Venía pensando que el próximo día que alguien venga a preguntarme qué discos me llevaría a una isla desierta le sacaré los ojos que es como debe tratarse a quienes hacen preguntas estúpidas. No obstante, la respuesta hubiera sido simple, sin necesidad de exprimirse las meninges para elegir la mejor representación de cada género dentro del límite de equipaje. The Feelies contienen al menos todas formas esenciales del impreciso conglomerado indie pop que predomina en sus estéreos y los nuestros. Escucho la introducción de Slipping (into something), es un punteo en sordina como los que anticipaban los desbarres experimentales de The Velvet Underground, recuerda en particular a Heroin, y un instante antes de la primera estrofa se transforma en las melodías relucientes R.E.M. El cambio es imperceptible. Durante los cuatro minutos siguientes repiten el mismo juego, cantan estrofas con acordes abiertos, las enlazan con desarrollos instrumentales que al final prevalecen y desatan un cisco de distorsiones. Hablo de R.E.M. y no como maestros. Fueron ellos quienes tomaron como referencia el primer disco de The Feelies, Crazy Rythms, publicado en 1978 (casi diez años después, en 1986, Peter Buck produjo The Good Earth). Pero ese punto de enlace entre es mucho más amplio. En The Feelies converge la influencia de The Velvet Underground tanto por la experimentación de su primera etapa como por el rock sublime de la segunda y sus mejores herederos, The Modern Lovers, la de The Byrds y Television en la exuberancia de sus guitarras, y se combinan, enriquecen y dispersan a lo largo dos décadas. Hay momentos escuchando este disco que ponen en duda la justificación de carreras enteras: en Slow down, alcanzan en tres minutos el paroxismo litúrgico que Electrelane conseguían en todo un disco. Sin embargo dar nombres sólo sirve para estropear uno de los discos más gratificantes que podrán incluir en su colección privada, un disco que se disfruta reconociendo un grupo distinto detrás de cada una de tres guitarras entretejidas en Two rooms, en el piano que se apodera despacio de On the roof, en la progresión rítmica de Let’s Go, el nervio de The Last Roundup, en la calidez de The high road y en sus solos, en When company comes cuando las guitarras se iluminan después del follón de Slipping (into something) y sus ecos se acumulan como si tocasen dentro de una bóveda de cristal, en Tomorrow today donde unos escoceses interpretan a dos neoyorkinos ilustres, en el bajo de The Good Earth que lleva la semilla de todo subgénero. Cada uno de esos detalles se mezcla con los demás con una sencillez asombrosa, es un disco inagotable que reúne a maestros y discípulos, anticipa, resume, explica, reinventa antes y mejor que casi todos, con la concisión del pop canónico de tres minutos y la profundidad insondable de nuestra exquisita discoteca, que es el ideal al que todos ustedes deben aspirar. Consigan este disco, estarán un paso más cerca.

Exprese su opinión insignificante sobre el disco con estas estúpidas estrellitas:
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