The Sonics
La vida de los hermanos Larry y Andy Parypa puso rumbo a la perdición la noche de verano en que vieron tocar a The Wailers en un complejo vacacional y entonces todo fueron horas de reclusión en el garaje familiar compartiendo una guitarra, un grabador de casete y pedazos de una batería con los amigos. En 1963 coaguló la primera formación estable que ensayaría en el sótano de una iglesia metodista en Tacoma, Washington, alimentándose de las botellas de licor que colasen ocultas en las fundas de sus guitarras. Actuaron durante una temporada en los escenarios habituales, institutos, salas de baile, tocando canciones instrumentales hasta que Gerry Roslie se incorporó como teclista en 1964 y empezó a cantar porque sí en los ensayos. En unas semanas arrasaba los auditorios con alaridos bestiales. The Wailers los vieron tocar y no dudaron ficharlos para su discográfica, Etiquette Records. The Sonics supieron que iban a grabar su primer single seis horas antes de entrar en el estudio para una sesión de la que los supervivientes sólo recuerdan su asombro ante paneles de control burbujeando de luces rojas; ellos en cambio creían que eso era el pan de cada día en un estudio. Lo que sonó fue el histórico The Witch que acabó por relegar la versión demente de Keep A Knockin’ de Little Richard a la cara B de su primer single. Después compusieron Psycho en 20 minutos, una animalada que les aseguró el contrato con Ettiquette para la grabación de un LP en 1965. El título advertía: Here come The Sonics pero allí no había nadie que pudiera imaginarse lo que se avecinaba. Grabados en rusticidad de 2 pistas suenan crudos, sucios, ásperos, cantan con gargantas arenosas sobre lo de siempre, coches, guitarras, chicas y surf, pero añaden una vena psicótica donde se glorifica un nihilismo autodestructor, en Strychnine (“Wine is red / Poison is blue / Strychnine is good / For what’s ailin you!”), Psycho (“Baby, you’re driving my crazy / I’m going out of my head / Now I wish I was dead”), las frases se hacen trizas entre la dentadura de Roslie. Son crueles y malvados burlándose del tonto del pueblo en la farsa navideña The Village Idiot. Revisan clásicos como Roll over Beethoven o Have love will travel tocados de una forma desconocida, endemoniada. Larry se confesaba incapaz de sacar notas de la guitarra: tocaba los solos a golpes, lo recuerdan hurgando en sus amplificadores, apuñalándonos con un punzón de hielo hasta hacerlos sonar como turbinas cuando todavía estaban por comercializarse las primeras fuzzboxes, sus guitarras hacen un surf-rock salvaje de acordes elementales donde un simple puñado de notas tienen la contundencia de una bola de demolición.
Rob Lind intentaba imitar a Larry haciendo sonar su saxo como la bocina de un trailer sin frenos rodando cuesta abajo hacia un depósito de nitroglicerina. Aprovecharon la cima de su popularidad para publicar un segundo disco, Boom! (1966), que fue comparable al primero. Si les faltaban canciones propias también escrúpulos para robarlas: versionaron de nuevo los clásicos más obvios (cae Louie Louie, repite su ídolo Little Richard) e incluso cuando quieren sonar desde la moderación en canciones como Let the Good Times Roll les es imposible llegar al estribillo sin parecer un cubo de basura lleno de ratoneras.
Como es habitual, The Sonics se echaron a perder por cegarse con las florituras. Acercarse al público numeroso y rentable obligaba a sonar a su gusto, limpios, parciales a las baladas (Love Lights) y perder todo rastro de carácter. Es cierto que respondían a presiones de la discográfica, pero The Sonics tuvieron un papel menos pasivo en su declive de lo que querrían reconocer hoy. Hace casi treinta años Andy Parypa explicó en una entrevista que habían intentado dar legitimidad artística a su música recordando cómo Elvis Presley siempre envidió el sonido de Frank Sinatra por motivos parecidos. Lo que no entendieron The Sonics fue que eso implicaba deshacer la emancipación que el garage había logrado en sus comienzos. El tercer disco, Introducing The Sonics (1967) consumó el inevitable fracaso y disolvieron la banda a finales de los sesenta, sólo Rob Lind pareció echar de menos los viejos tiempos y se alistó para volar un caza bombardero sobre Vietnam. Durante los setenta y ochenta hubo Sonics de pega, reformaciones esporádicas, discos infames cuyo lugar es el olvido; donde The Sonics siguieron vivos fue en la sangre de casi cada grupo que quiso hacer rock desde entonces.
Más en nuestra serie in the garage.
Los Punsetes LP2
Prolegómenos a Una Ópera Egipcia
La Habitación Roja Universal
Darker My Love 2
Asobi Seksu Nueva York, 29.01.2010 



No hay mejor version de Louie Louie, y si la hay, Dios toca en un grupo. Mas grandes que la vida.
http://es.kendincos.net/video-vfrjnnh-swamp-rats-louie-louie-.html
el diablo tocó en este grupo The Swamp Rats
Ah! que el tema es de Richard Berry, no de Little Richard.