The Pains of Being Pure at Heart
Pues venía, y estoy, a todo volumen, lo cual no es mucho decir desde el otro lado de los dos coágulos de cerumen a presión que me dejó como recuerdo del último aterrizaje, intentando explicarme por qué la repetición que a menudo nos aburre como en el caso del anterior disco reseñado en este venerable medio, y otras nos llena de esa plenitud regocijante que sólo inspiran los sonidos destilados, tallados, pulidos, limados y afilados durante décadas, los clásicos, los cánones. Porque el disco de The Pains of Being Pure at Heart es de éstos, de los que abundan en los cánones, que extienden sobre la mesa su minuciosa colección de hitos y te los enseñan, mira, éstos son The House of Love, y éstos Another Sunny Day, y esta guitarra suena a morder limones, y mira una foto nítida y crujiente del tito Johnny Marr, y mira una foto turbia del tito Kevin Shields, y muchas de esas cosas que uno reconoce y le gusta pasar algunas tardes reviviendo de vez en cuando. En alguno de sus lugares promocionales alguien pide que imaginemos que los Ramones cambian sus chaquetas de cuero por anoraks, como si hiciera falta juntar las piezas en el cerebro para concebir semejante híbrido y no tuviéramos las estanterías llenas. Bueno, pero ¿por qué unos aburren y otros no? La raíz de la respuesta está la ventaja fundamental del estilo. Las músicas sombrías funcionan con una dinámica individualista, introspectiva. El grupo y el oyente hacen crecer su propia nube negra y la enfrentan. Cuando se trata de Joy Division, ciertos Cure, es como tirar una tormenta de verano contra un ciclón tropical, uno sale de allí humillado y acojonado, por eso vuelve a escarbarse las tripas buscando desgracias y pesadumbres reales e imaginarias, intenta superarlos de nuevo, y siempre pierde. Grupos débiles como Catpeople no soportan ni el primer asalto, es entonces cuando se vuelven ridículos en ese dramatismo pueril y miserable que uno ha machacado con el propio. Pero amigos, la música de The Pains of Being Pure at Heart y su árbol genealógico es de otra clase, no hay competición sino una especie de intercambio, de alimentación mutua. Es una música que enciende ánimos por sí misma, y al grupo le basta dar combustible para que uno se encargue de disfrutarlo, los estribillos a dos voces, de él, de ella, sean pasteloides con guitarras de lija, u oníricos con guitarras aeronáuticas, los sonajeros de cristal, esas canciones que parecen hechas a propósito para justificar un estribillo, y tantas cosas que huelga decir porque conocen. La cuestión sin resolver es, ¿a la teclista japop la fabrican en serie?
GaGa
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¿cerumen va acentuado?
Yo me he comprado hoy mi teclista japop por ebay. Cuando llegue montare un grupo de versiones de My Bloody Valentine, Scorpions y Miguel Bose. A ver que sale.
No, claro.
Cerumen no lleva acento por ser llana acabada en n.
“La guitarra suena a morder limones”. Magnífico.