conciertos

Y eran como los despojos de un banquete de bodas, del último banquete de bodas, ya toda la pandilla casada, exprimiendo las últimas gotas de juventud, las camisas fugitivas del cinturón, bailando borrachos, refregándose las caderas, pellizcándose las nalgas. Salté frenético entre góticos vetustos que se relamían el sirope de Lovecats, Close to me, una estampa absurda pero qué lógica puedes pedir a un concierto extenuante de tres horas y media, tres bises, el último que daría para repasar casi completo Boys don’t cry ante la incredulidad entusiasta del público, otra, que hay otra, miradas buscando el cielo, brazos en aspas, más abrazos, más refregones, más bailes de peonza, deserciones apresuradas para alcanzar el último tren. Mi claudicación sería ya porque de perdidos al río y tampoco vamos pasarlo mal por cuarenta libras pero tampoco es que fuera uno a olvidarse de la intensa repugnancia que inspiraba todo lo relacionado con el evento empezando por el complejo de Wembley que es abyecto, despreciable, todo en lo que el rock nunca debió convertirse embalsamado dentro de varios sarcófagos de hormigón visibles allá al fondo de la avenida flanqueada por puestos de grasa donde desemboca el metro. Adyacente al mastodonte principal, el Wembley Arena, una factoría de dinero, tú el producto que desfila obediente en la cinta transportadora a disposición de los robots de la cadena de montaje, entras por tu agujerito, la entrada te la quitan, a cambio te esposan con una pulsera fosforescente sin referencia alguna al grupo, la fecha, el concierto, nada, un número, un logotipo. Made in Wembley. A la salida habrá seguratas repartiendo tacos de entradas, te vuelves a casa con tres, para los amigos. Si son todas iguales dirán, qué más da, el tema es que da y da mucho, explícales. Caballero, ¿un programa del show a ocho libras? Claro hombre, como en la ópera, ¿tú otro cariño? Deme dos. De recuerdo. Sale la noche a ciento cincuenta libras pero qué demonios, es nuestra noche especial del mes, y con una dosis de emoción, como el bingo. Algunos llevan a los chavales. Les compran una gorra. Una masa de gente en la cola de las hamburguesas, otra en la fila de las bebidas. Las cervezas las tira un artefacto mecánico de cuatro en cuatro. Dentro caes a veinte metros del escenario y te parece razonable. Se escucha como la mierda porque si quieren que el sonido llene todo el espacio no hay otra que dejar que la batería se trague el bajo, The Cure sin bajo, cojonudo, pero nada impide que los imbéciles de los teloneros, un barullo post-rock hardcore lleno de aspavientos, ruido, posturas y vacío llamado 65 Days of Static, se marchen casi sollozando con un lamento: “seguramente sea nuestra única oportunidad de tocar aquí”. Claro, es todo tan grande, tantos colorines, en Lullaby ocho haces de luz blanca bajarían sobre el público hasta rozarnos la cabeza como las patas de una araña, qué luces, qué espectáculo, imponente, precioso, es en el autobús de vuelta a casa cuando te das cuenta que parecías Paco Martínez Soria descubriendo la Gran Vía. La primera hora en el frente insoportable, van dos a ver el concierto y el resto borrachos, de apestar a alcohol a distancia, abrazados en corrillos, cayéndose. Parejas y más parejas, ambos gordos y babosos, él abrazando a ella por la espalda, tocan la canción, se miran. ¿Te acuerdas? Apretujón. Y lo que sonaba era esa vorágine asfixiante: “Too many years i’ve cried for you, it’s always the same. Wake up in the rain head in pain. Hung in shame. A different name. Same old game. Love in vain. And miles and miles and miles and miles and miles away from home again.” qué más da, les hubiera servido igual Dirty Dancing. The Cure invisibles. Esto de que no se vea nada cumple una función definida: sin arrugas, sin chichas, la evocación nostálgica es más perfecta, la reunión ideal de antiguos alumnos, nadie se siente viejo entre viejos si no puede verlos. Al menos se oye, algo, de Simon Gallup se distinguen los brazos entre un billar de cráneos, ni rastro del bajo. El repertorio exhaustivo, épico, hagiográfico. Plainsong, Prayers for rain, A strange day, alt.end, A night like this, The end of the world, Lovesong, To wish impossible Things, Pictures of you, Lullaby, From the edge of the deep green sea, Hot hot hot!!!, The only one, The walk, Push y no soporto más a la gente. Cuanto más quieren demostrar su devoción con la cercanía física al escenario, aplausos y sobrerreacciones al primer acorde de canción, más gilipollez esconden, menos preocupados están por la música, menos relación tiene su movimiento de labios con las letras ¿de verdad seguían a The Cure hace veinte años, o preferían a Wham? ¿estarán viviendo una nostalgia ficticia? Me marcho atrás, la atmósfera desaparece a partir de los veinte metros, se ven los anuncios, las paredes, las gradas pero al menos resulta escucharse mejor gracias a un bloque de amplificadores de refuerzo, y con más holgura. Puedo prestar atención a Friday I’m in love, Inbetween days, Just like heaven, Primary, A boy I never knew, Shake dog shake, Never enough, Wrong number, One hundred years, Disintegration. El bombo pisotea la música y pese a todo suenan magistrales, incluso Robert Smith conserva la misma voz que a los diecisiete. ¿Sospechoso? Se marchan pero todo el mundo conoce la rutina. Otra mierda de ritual, todos a las cintas transportadoras, a la barra, el perrito caliente, el pis, incertidumbre cero, expectación cero, emoción cero. La mayoría tienen coartada: a los cuarenta ya no hacen falta emociones fuertes pero ¿y los adolescentes? ¿y tú mismo? ¿querías un concierto de rock o un DVD en el salón de casa? Ya tengo las palomitas, dale. Bis. At night, M, Play for today, A forest. Pausa. Me olvidé la fanta. Y trae pañuelos. Venga. Bis. The lovecats, Let’s go to bed, Freak show, Close to me, Why can’t I be you. ¿Dará tiempo a otra? Sí claro, lo bebemos rápido. Bis. Three imaginary boys, Fire in cairo, Boys don’t cry, Jumping someone else’s train, Grinding halt, 10:15 Saturday night, Killing an arab y lo que pasa es que en su propio patetismo aún estában dándome una lección, aquello era grotesco pero sus caras eran conmovedoras coño, yo me siento cómplice de una generación que ha rendido su derecho a reclamar su espacio en la historia y de alguna manera al verlos quería compartir con ellos ese desahucio lleno de orgullo, de nos vamos a la muerte, sí, pero nos vamos bailando como niños aunque sea en el vestíbulo de un centro comercial, quizá porque no sé si nosotros tendremos motivos para hacerlo cuando nos llegue su hora. Hay que espabilar, rápido.

Exprese su opinión insignificante sobre el concierto con estas estúpidas estrellitas:
* * * * * * *      
etiquetas »

¿Le ofende la superioridad de nuestro critero? pulse aquí