The Moldy Peaches / The moldy peaches
Hay muchas veces que es difícil medir exactamente dónde acaba la personalidad de un grupo musical y dónde empieza todo el marketing que las discográficas crean alrededor de ellos. Pensar que todo el estilo retro en la forma de vestir y en la forma de grabar de The Strokes o The White Stripes proviene directamente de la cabeza de los artistas, es poco menos que una ilusión creada por nuestra mente calenturienta. Por eso es tan reconfortante, divertido y emocionante encontrar un grupo que lleve su propia personalidad hasta los límites más insospechados. Señoras y señores, con ustedes The Moldy Peaches.
¿Y quién coño son estos tipejos para que este triste redactor aparque una sequía creadora de seis meses (los genios, que tenemos estas cosas), y en un par de días componga (por fin) un artículo con los ojos embriagados de emoción? Pues él y ella son Adam Green y Kimya Dawnson, dos tipos corrientes, con pinta de okupas, residentes en Nueva York y que ostentan el honor de haber de haber teloneado a The Strokes en su gira vestidos con disfraces de conejo. Hasta aquí casi nada fuera de la norma. En cuanto tenemos entre los dedos su primer disco, homónimo, la cosa empieza a ponerse interesante.
Nada más enchufar “The Moldy Peaches” en nuestro estéreo comienzan a sonar “Lucky Number Nine” y “Jorge Regulo” y ya sabemos que este no es un disco normal. Lo primero que notaremos (y no hay que ser un experto, desde luego) es que el sonido es infernalmente cutre. Adam y Kenya cantan a dúo en la habitación de su casa con la única ayuda de una guitarra eléctrica y algo que en algún momento debió pertenecer a una batería completa. Exactamente igual que esas horribles grabaciones que todos hemos hecho alguna vez con el micrófono del ordenador y la guitarra de nuestro primo. Y para colmo, las voces de nuestros dos superhéroes se quedan más que justitas y tienen que recurrir a bajar la voz, a meter gallos o simplemente a susurrar. Pero a pesar de todo esto (o quizá debido a ello), la inteligencia y el talento de The Moldy Peaches no se esconden, sino que emergen con una fuerza brutal, haciendo que nos preguntemos si de verdad merecen la pena complejos procesos de producción, poses forzadas y ridículas formas de vestir.
Es verdaderamente cuando llegamos a “Nothing come out” cuando realmente nos damos verdadera cuenta de este último punto. Una balada de una ternura infinita, interpretada por Kenya con una dulzura que nos deja descolocados y con una letra inspiradísima (’Just because i don’t say anything, doesn’t mean i don’t like you […] all i wanna do is ride bikes with you, and stay up late, and watch cartoons…‘). Eso sí, fieles a su guitarra y a su batería, con teléfonos sonando improvisadamente en medio de la grabación y con ataques de risa contenidos.
Además el debut de The Moldy Peaches recorre parajes musicales de toda índole, y en todos ellos parecen disponer de una varita mágica. Cada canción es una experiencia totalmente distinta a la anterior y una innovación en las distintas formas de hacer un dúo vocal. Son capaces de hacer guiños de complicidad a Stray Cats en “Downloading Porn With Davo” y acto seguido transformarse en unos Simon & Garfunkel reivindicativos en ‘”Steak for Chicken“, para después convertirse en los herederos universales por derecho propio de los Kinks en “NYC’s Like a Graveyeard” o en la magnífica locura contagiosa de “Who’s got the crack” (’i wanna be a hippy, but i forgot how to love, it’s hard to be a garbage man when a sailor stole your glove“).
Y de repente, sin casi darnos cuenta, llegando al final de las diecinueve canciones del disco aparece otra maravilla más (y van más de diez), tan pequeña que pasa desapercibida, pero que contiene uno de los momentos pop más maravillosos e inspirados del año 2001. Darren Hayman habría matado por componer ‘Lazy Confessions‘, pero en realidad don dos tipos a los que les encanta vestirse de conejo, invitar a sus amigotes a que aporreen con ellos los pocos instrumentos que tienen en el salón de su casa, llevar hasta el límite el hágalo-usted-mismo y hacer que a los productores musicales de medio mundo les sangren las orejas, son ellos, en fin, los que dan lecciones de sensibilidad.
Puede que te parezcan un fiasco o que te enamores de ellos tanto como yo, pero de ninguna manera caigas en el craso error de tomártelos a broma.

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Crónica de una profanación (o The Hidden Cameras, Londres 23-08-2008) 